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  • La editorial barcelonesa Maucci y la literatura salvadoreña

    La editorial barcelonesa Maucci y la literatura salvadoreña

    La Casa Editorial Maucci fue fundada en la ciudad condal de Barcelona (Cataluña, España) en 1892. El italiano Emanuele Maucci Battistini (Parana, comuna de Mulazzo, provincia de Massa y Carrara, 1850-Barcelona, abril de 1937) fue el responsable de la operación. Hijo de Domenico Maucci, vendedor ambulante en Francia, y de Brigida Battistini, perdió a su padre en edad temprana y, según la consolidada tradición ambulante de la Lunigiana toscana, se entregó desde muy joven al comercio del libro.1

    En 1868 inició su primera aventura ultramarina con destino a Buenos Aires (Argentina), donde lo esperaba su tío Giacomo, que había abandonado Parana quince años atrás. En la ciudad de La Plata trabajó como obrero en la construcción de carreteras y ferrocarriles y como vendedor ambulante de libros. En 1872, atraído por las favorables condiciones que ofrecía el gobierno de Domingo Faustino Sarmiento a los inmigrantes europeos, regresó a la capital porteña y abrió una librería en la plaza Lavalle, con notable éxito. Pronto se le sumaron varios hermanos y primos —Luigi, Carlo, Battista, Giacomo y Alessandro—, que con el tiempo conformarían la sucursal Maucci Hermanos de la localidad bonaerense.2

    En 1885, Maucci dejó el negocio porteño en manos de su primo Giacomo. Tras un viaje a Italia, se trasladó a Barcelona, donde abrió un depósito de libros y emprendió una primera tentativa editorial, frustrada por la competencia de las firmas españolas que dominaban el mercado peninsular. En 1889 partió a México. En esa capital montó una nueva librería y trabajó como librero y editor. En 1892 confió esa casa mexicana a su cuñado y primo Alessandro Maucci, futuro responsable de la sucursal Maucci Hermanos México y emprendió el retorno al puerto catalán para iniciar la tercera fase de su negocio. Las redes familiares previas en Buenos Aires y ciudad de México le resultarían decisivas para tejer una densa malla de comercialización transatlántica.3

    Instalada al inicio en los números 226-228 de la calle barcelonesa de Mallorca, a poca distancia de la obra recién emprendida de la Sagrada Familia, la empresa editorial de Maucci se especializó en un doble producto. Por un lado, ediciones encuadernadas en tela, con papel cuidado e ilustraciones, dirigidas a bibliotecas privadas e instituciones y a un público selecto. Por otro lado, libros baratos, impresos a menudo en papel periódico, de grandes tirajes y precios ínfimos, destinados al consumo masivo en España y, sobre todo, en las repúblicas hispanoamericanas, donde la oferta editorial local aún era escasa o inexistente, apenas cubierta por sellos locales o por grandes firmas como la división hispanoamericana de la estadounidense D. Appleton & Cía. Esa política convirtió pronto a Maucci, en palabras del bibliógrafo catalán Manuel Llanas, en «una fortaleza económica del papel impreso y en una auténtica pesadilla para la competencia».4

    El despegue se afirmó en 1901. El edificio de la Casa Manuel Maucci fue inaugurado en ese año en los números 166-168 de la calle Mallorca. Su diseño y construcción fueron obra del maestro catalán de obras Josep Granier i Prat (1844-1930), quien ideó un innovador complejo de modelo horizontal capaz de unificar en una sola manzana toda la actividad de la gran empresa editorial. Esas instalaciones estaban pensadas para sostener la masiva exportación de libros hacia América y se dividían, de manera funcional, en dos grandes áreas. La primera era de carácter industrial y albergaba la imprenta, el taller de encuadernación, los almacenes de papel y el departamento de envíos. La segunda correspondía al ámbito residencial y administrativo, porque reunía las oficinas de la compañía con el chalé familiar y privado de Emanuele Maucci, el fundador. Como apunte histórico destacado dentro del patrimonio modernista catalán, cabe mencionar que Granier i Prat intervino el edificio dos décadas después, en 1921, para dotarlo con una fachada de estilo modernista.

    Guarda a colores del catálogo editorial de la Casa Maucci en 1929, adornada con los rostros de algunos de sus principales autores clásicos editados (izq), Portada de la edición castellana de los cuentos del estadounidense Edgar Allan Poe, publicada por la casa barcelonesa Maucci. Nótese el nombre castellanizado (c) y Portadilla y guarda a colores del Parnaso de Bolivia (der).

