Entramos al que sería nuestro primer apartamento en Barcelona en la tarde del 22 de junio de 2010. Aunque llevábamos poco más de un mes en la Ciudad Condal, tuvimos una muy mala experiencia de vida con el casero venezolano que nos alquiló un sitio en su aparto-hotel, un tiempo que mi memoria agradecerá alguna vez que se me borre del todo.
Esa tarde, nuestro nuevo casero nos entregó las llaves del piso. Enormes ventanales sin cortinas y un piso amplio sin más muebles que un sofá enorme de cuero. Un mueble nada apropiado para el tiempo del verano, en medio de una gruesa capa de polvo acumulado de casi un centímetro que se extendía por toda la estancia.
Unas horas después, el casero nos llevó una vieja televisión de 13 pulgadas y unas sábanas. Nos dijo que sacó el aparato que tenía en su cocina para que pudiéramos ver el partido de esa noche. Era el enfrentamiento de México contra Uruguay, que se saldaría con un gol a favor de los charrúas.
Eran tiempos muy convulsos en la ciudad y en Cataluña. El independentismo de filiación derechista le había comido el coco a muchas personas. Era delirante ver hasta salvadoreños de origen que clamaban por ver a Cataluña separada del estado español. Esas situaciones dividieron familias, gestaron enemistades, lastimaron escenarios de trabajo y se convirtieron en un caldo de cultivo de muchas cosas que aún perduran. En nuestro hogar, mi esposa regiomontana y yo estábamos más ocupados con su doctorado y con la crianza de nuestra hija de casi siete meses como para tomar vela en asuntos que todavía veíamos como muy lejanos a nuestros intereses, tiempos y riesgos.
El 10 de julio de 2010, las fuerzas independentistas catalanas le ofrecieron un pulso de fuerza al estado español. Sacaron a las calles y avenidas a poco más de un millón de personas, que se reunieron primero en una cadena humana para luego concentrarse en una manifestación masiva, sin precedentes en la historia democrática de esta comunidad autónoma del Reino de España. Nuestros vecinos salieron a la avenida Paralelo a tomarse de las manos y corear sus consignas independentistas, tal y como lo hicieron cientos de miles de personas más. “Somos una nación. Nosotros decidimos.”
Aquello fue apenas el punto de arranque de lo que terminaría por estallar en octubre.
Desde la altura de nuestro tercer nivel en el edificio, mi esposa y yo vimos aquel desborde humano, escuchamos aquel griterío de consignas y no dejamos de comentar lo ocurrido.
Al día siguiente, el 11 de julio, la selección española, La Roja, jugaba la final del Mundial de Sudáfrica frente a la naranja mecánica de los Países Bajos. Era un punto deportivo y político muy álgido. Pero el fútbol siempre es algo más que 22 individuos que corren y patean un balón. Vimos el partido en la misma televisión prestada de trece pulgadas, sentados en aquel sofá de cuero que ya empezaba a sentirse como nuestro.
En el Soccer City Stadium de Johannesburgo, la capital sudafricana, los 90 minutos reglamentarios terminaron con un empate a cero. También ocurrió lo mismo en la primera parte de la prórroga. El partido se puso duro, casi violento, y ambos porteros se lucieron; nosotros, pegados a la pantalla chica, sufríamos cada intervención, en especial la histórica parada de Iker Casillas en el mano a mano contra Arjen Robben.
A solo cuatro minutos de llegar a la tanda de penaltis, se gestó la jugada para la historia. Jesús Navas arrancó por la banda derecha desde su propio campo y sorteó a varios rivales con una veloz conducción hasta ceder el balón a Andrés Iniesta.

