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  • Unos 400 migrantes murieron en las rutas americanas en 2025, la cifra más baja en 11 años

    Unos 400 migrantes murieron en las rutas americanas en 2025, la cifra más baja en 11 años

    Al menos 409 migrantes murieron o desaparecieron en las rutas migratorias de América en 2025, la cifra más baja desde que en 2014 comenzara a hacerse un seguimiento global de las víctimas de estas travesías, según indicó este jueves la Organización Internacional para las Migraciones de la ONU (OIM).

    El fuerte descenso con respecto a 2024, cuando se registraron más de 1,200 víctimas, se debió probablemente a una bajada del número de personas que transitó por las rutas más peligrosas, como la que atraviesa la selva de Darién entre Colombia y Panamá o la de la frontera entre México y Estados Unidos, analizó la OIM.

    En Darién sólo se confirmaron por ahora diez muertes el año pasado, frente a 160 en la frontera septentrional mexicana, mientras que 18 se registraron entre Haití y República Dominicana y siete entre Venezuela y el Caribe.

    La agencia aclaró que la cifra definitiva para el año pasado no podrá conocerse hasta mediados de 2026, ya que todavía no tiene cifras completas de algunas autoridades.

    A nivel global, al menos 7,667 personas murieron o desaparecieron en rutas migratorias en 2025, siendo Asia y el Mediterráneo las más letales.

    La cifra global supone un descenso del 16 % con respecto a 2024, aunque la OIM advierte que esa bajada podría deberse en realidad a problemas para elaborar estadísticas cada vez más completas, por la falta de financiación de la agencia y otros actores humanitarios que llevan a cabo un seguimiento de estas peligrosas rutas.

  • Niña colombiana muere en naufragio de migrantes en costas de Panamá

    Niña colombiana muere en naufragio de migrantes en costas de Panamá

    Una niña colombiana de 3 años falleció el domingo tras el naufragio de una embarcación que transportaba migrantes en la zona costera de Miramar, en Santa Isabel, provincia de Colón, al norte de Panamá, informaron las autoridades este jueves.

    De acuerdo con el comunicado oficial del gobierno panameño, liderado por el presidente José Raúl Mulino, la menor murió pese a las maniobras de reanimación cardiopulmonar (RCP) que se le practicaron tras el accidente. “Lamentamos profundamente la pérdida de esta vida humana”, expresó el Ejecutivo en la nota.

    La embarcación, que llevaba a bordo 18 adultos y 3 menores, fue auxiliada de inmediato por una lancha privada que se encontraba cerca del sitio del naufragio. Posteriormente, unidades del Servicio Nacional Aeronaval (Senan) se sumaron a las labores de rescate y brindaron atención médica a los sobrevivientes.

    Según la Autoridad Marítima de Panamá (AMP), el bote era operado por un ciudadano colombiano y no estaba autorizado para el transporte de personas, ya que contaba con registro para realizar únicamente pesca artesanal. Además, zarpó desde un muelle costero no autorizado, lo que constituye una grave infracción a las normativas marítimas panameñas.

    Aunque el comunicado oficial no detalla las nacionalidades de todos los ocupantes, medios locales señalaron que la mayoría de los migrantes eran de origen venezolano.

    Desde la llegada al poder del presidente José Raúl Mulino, el 1 de julio de 2024, en conjunto con las políticas migratorias del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, implementadas desde el 20 de enero, se ha registrado una fuerte reducción en el flujo migratorio que atravesaba Panamá hacia el norte.

    Entre las medidas adoptadas destacan el cierre de rutas ilegales en la selva del Darién y vuelos financiados por Estados Unidos para deportar migrantes. El Memorando de Entendimiento Migratorio firmado entre ambos gobiernos ha permitido que EE.UU. destine $14 millones —$7 millones en 2024 y otros $7 millones en 2025— para apoyar las deportaciones.

    Gracias a este acuerdo, al menos 2,736 personas han sido deportadas o expulsadas desde octubre, según datos proporcionados por el ministro de Seguridad, Frank Ábrego. Ahora, el flujo migratorio ha cambiado de dirección, siendo de sur a norte en menor escala, y muchos migrantes optan por viajar en bote desde costas panameñas hacia la frontera con Colombia, evitando el peligroso cruce por la selva del Darién.

     

  • El coste de la resaca migratoria del Darién

    El coste de la resaca migratoria del Darién

    Cuando la migración inundó su pequeño pueblo en la costa del Caribe colombiano, a Luis Fernando Carrascal le bastaba trabajar una semana al mes. Ganaba hasta $260 al día cargando las mochilas de los migrantes que cruzaban la peligrosa selva del Darién rumbo a Estados Unidos.

