Etiqueta: derechos de las mujeres

  • La academia de violación antes de Internet: sumisión química en los 2000

    La academia de violación antes de Internet: sumisión química en los 2000

    Mi mamá siempre fue sabia. Casi una pitonisa. Sus facultades clarividentes eran casi infalibles. Pocas veces se equivocó en lo que decía. Lo malo es que incluso si se equivocaba, la verguiada no te la quitabas de encima. Bajo su régimen solo ella tenía la razón. Nadie más.

    Sus consejos -verbalizados en forma de amenaza, la mayoría de veces, o de advertencia- te daban herramientas para sobrevivir. No recuerdo cuántos años teníamos -ella y yo- cuando me advirtió que nunca aceptara la bebida de un hombre. Ni agua. Me contó que durante su juventud, los hombres drogaban a las mujeres para violarlas. Sinceramente, no recuerdo si ocupó el término “violación”, pero si que su explicación fue clara sobre lo que podría pasarme si aceptaba la bebida tanto de un extraño como de un conocido.

    De nuevo, mi mamá era casi una pitonisa. La primera vez que sospecho que alguien colocó algo en mi bebida fue para una fiesta del día del periodista. Era una fiesta organizada por colegas del periódico en el que trabajaba entonces. Era la segunda fiesta, organizada por compañeros y compañeras de ese trabajo, a la que yo asistí. En la primera me puse algo cabezona, bailé, sí que bailé. Y me divertí, sin mayor percance. En la segunda, después de tres tragos, terminé -auxiliada por tres amigas y colegas- vomitando en un baño del local donde se realizó el convivio. Me llevaron al vehículo del entonces editor de la sección judicial y me dejaron en el asiento del acompañante del conductor. Caí dormida. En un par de ocasiones, ellas fueron a preguntarme cómo me sentía y a monitorearme.

    Desperté cuando alguien arrancaba el motor. Un tipo que hasta donde recuerdo estudiaba derecho y trabajaba en la Corte de Cuentas. Él había buscado contacto visual conmigo durante toda la noche. La forma en que me miraba me hacía sentir incómoda. Al subirse al vehículo me dijo que fulano de tal estaba preocupado por mi situación y le había pedido que me llevara a una gasolinera para comprarme bebidas hidratantes. Yo apenas podía moverme. Intenté marcarle a una de mis amigas, quien además de ser colega, era mi roommate. No pude ni sostener bien el teléfono cuando cayó sobre el piso del vehículo y la batería se soltó. Era un Ericsson T28. En ese momento me percaté que sentía mi cuerpo muy pesado. Al sentirme vulnerable, empecé a llorar.

    A pesar de que perdía el conocimiento por tramos, cuando lo recuperaba, le pedía que parara o que regresáramos. A pesar de mi estado, reconocí la calle que sube del estadio Cuscatlán hacia la Texaco Loma Linda cuando detuvo la marcha. Reconocí esa calle porque había vivido en esa zona durante mucho tiempo. Recuerdo mi incapacidad física: no podía moverme. Nunca en la vida he sentido mi cuerpo tan pesado. Recuerdo cómo se acercó y comenzó a besarme en la boca: una de sus manos sostenía mi cuello, mientras la otra movía mi cachete derecho para tener mi rostro de frente. Y yo solo lloraba. También recuerdo cómo me percaté de que su teléfono no paraba de sonar. Le llamaba otro de los editores del periódico, quien supuestamente le había pedido llevarme a la gasolinera.

    Finalmente, ese hombre que me privó de mi libertad por un tiempo que nunca sabré cuantificar, arrancó de nuevo. Paró en la gasolinera, se bajó a comprar Gatorade y me lo dio de beber. También me dio agua. Me dijo que era importante que me hidratara. Ni eso podía hacer por mi misma: agarrar una de esas botellas plásticas y beber agua. Después de eso, volvió a besarme. Yo cerraba los labios. Tenía las mejillas llenas de lágrimas y los labios porque no paraba de llorar. Entonces me dijo algo así: “Estamos preocupados por tu situación, ya no llorés, todo saldrá bien”. Le pregunté a cuál situación se refería y le pedí por enésima vez que me regresara a la fiesta. Le recordé que él no me conocía para estar preocupado por mí. Le dije que mis amigas seguramente estaban preocupadas y que por eso su teléfono sonaba tanto.