    Desde 1902, la editorial incorporó fondos enteros adquiridos a otras firmas editoriales, como las de Daniel Cortezo y de Eduard Domènech i Enric. En 1906 abrió una sucursal en Madrid, en la calle de Espoz y Mina, que puso al cuidado de su hijo Domingo. La empresa cosechó numerosas medallas de oro en certámenes internacionales, como Viena (1903), Madrid y Budapest (1907), Londres y París (1913), Buenos Aires (1910). A ese palmarés sumaron la medalla de oro del Ateneo de Lima (1900) para el sello Maucci Hermanos de México y la medalla de plata en la Exposición de Turín (1911) para Maucci Hermanos de Buenos Aires.5

    Hacia 1935, su catálogo, de unas 250 páginas, alcanzaba unos 2,500 títulos de casi mil autores, distribuidos en más de cuarenta colecciones, todas en lengua castellana. La ficción ocupaba casi tres cuartas partes del fondo editorial; el resto repartía obras de filosofía y sociología de ideologías comprometidas (con autores como Reclus, Kropotkin, Nettlau, Proudhon, Voltaire, Stuart Mill, Spencer, Jaurès), libros de espiritismo y magia, traducciones literarias de autores de múltiples lenguas (incluido el japonés), materiales escolares, diccionarios, gramáticas y publicaciones afines a la Escuela Moderna de Francisco Ferrer i Guàrdia. Entre los italianos publicados, los nombres más frecuentes fueron Dante, Boccaccio, De Amicis, Fogazzaro, Motta y Salgari, pero el récord de tiradas con 138 títulos correspondió a Carolina Invernizio, la reina del folletín italiano.6

    La fortuna comercial de la casa Maucci se cimentó en la extensa red de sucursales abierta por hermanos, primos y sobrinos del fundador en Buenos Aires, México, Lima, La Habana y Montevideo, con capacidad no solo de distribución sino también de impresión. La portada del libro Historia negra de Juan de Urquía (1899) ya mostraba la marca tripartita característica de la casa: Casa Editorial Maucci: Barcelona; Maucci Hermanos: Buenos Aires; Maucci Hermanos: México.

    Esa estructura le permitió a Maucci colocar libros en lengua castellana en mercados donde apenas existían editoriales locales y responder con agilidad a la demanda americana. La intuición del fundador, según resumió su hermano Juan Bautista tras su muerte, consistió en producir «la edición modesta, económica, que adquiere presuroso, apenas puesta a la venta, el humilde hijo del pueblo para satisfacer sus legítimos anhelos de cultura».7

    Imagen retocada con la IA Gemini de Google del mausoleo del fundador de la Casa Maucci, en el cementerio patrimonial de Montjuic, en el perímetro urbano de Barcelona.

    Durante la Guerra Civil española, la empresa fue incautada por la editorial anarquista Tierra y Libertad. En 1939, los herederos del fundador recuperaron la propiedad y la mantuvieron activa, pero en un tono mucho menor y con reediciones de parte del fondo antiguo, hasta su desaparición en 1966.8

    Para la historia literaria centroamericana, y en especial para la salvadoreña, el vector decisivo de la presencia de Maucci fue la serie de Parnasos nacionales que la casa publicó durante las primeras décadas del siglo XX. Se trataba de antologías de poesía concebidas como representaciones de casi todas las repúblicas hispanohablantes —Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, Guatemala, México, Nicaragua, Panamá, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, El Salvador, Uruguay, Venezuela, además de las Antillas y Filipinas—, destinadas en buena medida a su venta en los propios países antologados.9

    Como han subrayado el académico Martin Leona y, en el ámbito centroamericano, el costarricense Carlos Manuel Villalobos, la colección operó como réplica comercial e ideológica frente a la Antología de poetas hispano-americanos de Marcelino Menéndez Pelayo (Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, 1893-1895), encargada por la Real Academia Española con motivo del IV Centenario y marcada por una óptica hispanocéntrica. Los «parnasos» de Maucci daban voz a compiladores y poetas locales y, a la vez que llenaban los huecos del corpus reunido por el erudito y selectivo Menéndez Pelayo, se prestaban a una lectura emancipadora del canon poético americano.10

    Guarda de la edición príncipe de la autobiografía de Rubén Darío.

    En esa serie se inscribió el Parnaso salvadoreño. Antología esmeradamente seleccionada de los mejores poetas de la República del Salvador, compilado por Salvador Leiva Erazo (1883-1963), que la Casa Editorial Maucci publicó en Barcelona en un volumen de 303 páginas, en edición con tapas de lujo y una sobreguarda con solapas que presentaba en colores cromolitografiados el retrato del compilador y el nuevo escudo nacional adoptado en 1912. De estilo editorial Art Nouveau, la tapa dura principal o cubierta, de color rojo, era de lino gofrado, lo cual confería un aspecto táctil al diseño, destacado por un amplio adorno floral estilizado que recorría el borde izquierdo en un tono oscuro y servía de marco asimétrico. El título y el nombre del compilador aparecían impresos en una tipografía con serifas de estilo clásico y acabado dorado, centrados en el espacio libre a la derecha. El uso de la estampación y los ornamentos tipográficos o florones, debajo del nombre del autor salvadoreño y del título, reforzaba la estética decorativa y añadía un toque de distinción al volumen, con una portada funcional y de estética coherente con su fecha de publicación. La contratapa también era de lino gofrado, material asimismo presente en el lomo estampado.

    Sin explicación aparente, ciertos ejemplares del Parnaso salvadoreño llegaron a las 318 páginas —tal es el caso del que conserva la Biblioteca Robarts de la Universidad de Toronto, hoy digitalizado en Internet Archive—. Cabe señalar que toda la edición tuvo problemas bibliográficos como ese y otros de datación. Las portadas y portadillas, tanto de la edición rústica como de la de lujo, aparecieron sin año de publicación, y los catálogos comerciales lo fecharon en 1910, 1912, 1915, 1916 o 1917. La investigación del académico costarricense Dr. Carlos Manuel Villalobos sobre las catalogaciones literarias en Centroamérica situó la edición en 1917, con 34 poetas y 164 poemas, datos hoy aceptados como referencia académica de la pieza.