    Con lo que ganó de mochilero, Carrascal, de 32 años, compró un bote con motor y redes. Siempre vivió de la pesca en su natal Acandí, un pueblo de playas de ensueño en la frontera con Panamá, que en los últimos años fue la puerta de salida de Sudamérica en la travesía hacia el norte.

    El auge migratorio transformó este pueblo de 16,000 habitantes del Chocó, uno de los departamentos más pobres y olvidados de Colombia. La economía local se revolucionó y dolarizó. Muchos invirtieron en casas o negocios, y la comunidad reunió suficiente dinero para abrir la única trocha que hoy cruza la espesura del Darién y conecta con el caserío vecino de Capurganá, antes accesible solo por mar o a pie.

    Pero la bonanza se esfumó. Tras el pico de 2022 y 2023, el flujo de personas hacia el norte se redujo en 2024 y este año, con las políticas antiimigratorias del presidente estadounidense, Donald Trump, casi se secó: cayó un 97 %, según Naciones Unidas.

    En sentido contrario, unas 14,000 personas regresaron al sur en el primer semestre del año, una cifra ínfima frente a los cientos de miles de personas que subían antes y que vació los bolsillos de los pobladores.

    «Ha sido bastante difícil», dice Carrascal, «ya las cantinas no se llenan como se llenaban, las tiendas no venden como vendían».

    Un amigo suyo, que pide reserva de su nombre, se dedicó a transportar migrantes en moto del puerto a los albergues. Hacía de diez a doce viajes al día y con eso empezó a levantar su casa, que hoy quedó a medias.

    En los días buenos ahora gana el equivalente a unos 25 dólares, diez veces menos que antes. «No hay punto de comparación», dice.

     

    Golpeados y abandonados

    En el pico migratorio, los mochileros de Acandí se organizaron en grupos y se turnaban por semanas. Los transportistas estaban repartidos en 11 asociaciones y cada día trabajaba una. El dinero alcanzaba para todos.

    Ahora «ya cada quien se buscó su lugar», dice Carrascal. Él volvió a la pesca y a veces también trabaja en construcción, aunque la obra ha bajado mucho, dice. Solo hay algunos «arreglos que la administración municipal le está haciendo» al pueblo.

    Ese bajón también golpeó a Rogelio Ramos, líder comunitario y dueño de una ferretería en la esquina más movida de Acandí, donde decenas de hombres beben en mesas de plástico, ensordecidos de música vallenata.

    Ramos, de 64 años, llegó a emplear a seis trabajadores en la ferretería: «Hoy tengo uno solo y yo mismo; yo antes administraba, pero hoy tengo que estar aquí», explica. También tuvo que dividir su local en dos y al lado montaron una tienda de bicicletas.

    «Estamos golpeados y abandonados», dice. Acandí está marcado como ‘zona roja’ por la presencia de los paramilitares del Clan del Golfo, la principal banda criminal de Colombia, y no cuenta con energía y agua las 24 horas del día, recuerda.

    «Pensábamos que el gobierno o cualquier otra entidad iba a mirar para donde nosotros por todo lo que nos estaba pasando», dice Ramos, «pero no, la carretera que hoy tenemos no fue hecha por el gobierno, sino por la comunidad», resalta.

     

    Turismo al rescate

    Al otro lado del golfo de Urabá, el gobierno municipal de Necoclí está organizando festivales de poesía, vallenato y coco para revivir el turismo, sustento que desapareció cuando hasta 20.000 migrantes levantaron carpas en las playas de este pueblo de 25,000 habitantes.

    Con la migración, «el turismo de grandes hoteles se acabó», cuenta el alcalde, Guillermo José Cardona, pero «la gente común se lucró mucho. Mucho, mucho, mucho».

    Luis Javier Medrano, de 20 años, trabajó con su tío electricista arreglando las casas que los vecinos de Necoclí acondicionaban para alquilar camas a los migrantes, y ganaba una comisión por cada persona que llevaba a dormir en la casa de su abuelo.

    Hoy atiende la recepción de un hostal en el paseo marítimo del municipio, una avenida de palmeras y chiringuitos que luce casi desierta frente al mar turquesa donde se zambullen unos pocos bañistas.

    En la arena, unos carteles advierten que está prohibido acampar en la playa, y otros promocionan tours turísticos hacia el Darién, la misma selva donde el año pasado murieron más de 170 migrantes, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

    En primera línea del mar, obreros levantan lo que el alcalde presenta como «las torres más altas de Urabá»: tres bloques de trece pisos que funcionarán como apartahoteles.

    El turismo empieza a dar señales de vida, afirma Medrano, pero si la marea migratoria vuelve, el joven tiene claro que regresará a sus negocios de antes «al día siguiente».