    Decir que tenía miedo es poco: estaba petrificada, literalmente petrificada porque algo que pusieron en mi bebida me impedía movilizarme. Supongo que vomitar fue lo que me permitió tener claridad de pensamiento ante la situación, aunque en ese momento me costaba estar totalmente despierta: mis ojos se abrían y se cerraban. Se abrían y se cerraban: intermitentes como las luces del semáforo o mejor dicho como el movimiento suave de los cricos sobre un parabrisas mientras la lluvia es leve. Creo que mi única herramienta disponible era llorar y por eso no paraba de llorar.

    Cuando finalmente regresamos al local, ubicado sobre el Paseo General Escalón, la fiesta se había acabado. La única persona que estaba era el dueño del vehículo. Cuando este iba a dejarme a mi casa, seguí llorando. Le conté lo que pasó y guardó silencio. No dijo absolutamente nada. En mi cabeza, en ese momento, mi mecanismo de defensa era no parar de hablar y llorar. Sinceramente, tenía miedo de haber cambiado de agresor, pero sentí una gran paz cuando vi que me llevaba a mi casa. A la casa que entonces compartía con otras dos colegas. Recuerdo que al día siguiente, o el mismo día durante la tarde cuando le conté a una de ellas, me hizo sentir culpable: me dijo que si no sabía beber para qué bebía. Regañada quedé. La otra lo hizo chiste: –Un besito a nadie se le niega– me dijo.

    Pasé la resaca con una gran goma moral. Le conté lo sucedido a mi mejor amigo, quien estuvo un rato en esa fiesta y bebió la misma cantidad de tragos que yo, aunque claro no es lo mismo ser ladrillo seco que principante etílica. Él llegó a mi misma hipótesis: en mi bebida colocaron algo.

    A partir de esa experiencia, intenté ser más cautelosa. A la siguiente fiesta que asistí, en una casa de este mismo grupito (cualquiera se preguntará ¿y para qué fuiste?), llevé mis bebidas y no las descuidé: las andaba cargando en la bolsa de la gasolinera. Llevaba bebidas sin alcohol. Tenía claro que no podía confiar en esas personas, pero quería demostrarles que podía cuidarme sola. Siempre he creído que soy más lista, craso error. El tiempo te hace madurar y reflexionar: 20 años después de este suceso, sé que no debo demostrarle nada a otras personas ni intentar encajar con gente con la que no tengo nada en común, aunque parezca que sí tenemos algo en común, como ser periodistas. O ser feministas, por ejemplo.

    Sinceramente, creo que salí ilesa de milagro. Las anécdotas de colegas que habían amanecido en la cama de equis sin acordarse cómo habían llegado ahí y menos con esos hombres, me hacían reforzar mi hipótesis de que a las mujeres les colocaban algo en las bebidas para luego tener sexo — sin consentimiento—  con ellas. ¿Cómo vas a consentir el sexo si estás dormida? ¿Cómo consentiste el sexo si cuando te despertaste, lo primero que te preguntaste es cómo llegaste a esa cama, por qué estás sin ropa y te sorprende ver a ese hombre con quien nunca se te pasó la cabeza acostarte, dormido a la par tuya?

    El caso Pelicot

    Hoy tengo casi 52 años y lo que viví aquella noche tiene nombre y tiene larga data. No es una rareza ni una mala suerte individual. En el 2024, el caso de Gisèle Pelicot le mostró al mundo algo que mi mamá ya sabía cuando yo era niña: los hombres se organizan para esto. Se ponen de acuerdo, comparten técnicas para sedar a las mujeres y violarlas. El término es sumisión química. En esta época, crean grupos en plataformas virtuales (Dark Web, por ejemplo) e incluso en aplicaciones de mensajería para compartir esta información y donde se felicitan mutuamente. Lo que parecía el acto solitario de un hombre ha sido siempre, en realidad, un pacto entre ellos.

    Dominique Pelicot no actuó solo: reclutó a más de 70 hombres, la mayoría desconocidos, a través de un chat llamado «Sin su conocimiento». Cuando lo condenaron, mucha gente pensó que era el fin de esa red. Pero no lo era. Una investigación de CNN publicada en marzo de 2026 encontró que esas redes simplemente se mudaron: a Telegram, a sitios pornográficos, a grupos cifrados donde casi mil usuarios intercambiaban consejos sobre qué sedantes usar, en qué dosis, cómo no dejar rastro. Donde filmaban y transmitían en vivo las agresiones a sus parejas dormidas y cobraban por el acceso. Lo llamaron, sin pudor, una academia de violación.