    Ese volumen fue la segunda gran antología panorámica de la poesía salvadoreña tras la Guirnalda salvadoreña (San Salvador, Imprenta Nacional, 1884-1886) del nicaragüense Román Mayorga Rivas (1862-1925) y se convirtió en un eslabón canónico entre ella y el Parnaso migueleño de Juan Romero (1942) y las Cien de las mejores poesías líricas salvadoreñas del educador Francisco Espinosa (1951). Dentro de la propia serie barcelonesa, el Parnaso salvadoreño se sitúa entre el Parnaso nicaragüense de Alberto Ortiz (Maucci, 1912; 253 pp., 137 poetas y 30 poemas) y el Parnaso costarricense de Rafael Bolívar Coronado (Maucci, 1921; 207 pp., 15 poetas y 89 poemas), con los que comparte criterios de selección, diseño material y vocación de mercado.

    01) Carta membretada y autógrafa de Manuel Maucci para el intelectual peruano Ricardo Palma, fechada en la ciudad de Barcelona, en marzo de 1906 (izq.). 01) La Casa Maucci también tradujo y publicó a varios autores del Japón, China, India y otros lugares exóticos para el público lector hispanoamericano (der).

    Los autores salvadoreños que ingresaron al catálogo de Maucci a través de esta antología cubren desde la independencia hasta la generación que empieza a publicar en los albores del siglo XX, es decir, toda la nómina fundacional de las letras del país. Leiva Erazo abrió su antología con voces preindependentistas y postindependentistas —Enrique Hoyos, Ignacio Gómez, Carlos Bonilla, Doroteo José Guerrero y Miguel Plácido Peña—, continuó con los románticos de mediados del siglo XIX —Juan José Cañas, Joaquín Méndez, Antonio Guevara Valdés, Rafael Cabrera, Ana Dolores Arias, Antonia Galindo y su hermano Francisco Esteban Galindo— y desembocó en los nombres mayores del modernismo y el postmodernismo salvadoreños, encabezados por Francisco Gavidia (1863-1955); Vicente Acosta (1867-1908), fundador y director de la revista sansalvadoreña La Quincena (1903-1908) y firma habitual del periódico La Unión, dirigido en San Salvador por Rubén Darío (1889-1890); Calixto Velado; Alberto Masferrer (1868-1932) y Sarbelio Navarrete, así como los entonces jóvenes vates José Calixto Mixco, Armando Rodríguez Portillo, Jorge F. Zepeda, Gustavo A. Ruiz y el propio Leiva Erazo, quien se incluyó a sí mismo en esa primera puesta en circulación europea de la poesía salvadoreña como conjunto nacional.

    Después del trabajo antológico de Leiva Erazo, el escritor salvadoreño Raúl Contreras Díaz (Cojutepeque, 1896-Madrid, 1973) publicó con la casa Maucci una reedición de su primer poemario Armonías íntimas (San Salvador, 1919), bajo el nuevo título Poesías escogidas (Barcelona: Maucci, 1926, 254 págs.). Fuera de él, no consta que otro autor salvadoreño publicara con la editorial barcelonesa-bonaerense-mexicana una obra individual propia (poemario, novela, ensayo, cuentario) bajo firma exclusiva, aunque cabe la posibilidad de que más de uno haya tanteado la opción de ser editado por ese sello hispanoamericano de amplio alcance comercial.

    Considerado en su conjunto, el Parnaso salvadoreño y Poesías escogidas representan los dos episodios sustantivos en la relación de la casa Maucci con la literatura salvadoreña. El primero fue una operación editorial barcelonesa que, al inscribir a El Salvador en una serie panhispánica concebida para el mercado lector americano, contribuyó de modo decisivo a fijar —en un volumen accesible y de amplia circulación en sus dos ediciones simultáneas— el primer canon impreso de la lírica salvadoreña. El segundo fue un espacio para posicionar a un escritor que ya merodeaba entre las tertulias de los cafés madrileños, en plena era de efervescencia intelectual de la capital española entre las generaciones del 98 y del 27.