Este oriundo de Fuentealbilla, con 26 años recién cumplidos, dio un elegante taconazo para Cesc Fàbregas, encargado de abrir el juego hacia la banda izquierda en dirección a Fernando Torres. El delantero intentó un centro al área, pero la defensa neerlandesa lo interceptó y despejó con dificultad. El rechazo cayó otra vez en los pies de Fàbregas. Con una visión de juego envidiable, el catalán observó a Iniesta que estaba solo en el lado derecho del área y le entregó un pase preciso. Él controló el balón y, con una técnica impecable, enganchó una media volea cruzada con la pierna derecha. El portero Maarten Stekelenburg llegó a rozar el esférico, pero la potencia y la colocación del disparo hicieron imposible evitar su entrada al fondo de la red. “Iniesta de mi vida”, gritó desaforado uno de los comentaristas del partido.
Mi esposa y yo frenamos nuestros gritos desde aquel sofá, porque nuestra hija dormía sobre sus casi siete meses de vida. Aquello fue en el minuto 16 de la segunda parte de la prórroga. Los dirigidos por Vicente del Bosque fabricaban historia frente a nuestros propios ojos.
La celebración del gol fue tan memorable como el tanto en sí mismo. Presa de la euforia, Iniesta corrió hacia el banderín de córner, se quitó la camiseta de La Roja y le mostró al mundo una prenda interior blanca con un mensaje escrito con plumón azul: «Dani Jarque siempre con nosotros».
Ese gesto no fue casual, sino un homenaje preparado antes del encuentro para honrar a su amigo íntimo, con quien forjó un vínculo muy estrecho en las categorías inferiores de la selección española, pese a la rivalidad de sus respectivos clubes en Barcelona, porque Jarque militaba en el RCD Espanyol e Iniesta en el FC Barcelona. La muerte repentina de Jarque en Roma, por un fulminante ataque al corazón, en agosto del año anterior, fue un golpe devastador para el centrocampista albaceteño y lo arrastró a una fuerte depresión durante la temporada previa a aquella Copa del Mundo del waka-waka shakireano. A mí esa camiseta interior me dolió tanto como me emocionó, porque entendí que el fútbol también carga con sus propios duelos.
Al anotar ese histórico tanto, Iniesta coronó a España como campeona y convirtió el recuerdo de su compañero en un símbolo imborrable del deporte universal, ese que no mancha balones y que trasciende barreras políticas, mentales, geográficas, lingüísticas y más.
Esa noche, por las mismas calles y avenidas donde apenas unas horas antes el independentismo catalanista había demostrado nervio frente al estado español, cientos de miles de personas, a pie o en vehículos, festejaron el triunfo de La Roja española, su primera estrella y su ingreso en lo más alto del ranquin de la FIFA. Nosotros seguimos la fiesta desde nuestro pequeño balcón.
Dieciséis años después, el independentismo catalán es un balón desinflado y nosotros llevamos diez años en otro piso en el centro de la capital catalana. Ninguno de aquellos integrantes de La Roja sigue dentro de la nueva escuadra mundialista dirigida por Luis de la Fuente. Gerard Piqué e Iker Casillas ya no mantienen sus respectivos vínculos amorosos con Shakira y Sara Carbonero, aunque la colombiana repitió como gestora del himno oficial de esta nueva Copa del Mundo, para disgusto de muchos y elogio de otros cuantos.
En este mundial trinacional -marcado por los abusos del trumpismo, diversas guerras y muchos problemas globales más-, La Roja trazó un camino de menos a más, en el que demostró solidez defensiva y contundencia en los momentos clave.
Seguimos cada partido de esa fase de grupos (Grupo H) en familia, con el mismo nervio de siempre. El debut fue cauteloso: un 0-0 sin goles frente a Cabo Verde y su portero veterano, Vozinha, que nos dejó con cara larga. En el segundo partido el equipo despertó y goleó 4-0 a Arabia Saudi. Ahí respiramos con más calma.
Para sellar su clasificación, España se impuso por la mínima, 1-0, ante Uruguay. Hasta ese momento, la portería española seguía sin goles en contra. En casa empezamos a hablar en voz baja de un camino largo.

En los dieciseisavos de final, disputados en el imponente SoFi Stadium de California, España superó 3-0 a Austria, y en casa empezamos a soñar en voz alta. El verdadero susto llegó en los octavos, en Dallas, frente a Portugal. Fue un derbi ibérico apretado que se resolvió por la mínima y que nos dejó las uñas cortas y la garganta seca. El billete a semifinales se ganó a pulso en cuartos de final, contra Bélgica, con un ajustado 2-1. La semifinal ante Francia fue la peor para los nervios de esta casa: noventa minutos de batalla táctica que terminaron igualados y una prórroga en la que La Roja por fin se soltó, con una victoria por 2-1 que nos sacó de nuestro sofá gris entre gritos y abrazos, ya con el billete a la final del Mundial 2026 en el bolsillo.
El 19 de julio de 2026, La Roja se consagró campeona del mundo por segunda vez en su historia, tras vencer a la Argentina de Messi en una final de infarto disputada en el majestuoso MetLife Stadium. Esta vez, mi esposa y yo la vimos en nuestro televisor digital de seis años, junto a nuestra hija de 16 años y nuestro hijo de 9, todos con la camiseta del combinado español puesta, en sentimiento de apoyo a la que ya es nuestra segunda patria.
El encuentro fue una batalla táctica de principio a fin. España impuso su característico juego de posesión, pero le costó abrir el marcador, que llegó gracias a los pies de Ferrán. La albiceleste, campeona defensora, buscó empatar el encuentro y forzar llegar a la tanda de penales, pero La Roja de Oyarzabal, Cucurella, Olmo y Yamal selló el marcador definitivo del partido a los 120 minutos. En casa saltamos los cuatro juntos. La locura se desató en todas direcciones del territorio español y mucho más allá. Nustros vecinos gritaron y ahora celebramos todos.
Esperamos 16 años para volver a sentir que el fútbol es una comunidad y una esperanza, un gesto que va mucho más allá de 22 hombres que se disputan la posesión de la trionda con chip incluido. El fútbol une, le moleste a quien le moleste.
Al levantar la copa hacia el cielo de New Jersey bajo una lluvia de confeti dorado y fuegos artificiales, se selló la segunda entrada de España al exclusivo club de selecciones campeonas del mundo. Dieciséis años después de aquel sofá de cuero y televisor prestado, volvimos a sentir lo mismo. Mañana no será otro día más.

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