    Los datos específicos de sumisión química prácticamente no existen porque es uno de los delitos más subregistrados. Las mujeres frecuentemente no saben que fueron drogadas, no se hacen pruebas a tiempo o no denuncian. Muchas veces ni saben que fueron violadas, como en el caso de Pelicot; sin embargo, en Inglaterra y Gales, la proporción de mujeres registradas como agredidas sexualmente mientras estaban inconscientes o dormidas aumentó del 21 al 23 % en la última década, de acuerdo con la investigación de CNN. Y eso es solo lo que se registra. Lo que no se registra tiene otra explicación: la complicidad. Rita Segato, antropóloga y feminista, lo explica con claridad en una entrevista publicada en El PAÍS: en un crimen sexual, la figura central no es la víctima, son los lazos entre el agresor y sus pares. Lo llama la “corporación masculina”.

    El hombre que esa noche me encerró en ese vehículo, aparentemente, no actuó solo. En sus palabras, alguien le «encargó» llevarme a la gasolinera para hidratarme. El dueño del vehículo tuvo que prestarle las llaves para que me llevara. Su teléfono no paraba de sonar, y cuando finalmente regresamos, el dueño del vehículo no dijo absolutamente nada. El silencio también es parte del pacto. La lealtad entre los miembros de la fratría, dice Segato, es lo que sostiene que el mundo no cambie. Y tiene razón: esa corporación existe desde antes de Internet. Existía cuando mi mamá era una adolescente. Existía en esas fiestas de periodistas a finales de los noventa e inicios del dos mil. La única diferencia es que ahora tiene grupos de Telegram, páginas de Facebook y sitios pornográficos donde se organizan, comparten videos y se enseñan mutuamente las técnicas.

    Segato también dice que los hombres tienen que desobedecer ese mandato, burlarse de él, desmontarlo. Que tienen que aprender a tener relaciones entre ellos más verdaderas, más vinculares. Que la reflexión y la palabra son lo que cambia al mundo. Puede que tenga razón. Pero mientras eso ocurre —si ocurre—, mi mamá nunca leyó a Segato y ya sabía exactamente de qué corporación me estaba advirtiendo. Me lo dijo cuando yo era una niña.

    Aquella noche, yo tenía 29 o 30 años y experimentaba mi libertad por primera vez. Era una adulta joven. Compartía casa con dos colegas. Era independiente. A las únicas fiestas que había asistido antes era a las de 15 años. Mientras estudiaba la carrera de periodismo y trabajaba, tuve alguna libertad: fui como cinco veces a una discoteca y a las fiestas navideñas de los lugares donde trabajé. Cuando me pasó esto, podía salir «sin pedir permiso», sin reportarme con nadie. Por vez primera pude ir a un cerro y dormir a la intemperie. Ir al cine, ir a bares, al teatro, a conocer otros municipios. Me volví bastante sociable porque quería encajar. Al final, en eso consiste ser parte de una sociedad, pero convivir bajo normas comunes siendo mujer significa para algunos hombres —no afirmaré que la mayoría, aunque creo que así es— que sos un objeto o un trozo de carne disponible a su antojo.

    Mi mamá nunca se ha nombrado feminista, pero siempre me describió las reglas del juego patriarcal y machista cuando sos mujer: me enseñó a ser independiente, a valerme por mí misma, a ser orgullosa y cautelosa. Desde temprana edad, aprendí la importancia de estudiar y ganarte tu propio dinero. Y que no podía ni debía confiar en los hombres. Sus herramientas para la vida me convirtieron en insumisa. O quizá, también, ya estaba en mi ADN.

    Lo que siempre lamenté y siempre me molestó es que se me educara para estar alerta, para tener cuidado, bajo la premisa de que era responsabilidad mía todo lo malo que pudiera ocurrirme, nunca era responsabilidad de los hombres. O por lo menos así lo interpreté: si te vestís así, si salís de noche, si aceptás una bebida, si le sonreís a ese hombre, si decís malas palabras, si te comportás de tal manera, te van a violar. Ah, y nadie te va a tomar en serio, van a hablar mal de vos –cierto–. La retahíla cerraba con: nadie se va a querer casar con vos –¡qué gran perdida, por la diosita!–.

