Etiqueta: violencia sexual

  • La academia de violación antes de Internet: sumisión química en los 2000

    La academia de violación antes de Internet: sumisión química en los 2000

    Mi mamá siempre fue sabia. Casi una pitonisa. Sus facultades clarividentes eran casi infalibles. Pocas veces se equivocó en lo que decía. Lo malo es que incluso si se equivocaba, la verguiada no te la quitabas de encima. Bajo su régimen solo ella tenía la razón. Nadie más.

    Sus consejos -verbalizados en forma de amenaza, la mayoría de veces, o de advertencia- te daban herramientas para sobrevivir. No recuerdo cuántos años teníamos -ella y yo- cuando me advirtió que nunca aceptara la bebida de un hombre. Ni agua. Me contó que durante su juventud, los hombres drogaban a las mujeres para violarlas. Sinceramente, no recuerdo si ocupó el término “violación”, pero si que su explicación fue clara sobre lo que podría pasarme si aceptaba la bebida tanto de un extraño como de un conocido.

    De nuevo, mi mamá era casi una pitonisa. La primera vez que sospecho que alguien colocó algo en mi bebida fue para una fiesta del día del periodista. Era una fiesta organizada por colegas del periódico en el que trabajaba entonces. Era la segunda fiesta, organizada por compañeros y compañeras de ese trabajo, a la que yo asistí. En la primera me puse algo cabezona, bailé, sí que bailé. Y me divertí, sin mayor percance. En la segunda, después de tres tragos, terminé -auxiliada por tres amigas y colegas- vomitando en un baño del local donde se realizó el convivio. Me llevaron al vehículo del entonces editor de la sección judicial y me dejaron en el asiento del acompañante del conductor. Caí dormida. En un par de ocasiones, ellas fueron a preguntarme cómo me sentía y a monitorearme.

    Desperté cuando alguien arrancaba el motor. Un tipo que hasta donde recuerdo estudiaba derecho y trabajaba en la Corte de Cuentas. Él había buscado contacto visual conmigo durante toda la noche. La forma en que me miraba me hacía sentir incómoda. Al subirse al vehículo me dijo que fulano de tal estaba preocupado por mi situación y le había pedido que me llevara a una gasolinera para comprarme bebidas hidratantes. Yo apenas podía moverme. Intenté marcarle a una de mis amigas, quien además de ser colega, era mi roommate. No pude ni sostener bien el teléfono cuando cayó sobre el piso del vehículo y la batería se soltó. Era un Ericsson T28. En ese momento me percaté que sentía mi cuerpo muy pesado. Al sentirme vulnerable, empecé a llorar.

    A pesar de que perdía el conocimiento por tramos, cuando lo recuperaba, le pedía que parara o que regresáramos. A pesar de mi estado, reconocí la calle que sube del estadio Cuscatlán hacia la Texaco Loma Linda cuando detuvo la marcha. Reconocí esa calle porque había vivido en esa zona durante mucho tiempo. Recuerdo mi incapacidad física: no podía moverme. Nunca en la vida he sentido mi cuerpo tan pesado. Recuerdo cómo se acercó y comenzó a besarme en la boca: una de sus manos sostenía mi cuello, mientras la otra movía mi cachete derecho para tener mi rostro de frente. Y yo solo lloraba. También recuerdo cómo me percaté de que su teléfono no paraba de sonar. Le llamaba otro de los editores del periódico, quien supuestamente le había pedido llevarme a la gasolinera.

    Finalmente, ese hombre que me privó de mi libertad por un tiempo que nunca sabré cuantificar, arrancó de nuevo. Paró en la gasolinera, se bajó a comprar Gatorade y me lo dio de beber. También me dio agua. Me dijo que era importante que me hidratara. Ni eso podía hacer por mi misma: agarrar una de esas botellas plásticas y beber agua. Después de eso, volvió a besarme. Yo cerraba los labios. Tenía las mejillas llenas de lágrimas y los labios porque no paraba de llorar. Entonces me dijo algo así: “Estamos preocupados por tu situación, ya no llorés, todo saldrá bien”. Le pregunté a cuál situación se refería y le pedí por enésima vez que me regresara a la fiesta. Le recordé que él no me conocía para estar preocupado por mí. Le dije que mis amigas seguramente estaban preocupadas y que por eso su teléfono sonaba tanto.

    Decir que tenía miedo es poco: estaba petrificada, literalmente petrificada porque algo que pusieron en mi bebida me impedía movilizarme. Supongo que vomitar fue lo que me permitió tener claridad de pensamiento ante la situación, aunque en ese momento me costaba estar totalmente despierta: mis ojos se abrían y se cerraban. Se abrían y se cerraban: intermitentes como las luces del semáforo o mejor dicho como el movimiento suave de los cricos sobre un parabrisas mientras la lluvia es leve. Creo que mi única herramienta disponible era llorar y por eso no paraba de llorar.

