Etiqueta: Francisco Figueroa

  • El arte murió… y nadie se dio cuenta

    El arte murió… y nadie se dio cuenta

    Durante décadas se repitió una idea casi sagrada: el arte era aquello que se exhibía en museos, se interpretaba en teatros o se colgaba en galerías. Sin embargo, esa definición que dominó el siglo XX hoy se encuentra profundamente cuestionada. En realidad, algo más radical ha ocurrido: el concepto tradicional de arte prácticamente ha desaparecido, pero la mayoría de las personas aún no lo ha advertido.

    Durante el siglo XX el arte se entendía principalmente como una obra creada por un artista y presentaba características de materialización, fueran pinturas, esculturas, discos, libros o películas las que se constituían como el centro de la experiencia artística. Incluso las vanguardias más revolucionarias, que rompieron con la tradición académica, mantenían esa lógica básica: el arte era una creación identificable producida por un autor. Picasso, Duchamp o Stravinsky representaban ese paradigma del creador singular que producía una obra destinada a ser contemplada.

    Ese modelo estaba sostenido además por instituciones culturales muy claras. Museos, editoriales, teatros y galerías actuaban como guardianes de lo que podía considerarse arte. La legitimidad artística dependía en gran medida de esos espacios. Una obra debía ser exhibida, publicada o interpretada dentro de ese sistema para adquirir reconocimiento, y en el proceso podía o debía participar, según el caso, un intermediario comercializado.

    Pero el siglo XXI ha comenzado a desmontar silenciosamente ese esquema.

    La irrupción de Internet, las redes sociales y las nuevas tecnologías ha transformado de manera radical la producción cultural. Hoy millones de personas crean música, imágenes, videos o narrativas sin pasar por los canales tradicionales. En ese contexto, la frontera entre artista y público se ha vuelto cada vez más difusa.

    Lo que antes era contemplación se está convirtiendo en participación. El espectador ya no siempre observa una obra terminada; muchas veces interactúa con ella, la modifica o incluso la completa. En el arte digital, las experiencias son inmersivas o las narrativas son interactivas, la obra deja de ser un objeto cerrado y se convierte en un proceso.

    Esta transformación también ha alterado la idea clásica de autoría. En el siglo XX el artista era una figura central, casi heroica. En cambio, en el siglo XXI muchas obras son colectivas, colaborativas o incluso generadas parcialmente por algoritmos. La creatividad puede surgir de comunidades enteras o de la interacción entre humanos y tecnologías.

    Al mismo tiempo, las fronteras entre disciplinas se han vuelto cada vez más borrosas. La música se mezcla con el diseño, el cine con el videojuego, la literatura con las plataformas digitales. El arte ya no está confinado a museos o teatros; aparece en espacios urbanos, en Internet o en experiencias culturales híbridas.

    Por eso algunos teóricos del arte sostienen que estamos viviendo un cambio de paradigma. El arte del siglo XX estaba centrado en la obra y el autor. El arte del siglo XXI comienza a definirse más bien por la experiencia y la interacción.

    Esto no significa que desaparezcan la pintura, la música o la literatura. Significa algo más interesante: esas formas ya no monopolizan la creatividad cultural. El arte se ha expandido hacia territorios donde las personas no sólo contemplan, sino que participan activamente.

    En otras palabras, el arte ya no es únicamente aquello que produce un artista para ser observado. Cada vez más es un espacio de encuentro entre personas, tecnología y cultura.

    Quizá por eso la gran transformación de nuestro tiempo no sea la aparición de nuevas técnicas o estilos, sino algo más profundo: la redefinición misma de lo que entendemos por arte. Y aunque muchos aún no lo perciban con claridad, el siglo XXI está construyendo un concepto artístico completamente distinto al que dominó durante el siglo pasado. Esto no es bueno, ni malo; genera daños colaterales, dependiendo del lugar que ocupes en el proceso de esta transformación.

  • Francisco Figueroa, el salvadoreño que le puso música y voz a la escena cultural

    Francisco Figueroa, el salvadoreño que le puso música y voz a la escena cultural

    El salvadoreño Francisco Figueroa ha sido la de un hombre que decidió no elegir entre cantar, escribir o construir; ha hecho casi de todo. Cantante, compositor, periodista, productor de radio y televisión, locutor profesional, y poeta. Su vida ha girado en torno a una certeza persistente: la historia necesita voz, pero también necesita quienes produzcan y defiendan sus creaciones.

    Nacido en 1960 en San Salvador, su camino comenzó en cabinas de radio, hizo política en los años 80 y al inicio de los 90 encontró la nota musical que escondía en el corazón, la poesía, la memoria y los medios de comunicación.

    Aprendió entonces que el arte y la cultura exigen cercanía antes que exhibición. Esa sensibilidad lo llevó al escenario, pero también a la ópera y a la palabra pública. Como periodista, llegó a fundar y dirigir dos periódicos: Víspera y Tour Istmo, convencido de que la cultura también necesita relato y espacio editorial.

    En su faceta de productor musical.  