    Esta vez quiero contar que no se equivocó con lo de las bebidas. De hecho, esta misma situación me volvió a pasar años después en una cena de cumpleaños. Esa vez nos colocaron algo en la bebida a mi roommate y a mí. Solo nos tomamos una cerveza cada una y estábamos noqueadas, pero mi organismo es tan sabio que se expresó nuevamente en forma de vómito y les aguó la fiesta a ese par de jóvenes que quisieron pasarse de listos con nosotras, bajo la complicidad de diez personas, en su mayoría hombres. También le ocurrió a una de las instructoras que tenía en la universidad cuando yo era docente a tiempo completo: un par de hombres se sentaron en la mesa que ella compartía con una amiga, le colocaron algo en la cerveza. Mientras esperaba que uno de sus hermanos fuera a recogerla, se encerró en el baño porque comenzó a sentirse mal. Me llamó para contarme todo y cómo se sentía: su cuerpo comenzaba a dormirse. Le recomendé vomitar. Seguimos conversando hasta que su hermano entró para auxiliarla.

  • Imponen caución y tratamiento de desintoxicación a hombre acusado de amenazar a mujer en Soyapango

    Imponen caución y tratamiento de desintoxicación a hombre acusado de amenazar a mujer en Soyapango

    Un hombre de la tercera edad identificado como Rafael Antonio G. Z., de 66 años, fue enviado a la etapa de instrucción debido a que está siendo procesado por los delitos de expresiones de violencia contra las mujeres y amenazas, por el Juzgado Segundo de Paz de Soyapango, informó Centros Judiciales de El Salvador.

    Este sujeto continuó la etapa de instrucción con medidas alternativas a la detención informó Centros Judiciales por medio de una publicación en su cuenta de la red social X en donde se informa del acontecer de los juzgados de la Corte Suprema de Justicia.

    Según las investigaciones, este hecho ocurrió el 29 de abril de este 2026 en la colonia Monte Carmelo II ubicada en el distrito de Soyapango, perteneciente al municipio de San Salvador Este. Juzgados explicó que la mujer de 56 años que trabaja en un centro escolar regresó de sus labores cuando fue interceptada por el sujeto en estado de ebriedad y le profirió insultos.

    El individuo profirió dichos insultos y amenazas contra la mujer, con expresiones intimidatorias de causarle daño. Ella señaló que estas conductas eran recurrentes, lo que motivó su decisión de alertar a la Policía Nacional Civil (PNC) quienes lo capturaron en la tarde del mismo día.

    De acuerdo con las autoridades judiciales informaron que el sujeto deberá cancelar una caución económica, mantener su residencia y también asistir y participar en programa de desintoxicación en el Hospital Nacional José Molina Martínez de Soyapango.

    En otros casos por delitos relacionados un hombre identificado como Óscar Antonio Alvarado Mancía, de 54 años de edad recibió el pasado viernes 10 años de cárcel debido a que intentó matar a una mujer de 24 años de edad con un corvo mientras caminaba en un sector rural en el asentamiento El Refugio, carretera a Jayaque en La Libertad, informó Centros Judiciales en su momento.

  • Mujeres marchan para exigir garantía de derechos y alto a la violencia

    Mujeres marchan para exigir garantía de derechos y alto a la violencia

    Alrededor de 200 salvadoreñas y activistas feministas se movilizaron este domingo en San Salvador para conmemorar el Día Internacional de la Mujer y exigir la garantía de sus derechos, así como el fin de la violencia machista y los feminicidios.

    La marcha inició en la plaza Salvador del Mundo y finalizó en la plaza Beethoven, en un recorrido de menos de un kilómetro en el que las participantes realizaron una caminata pacífica con pancartas, telas y consignas contra la violencia de género.

    Durante la movilización, las manifestantes también recordaron a mujeres detenidas en el contexto del régimen de excepción vigente en El Salvador desde marzo de 2022, así como a personas desaparecidas y a madres que continúan buscando a sus hijos.

    “Este día lo dedicamos a las mujeres capturas injustamente por el régimen de excepción”, señaló la salvadoreña Keyla Cáceres durante una conferencia de prensa.

    Cáceres añadió que la conmemoración también estuvo dedicada a las madres que buscan a familiares desaparecidos y a mujeres detenidas como la abogada y defensora de derechos humanos Ruth López, quien fue capturada en mayo de 2025.

    La antropóloga feminista Mariana Moisa expresó su preocupación por la situación de los derechos de las mujeres en el país y advirtió sobre lo que calificó como retrocesos en las garantías para vivir una vida libre de violencia.

    Según datos citados por las activistas, al menos 26 feminicidios se registraron en 2025 en El Salvador. Además, denunciaron que las autoridades no publican estadísticas específicas sobre estos casos ni clasifican oficialmente los asesinatos de mujeres como feminicidios.