    Notas
    1 Manuel Llanas, «Semblanza de la Casa Editorial Maucci (Barcelona, 1892-1966?)», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal EDI-RED, 2016, https://www.cervantesvirtual.com/obra/casa-editorial-maucci-barcelona-1892-1966-semblanza/, 1; Loris Jacopo Bononi, «Parana di Mulazzo. «…ofrecer a América el negocio de ser Europa…»», en Libri & destini. La cultura del libro in Lunigiana nel secondo milennio (Lucca: Maria Pacini Fazzi Editore, 2000), 223-263.
    2 Llanas, «Semblanza», 1-2; Bononi, «Parana di Mulazzo», 230-235; Martin Leona, «Entre La antología de poetas hispanoamericanos de Marcelino Menéndez Pelayo y los Parnasos de la Editorial Maucci: reflejos del ocaso de la hegemonía colonial», Ciberletras 15 (2006), https://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v15/martin.html.
    3 Llanas, «Semblanza», 1-2.
    4 Salvador Contijoch, «El ramo editorial y la casa Maucci», Revista Gráfica (Barcelona, 1901-1902), 85-88; Llanas, «Semblanza», 2.
    5 Contijoch, «El ramo editorial», 86-88; Manuel Llanas, L’edició a Catalunya: el segle XX (fins a 1939) (Barcelona: Gremi d’Editors de Catalunya, 2005), 268-276.
    6 Llanas, L’edició a Catalunya, 270-274; Manuel Llanas, «Notes sobre l’editorial Maucci i les seves traduccions», Quaderns. Revista de traducció 8 (2002): 11-16.
    7 Bononi, «Parana di Mulazzo», 240-258; Casa Editorial Maucci (Barcelona, España), entidad corporativa con sus autores asociados, Portal de Archivos Españoles (PARES), https://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/autoridad/235730; Juan Bautista Maucci, citado en Luis María Marina, «Manuel Maucci», Luis María Marina (blog), 29 de noviembre de 2009, http://luismariamarina.blogspot.com/2009/11/manuel-maucci.html.
    8 Llanas, L’edició a Catalunya, 275-276; Biblioteca Virtual de Defensa, «Casa Editorial Maucci (Barcelona), editor», https://bibliotecavirtual.defensa.gob.es/BVMDefensa/es/consulta_aut/registro.do?id=1108365.
    9 Carlos Manuel Villalobos, «El criterio instituyente en las catalogaciones literarias en Centroamérica», Filología y Lingüística 31, n.º 2 (julio-diciembre 2005): 35-43.
    10 Villalobos, «El criterio instituyente», 39-40.

  • Exposición sobre la Dra. Antonia Navarro Huezo rinde homenaje a las pioneras salvadoreñas en la ciencia

    Exposición sobre la Dra. Antonia Navarro Huezo rinde homenaje a las pioneras salvadoreñas en la ciencia

    El Centro Cultural Salvadoreño Americano (CCSA) inauguró una exposición itinerante dedicada a la vida y obra de la Dra. Antonia Navarro Huezo, en el marco del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia.

    El objetivo central de la muestra es visibilizar el papel femenino en el desarrollo científico del país e incentivar a las jóvenes a incursionar en áreas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas). Durante el acto inaugural, las autoridades destacaron que la trayectoria de la Dra. Navarro Huezo no fue solo un éxito personal, sino un precedente fundamental para la educación superior salvadoreña.

    La muestra, que estará abierta hasta el 18 de febrero en el Centro Cultural Salvadoreño Americano, avenida Sisimiles, cerca de Metrocentro, es fruto del trabajo del historiador Carlos Cañas Dinarte y su esposa e investigadora, Patricia Guerrero Medrano.

    La exposición itinerante es de acceso público y estará disponible eh horario de 8:00 a.m. a 4:00 p.m.

    Navarro Huezo (1869-1891), fue la primera graduada universitaria de toda Centroamérica y primera ingeniera de Iberoamérica (1889).

    La exhibición está diseñada para ofrecer un recorrido educativo completo:

    • Recursos visuales: paneles informativos con textos, imágenes y gráficos que relatan sus hitos académicos.

    • Contexto histórico: una mirada a los retos y barreras que enfrentó la doctora para ejercer su profesión en su época.

    • Memoria histórica: un esfuerzo por rescatar los aportes de mujeres clave en la construcción del desarrollo nacional.

    La realización de este evento bajo el marco de la proclamación de las Naciones Unidas busca generar conciencia sobre la importancia de la participación plena y equitativa de mujeres y niñas en el ámbito científico. Con esta iniciativa, el CCSA y sus aliados reafirman su compromiso con la promoción de la cultura y la ciencia inclusiva.

  • Fallece Rhina Avilés, pionera del arte salvadoreño, fundadora del Marte y de Galería Espacio

    Fallece Rhina Avilés, pionera del arte salvadoreño, fundadora del Marte y de Galería Espacio

    El mundo del arte salvadoreño está de luto tras el fallecimiento de Ana Rhina Avilés Valdés, reconocida promotora cultural, fundadora de la Galería Espacio y pieza clave en la creación del Museo de Arte de El Salvador (Marte). Avilés murió el viernes a los 92 años, dejando un legado invaluable para la cultura nacional.

    Instituciones culturales como el Patronato Procultura, el Museo Marte y la Asociación Museo de Arte de El Salvador lamentaron su partida con una esquela conjunta, donde destacaron su compromiso con las artes visuales.

    “Estaremos eternamente agradecidos por el legado que deja al país”, expresaron las tres entidades, de las cuales Avilés fue miembro fundadora y activa.

    Originaria de Santa Ana, Avilés estudió Arte, Literatura y Diseño de Interiores en Estados Unidos. A su regreso a El Salvador, ocupó cargos en el Instituto de Turismo y como Agregada Cultural del Ministerio de Relaciones Exteriores, además de ser fundadora del Patronato de Cultura de El Salvador.