    Cuando finalmente regresamos al local, ubicado sobre el Paseo General Escalón, la fiesta se había acabado. La única persona que estaba era el dueño del vehículo. Cuando este iba a dejarme a mi casa, seguí llorando. Le conté lo que pasó y guardó silencio. No dijo absolutamente nada. En mi cabeza, en ese momento, mi mecanismo de defensa era no parar de hablar y llorar. Sinceramente, tenía miedo de haber cambiado de agresor, pero sentí una gran paz cuando vi que me llevaba a mi casa. A la casa que entonces compartía con otras dos colegas. Recuerdo que al día siguiente, o el mismo día durante la tarde cuando le conté a una de ellas, me hizo sentir culpable: me dijo que si no sabía beber para qué bebía. Regañada quedé. La otra lo hizo chiste: –Un besito a nadie se le niega– me dijo.

    Pasé la resaca con una gran goma moral. Le conté lo sucedido a mi mejor amigo, quien estuvo un rato en esa fiesta y bebió la misma cantidad de tragos que yo, aunque claro no es lo mismo ser ladrillo seco que principante etílica. Él llegó a mi misma hipótesis: en mi bebida colocaron algo.

    A partir de esa experiencia, intenté ser más cautelosa. A la siguiente fiesta que asistí, en una casa de este mismo grupito (cualquiera se preguntará ¿y para qué fuiste?), llevé mis bebidas y no las descuidé: las andaba cargando en la bolsa de la gasolinera. Llevaba bebidas sin alcohol. Tenía claro que no podía confiar en esas personas, pero quería demostrarles que podía cuidarme sola. Siempre he creído que soy más lista, craso error. El tiempo te hace madurar y reflexionar: 20 años después de este suceso, sé que no debo demostrarle nada a otras personas ni intentar encajar con gente con la que no tengo nada en común, aunque parezca que sí tenemos algo en común, como ser periodistas. O ser feministas, por ejemplo.

    Sinceramente, creo que salí ilesa de milagro. Las anécdotas de colegas que habían amanecido en la cama de equis sin acordarse cómo habían llegado ahí y menos con esos hombres, me hacían reforzar mi hipótesis de que a las mujeres les colocaban algo en las bebidas para luego tener sexo — sin consentimiento—  con ellas. ¿Cómo vas a consentir el sexo si estás dormida? ¿Cómo consentiste el sexo si cuando te despertaste, lo primero que te preguntaste es cómo llegaste a esa cama, por qué estás sin ropa y te sorprende ver a ese hombre con quien nunca se te pasó la cabeza acostarte, dormido a la par tuya?

    El caso Pelicot

    Hoy tengo casi 52 años y lo que viví aquella noche tiene nombre y tiene larga data. No es una rareza ni una mala suerte individual. En el 2024, el caso de Gisèle Pelicot le mostró al mundo algo que mi mamá ya sabía cuando yo era niña: los hombres se organizan para esto. Se ponen de acuerdo, comparten técnicas para sedar a las mujeres y violarlas. El término es sumisión química. En esta época, crean grupos en plataformas virtuales (Dark Web, por ejemplo) e incluso en aplicaciones de mensajería para compartir esta información y donde se felicitan mutuamente. Lo que parecía el acto solitario de un hombre ha sido siempre, en realidad, un pacto entre ellos.

    Dominique Pelicot no actuó solo: reclutó a más de 70 hombres, la mayoría desconocidos, a través de un chat llamado «Sin su conocimiento». Cuando lo condenaron, mucha gente pensó que era el fin de esa red. Pero no lo era. Una investigación de CNN publicada en marzo de 2026 encontró que esas redes simplemente se mudaron: a Telegram, a sitios pornográficos, a grupos cifrados donde casi mil usuarios intercambiaban consejos sobre qué sedantes usar, en qué dosis, cómo no dejar rastro. Donde filmaban y transmitían en vivo las agresiones a sus parejas dormidas y cobraban por el acceso. Lo llamaron, sin pudor, una academia de violación.

    Los datos específicos de sumisión química prácticamente no existen porque es uno de los delitos más subregistrados. Las mujeres frecuentemente no saben que fueron drogadas, no se hacen pruebas a tiempo o no denuncian. Muchas veces ni saben que fueron violadas, como en el caso de Pelicot; sin embargo, en Inglaterra y Gales, la proporción de mujeres registradas como agredidas sexualmente mientras estaban inconscientes o dormidas aumentó del 21 al 23 % en la última década, de acuerdo con la investigación de CNN. Y eso es solo lo que se registra. Lo que no se registra tiene otra explicación: la complicidad. Rita Segato, antropóloga y feminista, lo explica con claridad en una entrevista publicada en El PAÍS: en un crimen sexual, la figura central no es la víctima, son los lazos entre el agresor y sus pares. Lo llama la “corporación masculina”.