    Las manifestantes también señalaron su preocupación por la situación de niñas víctimas de violencia sexual y por la salida del país de varias organizaciones de derechos humanos, así como la disolución legal de la Agrupación Ciudadana por la Despenalización del Aborto.

     

  • Asociación Provida llama a erradicar violencia contra las mujeres

    Asociación Provida llama a erradicar violencia contra las mujeres

    La Asociación Provida se pronunció este 8 de marzo con motivo del Día Internacional de la Mujer y reiteró su llamado a fortalecer la lucha por la igualdad y los derechos de las mujeres en todo el mundo.

    En un comunicado, la organización reconoció los avances alcanzados en materia de igualdad de género, aunque advirtió que aún persisten desafíos importantes como la violencia de género, la discriminación y la falta de acceso a recursos y oportunidades para millones de mujeres y niñas.

    La asociación señaló que su compromiso es continuar promoviendo la justicia y la igualdad, e hizo un llamado a los gobiernos y a la sociedad para trabajar de manera conjunta en la erradicación de la violencia contra las mujeres.

    Asimismo, indicó que seguirá impulsando programas dirigidos a mujeres en condiciones de vulnerabilidad, con el objetivo de brindar apoyo y recursos que contribuyan a mejorar sus condiciones de vida.

    La organización también destacó la importancia de fomentar la educación y la conciencia sobre los derechos de las mujeres y la igualdad de género en todos los ámbitos de la sociedad.

    Finalmente, Provida expresó que la conmemoración del Día Internacional de la Mujer representa una oportunidad para reforzar los esfuerzos hacia un mundo más justo y equitativo para todas las mujeres y niñas.

     

  • ONU Mujeres fortalece investigación de violencia sexual en El Salvador

    ONU Mujeres fortalece investigación de violencia sexual en El Salvador

    La asistencia técnica de ONU Mujeres anunció un plan de apoyo a la capacidad de respuesta de la Fiscalía General de la República (FGR) de El Salvador frente a los delitos de violencia sexual, mediante la creación de herramientas especializadas orientadas a mejorar la investigación y la persecución penal. El avance se enmarca en la conmemoración del 8 de marzo y el llamado global “Derechos, justicia y acción para todas las mujeres y niñas”.

    El acompañamiento técnico incluyó la elaboración de un protocolo para la investigación y persecución penal de delitos de violencia sexual, así como un manual sobre la fundamentación jurídica y doctrinal de estos ilícitos. Ambos instrumentos buscan estandarizar prácticas, elevar la calidad técnica de los procedimientos y consolidar criterios claros para fortalecer la construcción de casos dentro del Ministerio Público.

    Durante el acto de presentación participaron el fiscal general de la República, Rodolfo Delgado; la fiscal adjunta para la Mujer, Niñez, Adolescencia y Grupos Vulnerables, Marina de Ortega; y la representante de ONU Mujeres en El Salvador, Lourdes González-Prieto. Las autoridades destacaron que estas herramientas contribuirán a garantizar investigaciones más rigurosas, una mejor coordinación entre fiscales y la reducción de riesgos de revictimización en los procesos penales.

    El proceso de elaboración incluyó revisión documental, análisis jurídico y jurisprudencial, así como la incorporación de buenas prácticas y consultas con personal fiscal y otros actores del sistema de justicia. Según se explicó, el contenido fue adaptado a la realidad operativa de los territorios y a los desafíos cotidianos en la investigación y litigio de casos de violencia sexual.

    El nuevo protocolo establece un marco común de actuación para orientar la labor investigativa, mientras que el manual refuerza la argumentación jurídica en tribunales, consolidando un enfoque de derechos humanos y debida diligencia. Con esta iniciativa, ONU Mujeres y las instituciones estatales buscan fortalecer el acceso a la justicia para mujeres y niñas, en un contexto donde la violencia de género continúa siendo un desafío estructural en el país.

     

  • Talibanes intensificaron en 2025 la represión contra mujeres en Afganistán

    Talibanes intensificaron en 2025 la represión contra mujeres en Afganistán

    El régimen talibán cerró 2025 sin dar señales de retroceso en su política de persecución contra las mujeres en Afganistán, según denunció la Misión de Naciones Unidas en el país (UNAMA) en su más reciente informe sobre derechos humanos, centrado en el último trimestre del año pasado.

    De acuerdo con el documento, al 31 de diciembre se cumplieron 115 días desde que la última mujer afgana ingresó a una instalación de la ONU. El personal femenino local continúa trabajando desde casa o bajo modalidades alternativas, mientras que las restricciones educativas se mantienen vigentes.