    En 1985, fundó la emblemática Galería Espacio, considerada durante décadas una de las más influyentes del país. Allí se exhibieron obras de maestros de la pintura y escultura salvadoreña y latinoamericana.

    “Ella era un referente cultural en la ciudad de San Salvador. En Galería Espacio uno podía contemplar la obra de la plástica no solo salvadoreña, sino también centroamericana y latinoamericana”, recordó el historiador Carlos Cañas Dinarte.

    Para Cañas Dinarte, la galería tuvo “un fuerte impacto en el trabajo de otros creadores” y fue también un punto de encuentro intelectual.

    “Galería Espacio tuvo una participación determinante para mantener el mercado de arte salvadoreño vivo y activo en las décadas de los 80 y 90, tiempos muy difíciles para las artes plásticas nacionales”, destacó.

    Durante los años noventa, Avilés, desde el Patronato Pro-Cultura, gestionó personalmente ante el entonces presidente Armando Calderón Sol el terreno donde se construyó el Museo de Arte de El Salvador, inaugurado en el año 2000 detrás del monumento a la Revolución.

    “Rhina Avilés trasciende fronteras, ella fue gran amiga del premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa”, relató Cañas Dinarte al recordar su influencia más allá de las artes visuales.

  • Hiroshima y El Salvador, 80 años

    Hiroshima y El Salvador, 80 años

    A las 08:15 horas del lunes 6 de agosto de 1945, la bomba atómica Little Boy fue arrojada por el avión estadounidense Enola Gay sobre la localidad portuaria de Hiroshima. Después de 55 segundos de caída, el artefacto de fisión con base en uranio 235 hizo explosión a 600 metros sobre la ciudad. Los 16 kilotones de TNT liberados elevaron la temperatura ambiental en un millón de grados Celsius, dando lugar a una bola de fuego rojizo de entre 250 y 300 metros de diámetro. El “viento divino” se manifestó en forma de hongo y arrasó con infraestructuras y personas en un radio de 1.5 a 3.0 kilómetros. Cerca del 70% de edificios y residencias resultó destruido en la primera ola de impacto, para después sucumbir ante los innumerables incendios desatados.

    Un niño de India envía mensajes de paz en el día de Hiroshima. / EFE.

    La calle y distrito de Minami estaban situados a unos 2,500 metros de distancia de la zona de detonación de aquel artefacto devastador. Aunque no sufrió daños inmediatos por la explosión, sus edificios y cientos de personas sí resultaron dañados por los efectos de la detonación y la lluvia radiactiva. Una de las personas fallecidas en esa calle y distrito fue un hombre de 53 años, médico e inspector sanitario militar. Se trataba del doctor Juro Hatori. En su currículum constaba que, alguna vez, dos décadas antes, había estado por algunos días en la capital de la República de El Salvador.

    Hitomi Hasebe, representante de la familia Tetsutani, muestra fotos del joven Shinichi Tetsutani con su triciclo que tenía en el momento de la bomba, frente a la escultura del mismo en el Museo de la Cruz Roja en Suiza. / EFE.

    Al mediodía del miércoles 5 de noviembre de 1924, en la residencia de la Legación japonesa de la ciudad de México, situada en el número 21 de la calle de Mérida, el ministro Shigetsuna Furuya (Ehime, 12.jun.1876-São Paulo, Brasil, 13.jun.1967) organizó un banquete oficial para presentar al Dr. Iwatarō Uchiyama (Maebashi, 28.feb.1890-19.nov.1971), un católico que en ese momento era secretario del Departamento Comercial del Ministerio de Asuntos Extranjeros del Japón y jefe de la comisión comercial especial enviada por el imperio para inspeccionar las situaciones generales existentes en las repúblicas centro y suramericanas. El Dr. Uchiyama sería más conocido como el promotor del ingreso de Japón a la Liga de las Naciones y ocuparía puestos diplomáticos en Madrid (1912), Santiago de Chile, Río de Janeiro (1917), Montevideo (1930) y embajador en Buenos Aires (1937).

    Para entonces, El Salvador y Japón llevaban casi un cuarto de siglo en acercamientos y pláticas para lograr establecer relaciones diplomáticas y comerciales, pero diversas circunstancias habían impedido concretar esas intenciones mediante la suscripción de algún tratado o el establecimiento de alguna Legación o Consulado General o de otra naturaleza.

    Fotografías de Senji Yamaguchi, quien sufrió quemaduras en el Museo de Nagasaki. / EFE.

    En aquel ágape en la Legación Imperial en la capital mexicana estuvieron presentes diversos jefes de misión, entre ellos Cecilio Bustamante Magaña (nacido en la ciudad de San Miguel, el 26 de junio de 1871, falleció en la capital salvadoreña, el 24 de junio de 1965. En ese momento era el ministro plenipotenciario y enviado extraordinario de la República de El Salvador en México, entre otros cargos desempeñados durante su extensa carrera diplomática).