    El hombre que esa noche me encerró en ese vehículo, aparentemente, no actuó solo. En sus palabras, alguien le «encargó» llevarme a la gasolinera para hidratarme. El dueño del vehículo tuvo que prestarle las llaves para que me llevara. Su teléfono no paraba de sonar, y cuando finalmente regresamos, el dueño del vehículo no dijo absolutamente nada. El silencio también es parte del pacto. La lealtad entre los miembros de la fratría, dice Segato, es lo que sostiene que el mundo no cambie. Y tiene razón: esa corporación existe desde antes de Internet. Existía cuando mi mamá era una adolescente. Existía en esas fiestas de periodistas a finales de los noventa e inicios del dos mil. La única diferencia es que ahora tiene grupos de Telegram, páginas de Facebook y sitios pornográficos donde se organizan, comparten videos y se enseñan mutuamente las técnicas.

    Segato también dice que los hombres tienen que desobedecer ese mandato, burlarse de él, desmontarlo. Que tienen que aprender a tener relaciones entre ellos más verdaderas, más vinculares. Que la reflexión y la palabra son lo que cambia al mundo. Puede que tenga razón. Pero mientras eso ocurre —si ocurre—, mi mamá nunca leyó a Segato y ya sabía exactamente de qué corporación me estaba advirtiendo. Me lo dijo cuando yo era una niña.

    Aquella noche, yo tenía 29 o 30 años y experimentaba mi libertad por primera vez. Era una adulta joven. Compartía casa con dos colegas. Era independiente. A las únicas fiestas que había asistido antes era a las de 15 años. Mientras estudiaba la carrera de periodismo y trabajaba, tuve alguna libertad: fui como cinco veces a una discoteca y a las fiestas navideñas de los lugares donde trabajé. Cuando me pasó esto, podía salir «sin pedir permiso», sin reportarme con nadie. Por vez primera pude ir a un cerro y dormir a la intemperie. Ir al cine, ir a bares, al teatro, a conocer otros municipios. Me volví bastante sociable porque quería encajar. Al final, en eso consiste ser parte de una sociedad, pero convivir bajo normas comunes siendo mujer significa para algunos hombres —no afirmaré que la mayoría, aunque creo que así es— que sos un objeto o un trozo de carne disponible a su antojo.

    Mi mamá nunca se ha nombrado feminista, pero siempre me describió las reglas del juego patriarcal y machista cuando sos mujer: me enseñó a ser independiente, a valerme por mí misma, a ser orgullosa y cautelosa. Desde temprana edad, aprendí la importancia de estudiar y ganarte tu propio dinero. Y que no podía ni debía confiar en los hombres. Sus herramientas para la vida me convirtieron en insumisa. O quizá, también, ya estaba en mi ADN.

    Lo que siempre lamenté y siempre me molestó es que se me educara para estar alerta, para tener cuidado, bajo la premisa de que era responsabilidad mía todo lo malo que pudiera ocurrirme, nunca era responsabilidad de los hombres. O por lo menos así lo interpreté: si te vestís así, si salís de noche, si aceptás una bebida, si le sonreís a ese hombre, si decís malas palabras, si te comportás de tal manera, te van a violar. Ah, y nadie te va a tomar en serio, van a hablar mal de vos –cierto–. La retahíla cerraba con: nadie se va a querer casar con vos –¡qué gran perdida, por la diosita!–.

    Esta vez quiero contar que no se equivocó con lo de las bebidas. De hecho, esta misma situación me volvió a pasar años después en una cena de cumpleaños. Esa vez nos colocaron algo en la bebida a mi roommate y a mí. Solo nos tomamos una cerveza cada una y estábamos noqueadas, pero mi organismo es tan sabio que se expresó nuevamente en forma de vómito y les aguó la fiesta a ese par de jóvenes que quisieron pasarse de listos con nosotras, bajo la complicidad de diez personas, en su mayoría hombres. También le ocurrió a una de las instructoras que tenía en la universidad cuando yo era docente a tiempo completo: un par de hombres se sentaron en la mesa que ella compartía con una amiga, le colocaron algo en la cerveza. Mientras esperaba que uno de sus hermanos fuera a recogerla, se encerró en el baño porque comenzó a sentirse mal. Me llamó para contarme todo y cómo se sentía: su cuerpo comenzaba a dormirse. Le recomendé vomitar. Seguimos conversando hasta que su hermano entró para auxiliarla.