    Las mujeres y niñas tienen prohibido acceder a la educación superior desde el 20 de diciembre de 2022 y a los institutos de medicina desde el 2 de diciembre de 2024, una medida que la ONU considera un golpe directo al futuro profesional y sanitario del país.

    El informe también detalla el endurecimiento del código de vestimenta. A inicios de noviembre, en la ciudad de Herat, inspectores del Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio comenzaron a exigir el uso obligatorio del burka en espacios públicos.

    Las mujeres que no cumplían con esta norma fueron excluidas del acceso a hospitales, centros de salud, oficinas gubernamentales y salones de bodas. Aunque esta exigencia fue flexibilizada posteriormente, los talibanes continúan imponiendo el uso del chador en público.

    La UNAMA señala que las autoridades “impiden que quienes no lo lleven utilicen el transporte público y acudan a clínicas, hospitales, oficinas gubernamentales y otros lugares públicos”.

    Violencia de género y castigos corporales

    El organismo de Naciones Unidas documentó numerosos casos de violencia de género, incluidos matrimonios forzados, pese a que el propio régimen emitió en diciembre de 2021 un decreto que prohíbe este tipo de uniones.

    En uno de los casos citados, un tribunal ordenó el arresto de una menor que se negó a contraer matrimonio forzado, quien permanece detenida en una prisión provincial.

    Además, la ONU denunció que los talibanes continúan aplicando castigos corporales públicos “por orden judicial” de forma semanal. Entre el 1 de octubre y el 31 de diciembre, la Oficina de Derechos Humanos de la UNAMA documentó castigos contra al menos 287 personas, incluidas 30 mujeres, que fueron azotadas en público.

    En respuesta al informe, el portavoz del Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, Saiful Salam Jáiber, declaró a la cadena TOLO que rechaza “algunas partes” del documento, al considerar que “distan mucho de la realidad y contradice la realidad del país”.

     

  •  Ormusa registró 26 feminicidios 2025, una reducción del 33 %  

     Ormusa registró 26 feminicidios 2025, una reducción del 33 %  

    Al menos 26 feminicidios se registraron en El Salvador durante el año 2025, una reducción del 33.3 % en comparación con los 38 casos reportados en 2024, de acuerdo con datos divulgados este miércoles por la Organización de Mujeres Salvadoreñas por la Paz (Ormusa).

    La organización no gubernamental detalló que 13 de los crímenes fueron perpetrados por parejas o exparejas de las víctimas, mientras que el resto fueron cometidos por otros agresores. El análisis fue elaborado por el Observatorio de Violencia contra las Mujeres de Ormusa, con base en el monitoreo de noticias publicadas en medios de comunicación locales.

    El reporte indica que el 34.6 % de los feminicidios se cometieron con arma blanca, el 30.7 % con arma de fuego, y el resto con otros tipos de objetos o métodos. Los meses con mayor incidencia fueron marzo y septiembre, con cuatro asesinatos cada uno.

    Los departamentos de La Libertad, San Salvador y Usulután concentraron el 54 % del total de los feminicidios registrados, según la información compartida por Ormusa.

    La organización enfatizó que las víctimas fueron principalmente mujeres jóvenes y adultas, aunque los rangos de edad van desde los 10 hasta los 80 años, lo que evidencia, según el informe, que “la violencia feminicida afecta de manera significativa a las mujeres en todo su curso de vida”.

    Ormusa también alertó sobre los altos niveles de violencia intrafamiliar en el país, al señalar que la mitad de los feminicidios ocurrió dentro de relaciones de confianza, como noviazgos o matrimonios. “Esta tendencia reafirma que la violencia en el ámbito de las relaciones de confianza continúa siendo uno de los principales factores de riesgo para las mujeres”, subrayó la organización.

    El informe destaca la urgencia de fortalecer los mecanismos de protección y detección temprana, para que las autoridades puedan actuar oportunamente y prevenir crímenes letales.

    Pese a que la Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia para las Mujeres reconoce el delito de feminicidio y establece penas de 30 a 50 años de cárcel, las instituciones del Estado no publican estadísticas oficiales sobre estos casos, ni los tipifican conforme a la legislación vigente.

    Ormusa también denunció que los datos sobre violencia contra las mujeres se mantienen bajo reserva o son negados por las autoridades, lo que limita la visibilización del fenómeno y la capacidad de respuesta institucional.