    Otros invitados fueron Federico Quintana (ministro de Argentina), Pedro Pablo Agustín Mujica Carassa (Lima, 29.jun.1875-21.jul.1933, fue alcalde de Lima entre 1920 y 1921 y era el ministro de Perú en México), Eduardo Aguirre Velásquez (ministro de Guatemala), Luis Felipe Angulo (ministro de Colombia), Dr. Lourival de Guillobel (encargado de negocios del Brasil), Manuel Novoa Torres (encargado de negocios de Chile), Agustín Diner (cónsul general de Nicaragua), José Ignacio Icaza Camacho (mexicano, 1886-1930, cónsul general de Panamá), Ángel Lagarda (cónsul general de Costa Rica), Otto Reinbeck (cónsul general honorario de Honduras en la capital mexicana desde el 16 de julio de 1924, desempeñó ese cargo por las siguientes tres décadas), César E. Arroyo (cónsul, escritor y periodista ecuatoriano, nacido en Quito en 1887 y fallecido en Madrid, en 1937), Koshida Saichirō (1884-1963, entonces secretario jefe de la Legación japonesa en territorio mexicano, antes fue cónsul general en Milán -1921- y Batavia -actual Yakarta-, así como futuro encargado de asuntos ad interín en México -enero a diciembre de 1926- y España -de abril a noviembre de 1932- y ministro plenipotenciario y enviado extraordinario de Japón en Panamá, México y las repúblicas de Centroamérica, entre 1938 y 1939), acompañado de sus asistentes secretariales, Masaki Yodokawa (29 años, originario de Fukuoka, sería encargado de negocios y ministro del Japón en Perú en 1941) y una señora de la que no se tienen datos en el presente.

    Tres semanas después de esa comida, esa comisión comercial japonesa -presidida por el Dr. Iwatarō Uchiyama y el secretario Koshida Saichirō e integrada por el ingeniero Ryusaburo Muroki (34 años), el médico e inspector sanitario militar Dr. Juro Hatori y un canciller-agente sin nombrar (quizá el oficial diplomático Akira Fukuoka, de 32 años)- llegó a San Salvador para “investigar las condiciones comerciales” de El Salvador, por lo que todos ellos “recibieron de parte del Gobierno y autoridades de la República las atenciones debidas y merecidas por la distinción de las personas que la integraban”, para que después pudieran continuar su viaje por diversos países del continente americano, entre ellos Brasil y Venezuela.

    Los datos personales de los integrantes de esa misión del imperio nipón aparecen en la lista de pasajeros llegados el jueves 16 de octubre de 1924 al puerto de San Francisco (California), procedentes de Yokohama en el vapor Siberia Maru, un transpacífico de segunda clase. La lista puede consultarse en Passenger Lists of Vessels Arriving at San Francisco, CA, 1893-1953, Maryland, National Archives Microfilm Publication M1410, rollo 189, línea no. 6, id 004893620_00177_5. Su llegada a San Salvador quedó reseñada en la Memoria anual de Relaciones Exteriores, Instrucción Pública y Justicia, leída por el Dr. Reyes Arrieta Rossi y publicada por el Diario Oficial, tomo 98, no. 50, sábado 28 de febrero de 1925. De ella proceden los entrecomillados citados en el párrafo anterior.

    Tendrían que transcurrir once años más para que El Salvador y Japón entablaran relaciones diplomáticas formales. En el Salón Rojo del Palacio Nacional de San Salvador, a partir de las 11:30 horas del jueves 25 de julio de1935, el presidente y general de brigada Maximiliano Hernández Martínez recibió las cartas credenciales del que desde septiembre de 1931 se desempeñaba como ministro residente en México, el doctor Hori Yoshimatsu (1895-1958, también llamado Yoshiatsu Hori o Yoshitaka Hori), quien llegaba como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante el gobierno salvadoreño, en carácter de diplomático concurrente en toda la región centroamericana. Hori salió por vía aérea de la capital mexicana, el sábado 8 de junio de 1935, con destino a Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, adonde arribó el lunes 24. Con oficinas situadas en el no. 190 de la Avenida de los Insurgentes de la capital mexicana, Hori Yoshimatsu fungió antes como cónsul en Vancouver (Canadá,1913-1914), encargado de negocios en la Legación japonesa en Beijing (China, 1927-1928) y como representante diplomático ante los sucesivos gobiernos mexicanos del coronel Abelardo Díaz Luján y del general Lázaro Cárdenas del Río. El 28 de abril de 1936 cesó en su cargo diplomático en México y Centroamérica y dejó como encargado de negocios ad-interín a Minoru Izawa (17.dic.1897-¿?), secretario de la Legación Imperial en San Salvador, quien llegaría a ser uno de los máximos especialistas japoneses en asuntos latinoamericanos. El 2 de septiembre de 1936 fue electo para ocupar uno de los cuatro puestos ejecutivos de la junta de directores de la Dōmei News Agency, el servicio noticioso imperial que daría cobertura a toda la Segunda Guerra Mundial, tras de la cual sería rebautizado como Kyodo News. Con rango militar de mayor, dirigió la Chichi Jima Radio durante la histórica batalla de Iwo Jima, librada por Japón y las tropas aliadas entre el 19 de febrero y el 24 de marzo de 1945.

