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  • Los salvadoreños David Chávez y Jonathan Arias: de ser víctimas de las pandillas a los juegos paralímpicos de invierno

    Los salvadoreños David Chávez y Jonathan Arias: de ser víctimas de las pandillas a los juegos paralímpicos de invierno

    David Chávez y Jonathan Arias viven historias paralelas. Los dos están en silla de ruedas, padecen una discapacidad derivada de un disparo y los dos se han convertido en Italia en los primeros deportistas de El Salvador en competir en unos Juegos Paralímpicos de invierno en la disciplina de esquí de fondo.

    David Chávez, de 27 años, nació en San Salvador. Cuando tenía catorce años recibió un disparo tras un robo perpretado por pandilleros. A esa misma edad, Jonathan Arias, de 28, también sufrió un tiroteo entre pandillas rivales que le dejó paralizado de cintura para abajo y le hizo ver su nueva vida desde una silla de ruedas.

    En la sede de Tesero, en los Juegos de Milán Cortina, los dos salvadoreños se convirtieron en los primeros deportistas de la historia del país centroamericano en competir en el certamen paralímpico. Lo hicieron en la prueba del kilómetro sprint de esquí de fondo.

    Chávez logró su clasificación de forma directa, tras ser decimoctavo en el Mundial de Trondheim (Noruega), mientras que Arias la consiguió tras una invitación del Comité Paralímpico Internacional al no lograr el billete inicialmente por clasificación deportiva.

    Para ambos fue la culminación a un sueño que comenzó entrenando en arena y que se fraguó gracias a la ayuda de varios ‘ángeles de la guarda’ estadounidenses con los que se fueron cruzando por el camino.

    «La historia detrás de estos dos deportistas surge tras la violencia de las pandillas y por eso mismo es una inspiración en sí misma. Han superado adversidades y ahora están haciendo historia», declara Salvador «Chacha» Salguero, presidente de la Federación Salvadoreña de Nieve y Hielo.

    Violencia de pandillas

    La vida de David Chávez cambió el 7 de enero de 2015, una fecha que nunca podrá olvidar. Ese día, estaba ayudando a su tía a una mudanza de muebles cuando miembros de la pandilla Barrio 18 los asaltaron a punta de pistola. Trató de huir pero uno de los pandilleros abrió fuego y le disparó en la columna vertebral. El diagnóstico una lesión medular.

    Tras estar más de veinte días en el hospital, la aceptación de la nueva realidad fue un proceso largo. Lloraba todo el rato. Intentó buscar refugio en el deporte y lo encontró. Comenzó a jugar en un equipo juvenil de baloncesto en silla de ruedas y allí conoció a otro chico que también había sufrido las consecuencias de la violencia. Era Jonathan Arias.

    Jonathan había sufrido un disparo en una disputa de pandillas en La Libertad, un pueblo costero a 35 kilómetros de la capital. Era el momento en que Barrio 18 y MS-13 sembraban el miedo en las calles de algunos lugares del país.

    En su caso, Arias pasó casi un año en el hospital haciendo frente a sus miedos y a una inmensidad de pensamientos negativos que le hicieron pasar por un mal momento psicológico. Se trasladó a vivir a El Salvador y se apuntó a un equipo de baloncesto en silla de ruedas, al que llegó poco antes que Chávez.

    Los dos estuvieron jugando juntos al baloncesto hasta que la pandemia truncó todo atisbo de ilusión por progresar en ese deporte. Arias regresó a La Libertad y al terminar el confinamiento se puso a trabajar vendiendo hielo raspado para ayudar a la familia. Lo hacía sentado en una silla de ruedas junto a un camino por el que todo el que pasaba levantaba una gran polvareda. Allí, en uno de esos azares del destino, conoció a Rob Powers, un estadounidense enamorado de El Salvador que volvería a cambiarle la vida.

    Powers, natural de Colorado, era un veterano del ejército que había entrenado al equipo de esquí de Estados Unidos durante más de una década. Al retirarse creó un programa con exatletas olímpicos, veteranos de guerra y personas que habían sufrido los reveses de la guerra para ayudarles en la transición hacía su nueva realidad vital.

    Ese proyecto traspasó fronteras y en 2010 un amigo le preguntó a Powers si iría a El Salvador para colaborar con el Comité Olímpico del país centroamericano. Su amigo era Sean Colgan, miembro de la selección olímpica de remo de Estados Unidos, que tras dejar el deporte de alto nivel decidió crear una fundación de programas deportivos centrada en la investigación científica y el apoyo a colectivos vulnerables.

    El surf, antesala de la nieve

    Powers y Colgan se unieron para crear ONETEAM El Salvador con el objetivo de dar apoyo y capacitación a jóvenes de bajos recursos. Primero lo hicieron a través de un programa de surf, algo que a Arias le encantó. No obstante él había crecido cerca del mar. Se apuntó y, al poco de empezar a entrenar, acudió a los Mundiales de California, en los que quedó décimo.

    En ese tiempo, la amistad de Chávez y Arias se mantuvo. Chávez, tras la pandemia, se había reciclado como conductor de UBER cuando recibió la llamada de su amigo. «Apúntate conmigo al surf», le dijo. Y ambos formaron una pareja de éxito en el agua llegando a situarse entre los primeros puestos del ránking mundial.

    El surf fue su nueva ilusión pero el mazazo llegó cuando este deporte se quedó fuera del programa competitivo de Los Ángeles 2028. Fue entonces cuando, en otro de esos azares del destino, apareció en escena otro estadounidense, Dan Cnossen, que llegó a El Salvador para practicar surf convertido en una leyenda del deporte paralímpico de invierno con medallas en esquí de fondo y biatlón.

    Se hicieron amigos y, pese a ser un país sin tradición en deportes de nieve, quedaron prendados de esos nuevos deportes que habían descubierto por Cnossen. Los empezaron a practicar y poco después disputaron la Copa Continental en Noruega en 2023. El resultado fue el esperado. Último y penúltimo. Aún así no perdieron ni la fe ni las ganas. Todo lo contrario. Decidieron apostar por ese nuevo reto.

    Comenzaron a entrenar en la Playa El Cocal en unas condiciones totalmente alejadas de lo que debe ser un deporte de nieve. Sobre la arena, gruesa, establecieron su base de entrenamientos y, a base de tesón y fuerza de voluntad, lograron ir progresando en sus resultados tras competir en Argentina y diferentes países del centro y norte de Europa hasta llegar a los Juegos Paralímpicos.

    «Sabemos que no vamos a tener una medalla pero habernos clasificado ya nos hace ser parte de la historia. Esto que hemos vivido nadie nos lo va a borrar y espero que las generaciones que vengan lo sepan valorar», confesó a EFE Chávez, vigésimo séptimo en la ronda clasificatoria del kilómetro sprint de esquí de fondo con un tiempo de 2:33.69.

    Su inseparable compañero, Jonathan Arias, quedó un poco más abajo en la clasificación. Finalizó en el puesto 36 con un crono de 2:56.79.

    El resultado es casi lo de menos. Lo más importante es la capacidad de superación demostrada y la ilusión por un sueño. “Este es un momento histórico y no lo vamos a olvidar nunca. Hemos representado a El Salvador de la mejor manera en el evento más grande de los deportes de invierno paralímpicos. El sueño se ha cumplido», concluyó Arias.