    En la radio, como productor y comunicador, convirtió la difusión cultural en parte de su oficio. Su voz profesional lo llevó incluso al doblaje al español para producciones de NatGeo, ampliando su experiencia en la industria audiovisual internacional. Además, junto a María Teresa Fajardo, fue voz de «Los Hablantes», profundizando y educando sobre el lenguaje coloquial salvadoreño en la franja del mediodía «Los Hablantes», enlazada en todas las radios de la Asociación Salvadoreña de Radiodifusores (ASDER).

    Su aporte más estructural se manifestó en el ámbito institucional. Consciente de la fragilidad histórica de los derechos de autor en El Salvador, fue fundador de la Sociedad de Autores, Compositores e Intérpretes de El Salvador (SACIM-EGC), una iniciativa orientada a proteger y dignificar la creación musical nacional. No era sólo un proyecto sino una forma de justicia cultural.

    Con su compañera de fórmula María Teresa Fajardo, en la revista cultural de ASDER.

    Su mirada también se formó fuera del país. En visitas a disqueras mexicanas conoció de cerca la lógica profesional de la industria musical latinoamericana —producción, promoción y circulación— experiencias que reforzaron su convicción de que el talento necesita estructuras para perdurar. Desde entonces, su trayectoria ha combinado interpretación, composición, comunicación y promoción cultural.

    Durante siete años produjo el programa televisivo «Emprendedores» (2011-2018), en Ágape TV Canal 8. Además, es recordado por dirigir en Canal 5 dirigí la «Carabana de la Alegría» en 2010.

    Figueroa en prácticas de entrevista en la Universidad de El Salvador en el exilio, en 1984.

    A lo largo de los años, Figueroa ha sido simultáneamente artista y mediador: canta, produce, comunica, escribe y organiza. En un entorno donde muchos creadores quedan aislados, su persistencia representa una forma de sostén cultural. No sólo ha interpretado la memoria romántica latinoamericana; ha trabajado para que quienes la crean tengan reconocimiento y espacio.

    Entre escenarios, micrófonos, páginas de cuatro libros publicados («El pulgarcito en la globalización»; «Locución profesional»; «Poesía corriente de un hombre común» y los cuentos ilustrados para niños «Matata» y «Simba») la carrera de Figueroa ha seguido el hilo conductor de sostener la música desde adentro y desde afuera. Porque para él la cultura nunca ha sido sólo expresión: ha sido responsabilidad, como él mismo lo define.

    Locutor en la cabina de «YSAX, la voz Panamericana», la radio de Monseñor Romero.
  • La pupusa: corazón y poder cultural de El Salvador

    La pupusa: corazón y poder cultural de El Salvador

    Hay países que se explican a través de grandes monumentos. El Salvador, en cambio, puede explicarse a través del humo tibio que sale de un comal. Allí, en ese círculo perfecto de masa y relleno, late algo más profundo que el hambre: late nuestra identidad.

    La Pupusa no es sólo comida; es memoria, es abrazo, es patria servida en plato. Desde niños aprendemos que el día puede empezar con una pupusa caliente y terminar con otra compartida entre risas.

    Desde niños aprendemos que el día puede empezar con una pupusa caliente y terminar con otra compartida entre risas.

    Está en el desayuno del trabajador, en la cena familiar del domingo, en la esquina iluminada por un foco donde la pupusera conversa mientras cocina. Es un ritual cotidiano que no distingue clases sociales ni edades. Frente a la pupusa, todos somos iguales: salvadoreños.

    Su fuerza no está únicamente en su sabor, sino en lo que representa: viene del maíz ancestral, de nuestras raíces originarias, de una historia que sobrevivió al tiempo. Cada pupusa lleva adentro siglos de cultura transformados en algo sencillo y generoso. Y en esa sencillez radica su grandeza.

    Pero la pupusa también es poder. Poder cultural. Poder económico. Para miles de familias es sustento diario. Para muchas mujeres es independencia y liderazgo. Para nuestra diáspora es consuelo y vínculo emocional. Un salvadoreño lejos de su tierra encuentra en una pupusa algo más que alimento: encuentra pertenencia.

    En un mundo que compite por visibilidad, la pupusa puede ser nuestra carta más auténtica. Otros países han convertido sus platillos en bandera internacional. Nosotros tenemos una joya gastronómica que aún puede proyectarse con mayor fuerza como marca país. No se trata sólo de exportar comida, sino de exportar historia, identidad y experiencia.

    «Como artista y promotor cultural, creo profundamente que los pueblos se sostienen en sus símbolos vivos. La cultura no está únicamente en los escenarios; también está en el comal que reúne a la familia y a los amigos. Allí se conversa, se debate, se ríe y se sueña. Allí se construye comunidad».

    Francisco Figueroa

    Salvadoreño

    La pupusa es centro de poder cultural porque nos une sin discursos y nos representa sin necesidad de traducción. Es un lenguaje común que todos entendemos. Defenderla, dignificarla y proyectarla al mundo es defendernos a nosotros mismos.

    Quizá algún día comprendamos que en cada pupusa no sólo se cocina masa con queso o frijoles. Se cocina identidad. Se cocina memoria. Se cocina El Salvador.