    En este 2025 se conmemoran 125 años en que Japón y El Salvador iniciaron acercamientos diplomáticos en la capital mexicana, además de los 90 años de las relaciones formales. Mientras tanto, en Hiroshima, un corazón salvadoreño late y canta en la voz del músico Alvar Castillo (Sensuntepeque, 11.feb.1960), quien con su esposa japonesa fundaron el restaurante mexicano Chikada (2017-2018). Residente desde hace dos décadas en esa localidad portuaria, Castillo mantiene su propia orquesta -con músicos nipones- en el Latin Bar Cafe Latino, todo un punto de obligada referencia de la cultura latinoamericana en aquella localidad del Imperio del Sol Naciente.

    >Texto adaptado del libro inédito Sakuras y maquilishuats. Biografía mínima del primer diplomático centroamericano en Japón, 1927-1941.

  • Hace un siglo, un grupo familiar de salvadoreñas viajó por China, Corea y Japón

    Hace un siglo, un grupo familiar de salvadoreñas viajó por China, Corea y Japón

    Desde el último cuarto del siglo XIX, en el estado de California y, más específicamente, en el puerto de San Francisco, residía una pequeña comunidad salvadoreña. La formaba una serie de familias de élite económica y profesional, vinculada con sectores agroexportadores, bancarios, empresarios (transportes, energía y comunicaciones) y profesionales (medicina).

    Dos de los pioneros de esa inmigración fueron el prófugo expresidente y general Carlos Basilio Ezeta -gobernante de facto entre junio de 1890 y junio de 1894- y el empresario Encarnación Mejía, quien no sólo dirigió sus empresas nacionales desde el extranjero, sino que también desempeñó funciones diplomáticas como cónsul durante casi dos décadas, incluso antes y después de la devastación de la ciudad por el terremoto e incendio de 1906.

    En la costa este estadounidense, Nueva York fue la localidad preferida para la llegada de salvadoreños de fines del siglo XIX e inicios de la centuria siguiente, pero mucha de esa masa humana de varios miles de personas estuvo integrada por obreros de escasa formación y casi nulo patrimonio, aunque sí hubo varios intelectuales (Luis Lagos y Lagos, Alberto Masferrer, Claudia Lars) que se dejaron atraer durante algún tiempo por la ciudad de los rascacielos y sus alrededores.

    En San Francisco, la comunidad salvadoreña de élite no sólo usó sus rutas navieras para desplazarse por el mundo o enviar cargas de café, azúcar, añil y otras materias primas, sino que también lo empleó para movilizar cargas de diversos productos industriales o semiindustriales procedentes de China, Corea y Japón. Decenas de almacenes y tiendas por todo el casco urbano mostraban diversos productos de vestimenta y decoración para hogares y oficinas, algunos de los cuales terminaban decorando estancias en las residencias de esa comunidad salvadoreña en el territorio nacional. Ese fue el caso del banquero Rafael Guirola Duke, quien decoró de manera exquisita con motivos japoneses un sector de Villa San Rafael, su mansión en la ciudad de Santa Tecla, a inicios del siglo XX.

    En esas primeras décadas del siglo XX, el comercio entre el Lejano Oriente y El Salvador pasó por San Francisco. Incluso, viajeros nacionales hacia Japón, China, Vietnam, Laos y otros destinos del sur asiático tuvieron que hacer transbordo en las líneas de vapores de la Pacific Mail Steamship Company, que daba cobertura naviera entre Panamá y San Francisco, con escalas en los puertos salvadoreños de La Unión, La Libertad y Acajutla.

    Así fue como llegaron a Yokohama, Tokio, Shanghái, Hanoi y otras localidades del Asia francesa, británica, china y japonesa viajeros salvadoreños como el médico y microbiólogo Dr. Gustavo Barón (1904) y el escritor y periodista Arturo Ambrogi Acosta (1913), el flâneur y cronista urbano de la literatura modernista salvadoreña.

    Fotografía de 1927 de la fachada de la residencia particular del Dr. Alfonso Quiñónez Molina y su familia. En estado ruinoso, aún se alza en la manzana inmediata al costado norte del templo del Rosario, en el centro de la capital salvadoreña.

    En la mañana del jueves 23 de julio de 1925, Edwin Lowe Neville (1884-1944, cónsul general en Tokio y consejero de la embajada estadounidense entre 1924 y 1936, así como embajador estadounidense en Tailandia de 1937 a 1940) telefoneó a K. Hishi, perteneciente a la planilla oficial de Gaimushō o Ministerio de Relaciones Exteriores del gobierno imperial japonés. En horas vespertinas, le envió una carta, en la que le reiteró la misma petición verbal, cuya copia ahora se conserva en el Archivo Diplomático de Japón: que se les otorgaran facilidades de ingreso a territorio japonés a las viajeras salvadoreñas Leonor Meléndez de Quiñónez, a su hija Mercedes Quiñónez Meléndez, a su sobrina Ana María Letona Meléndez y a su amiga estadounidense Fannie Ware.

    Según lo mencionó Mr. Neville en su llamada y carta, ese grupo femenino se desplazaba por sus propios medios mediante la red de ferrocarriles chinos del este y los del sur de Manchuria, empresa establecida el 26 de noviembre de 1906 por el gobierno imperial japonés. El lento y nada sencillo viaje lo iniciaron desde Pekín (China), con escalas en Mukden (nombre manchú de Shenyang, capital provincial de Lianing) y Seúl, dentro del territorio entonces llamado Chōsen (actual Corea), que estaba bajo administración del imperio nipón. Después, el grupo se embarcó con destino a Tokio y Yokohama, su puerto de salida hacia el continente americano.

    Una de las locomotoras y convoyes de pasajeros y carga del ferrocarril del sur de Manchuria (China), empresa estatal japonesa inaugurada en noviembre de 1906.

    Antonia Leonor de Jesús Meléndez Ramírez (¿1873-1875?-1968), era, desde el 3 de marzo de 1905, la esposa del médico Dr. Alfonso Quiñónez Molina, para entonces presidente de la República de El Salvador y, por tanto, como lo señaló Mr. Neville en sus dos mensajes, era la primera dama del país centroamericano. Su hija era María Mercedes Quiñónez Meléndez, nacida en la capital salvadoreña el 4 de junio de 1908, misma ciudad en la que fallecería el 19 de abril de 1994. Leonor era hija del salvadoreño Rafael Meléndez y de la nicaragüense Mercedes Ramírez -hija del expresidente Lic. Norberto Ramírez- y hermana de los expresidentes Carlos y Jorge Meléndez Ramírez. Desde la década de 1870, su familia estaba involucrada en política, negocios azucareros, metalúrgicos, bancarios y de bienes raíces urbanos y rurales.

    Leonor y su hija Mercedes arribaron dos años antes de su viaje al Lejano Oriente. Llegaron el lunes 16 de abril de 1923 desde La Libertad al puerto californiano de San Francisco a bordo del vapor SS Venezuela -de la Pacific Mail Steamship Company-. Una de las primeras atracciones que visitaron en las siguientes 48 horas fue el Golden Gate. En septiembre, la joven ingresaría al bachillerato en un colegio de señoritas de esa urbe californiana y su madre permanecería a su lado durante esos años de formación secundaria.

    El vapor SS Venezuela, de la Pacific Mail Steampshic Company, que hacía su trayectoria periódica entre los puertos salvadoreños y San Francisco, California.

    Dos meses más tarde de su arribo, el lunes 11 de junio de 1923, a bordo del mismo vapor Venezuela, llegaron el médico y cirujano Dr. Santiago Letona Hernández (Sensuntepeque, 01.jul.1872-San Salvador, 11.abr.1953), casado desde el 20 de mayo de 1908 con María del Carmen Meléndez Ramírez (San Salvador, 03.jun.1877-01.ene.1949), en compañía de sus hijas Ana María, Carmen, Aminta y Regina, quienes también fueron matriculadas en instituciones educativas californianas, acompañadas por su respectiva progenitora, la hermana de Leonor. Con estatura de 152 centímetros, ojos verdes y cabellos negros, Ana María nació en la ciudad oriental de San Miguel, el sábado 15 de marzo de 1913. Tras viajar por Europa y regresar a El Salvador al finalizar sus estudios, Ana María reingresó a los Estados Unidos por vía terrestre por el punto migratorio de Laredo (Texas), el domingo 17 de septiembre de 1944. El lunes 1 de septiembre de 1958 en la ciudad portuaria San Francisco contrajo nupcias con Charles Mehr, nacido en 1906 en Bedford (Wyoming), solicitó la nacionalidad estadounidense y pasó a firmar como Ana Mehr. Ella falleció en Sacramento (California), el domingo 29 de octubre de 1995.

    El periplo turístico por China, Corea y Japón de las Meléndez-Quiñónez y Letona-Meléndez fue realizado durante las vacaciones veraniegas de las adolescentes. Finalizó el martes 11 de agosto de 1925, cuando el SS President Taft -barco transpacífico de pasajeros y carga (1920-1947), de 14,123 toneladas y perteneciente entonces a la Dollar Steamship Company- atracó en San Francisco procedente de Yokohama, tras una escala en Shanghái y su salida desde Hong Kong el 2 de ese mes. En la ficha migratoria de Leonor se consignó que tenía una estatura de 165 centímetros, ojos y cabellos cafés.

    ¿Qué ciudades visitaron en esos países exóticos? ¿En qué hoteles se hospedaron? ¿Qué experiencias vivieron? ¿Qué objetos compraron e importaron? ¿Tuvieron algunos contratiempos en sus diferentes tramos por ferrocarriles o barcos? ¿Se enfrentaron a algún fenómeno de la temporada de monzones en el océano Pacífico?

    ¿Enviaron cartas o postales desde cada uno de sus puntos de llegada y salida? ¿Tomaron fotografías de ellas m ismas o de los lugares visitados? Hasta la fecha, la búsqueda de más detalles acerca de ese viaje por el Lejano Oriente ha resultado infructuosa, pero sería ideal darle mayor seguimiento, porque se constituyó en la primera ocasión en que mujeres salvadoreñas hicieron turismo en grupo por China, Corea y el Imperio del Sol Naciente.

    Tarjeta postal coloreada que muestra la actividad en el puerto japonés de Yokohama, en la segunda mitad de la década de 1920.

     

    *Texto extraído del libro inédito dedicado a los 125 años de vínculos entre Japón y El Salvador y al 90 aniversario de sus relaciones diplomáticas.