  • ONU Mujeres fortalece investigación de violencia sexual en El Salvador

    ONU Mujeres fortalece investigación de violencia sexual en El Salvador

    La asistencia técnica de ONU Mujeres anunció un plan de apoyo a la capacidad de respuesta de la Fiscalía General de la República (FGR) de El Salvador frente a los delitos de violencia sexual, mediante la creación de herramientas especializadas orientadas a mejorar la investigación y la persecución penal. El avance se enmarca en la conmemoración del 8 de marzo y el llamado global “Derechos, justicia y acción para todas las mujeres y niñas”.

    El acompañamiento técnico incluyó la elaboración de un protocolo para la investigación y persecución penal de delitos de violencia sexual, así como un manual sobre la fundamentación jurídica y doctrinal de estos ilícitos. Ambos instrumentos buscan estandarizar prácticas, elevar la calidad técnica de los procedimientos y consolidar criterios claros para fortalecer la construcción de casos dentro del Ministerio Público.

    Durante el acto de presentación participaron el fiscal general de la República, Rodolfo Delgado; la fiscal adjunta para la Mujer, Niñez, Adolescencia y Grupos Vulnerables, Marina de Ortega; y la representante de ONU Mujeres en El Salvador, Lourdes González-Prieto. Las autoridades destacaron que estas herramientas contribuirán a garantizar investigaciones más rigurosas, una mejor coordinación entre fiscales y la reducción de riesgos de revictimización en los procesos penales.

    El proceso de elaboración incluyó revisión documental, análisis jurídico y jurisprudencial, así como la incorporación de buenas prácticas y consultas con personal fiscal y otros actores del sistema de justicia. Según se explicó, el contenido fue adaptado a la realidad operativa de los territorios y a los desafíos cotidianos en la investigación y litigio de casos de violencia sexual.

    El nuevo protocolo establece un marco común de actuación para orientar la labor investigativa, mientras que el manual refuerza la argumentación jurídica en tribunales, consolidando un enfoque de derechos humanos y debida diligencia. Con esta iniciativa, ONU Mujeres y las instituciones estatales buscan fortalecer el acceso a la justicia para mujeres y niñas, en un contexto donde la violencia de género continúa siendo un desafío estructural en el país.

     

  • ONU reporta más de 8,100 asesinatos en Haití durante 2025

    ONU reporta más de 8,100 asesinatos en Haití durante 2025

    Más de 8,100 personas fueron asesinadas en Haití entre enero y noviembre de 2025, según un informe de la Oficina Integrada de las Naciones Unidas en Haití (BINUH), el cual advierte que la cifra real podría ser mayor debido al acceso limitado a zonas controladas por bandas armadas.

    La violencia se ha intensificado en zonas urbanas y periféricas, donde las pandillas operan con armas de alto calibre y ejecutan ataques coordinados. Además, la expansión de estos grupos más allá de Puerto Príncipe ha deteriorado aún más el control del Estado, obstaculizando rutas humanitarias y comerciales clave.

    Entre septiembre y noviembre de 2025, el país registró 1,991 víctimas de homicidio, incluidas 142 mujeres, 12 niñas y 44 niños, lo que representa una reducción del 6.2 % en comparación con el trimestre anterior. No obstante, los asesinatos se incrementaron en zonas fuera de la capital, especialmente en los departamentos de Artibonite y Centro, donde se reportaron 1,916 homicidios, frente a los 1,050 del mismo período en 2024.

    La Policía Nacional de Haití, con apoyo de las Fuerzas Armadas y unidades internacionales de represión contra pandillas, lanzó operativos en el área metropolitana de Puerto Príncipe y sectores clave de Artibonite, logrando reabrir varias carreteras estratégicas.

    Un integrante de la Policía Nacional de Haití (PNH) patrulla tras el ataque de una pandilla, en Kenscoff, Haití. EFE

    Pandillas imponen el terror

    El informe denuncia que los asesinatos voluntarios se dirigen contra personas sospechosas de colaborar con la policía o resistirse al control de las pandillas. La violencia sexual, principalmente contra mujeres y niñas, ha sido utilizada como táctica de castigo.

    Además, las bandas continúan con secuestros, extorsiones y destrucción de propiedades, lo que limita el acceso a servicios básicos como salud y educación y profundiza la inseguridad alimentaria y la crisis económica. La trata de niños también ha aumentado, utilizándolos en tareas logísticas y ataques armados.

    El representante especial del secretario general de la ONU en Haití, Carlos Ruiz Massieu, advirtió que 2026 debe ser un punto de inflexión.

    “Es imperativo que los actores nacionales dejen de lado sus diferencias y se enfoquen en organizar elecciones creíbles. El país no tiene más tiempo que perder en luchas internas prolongadas”, afirmó ante el Consejo de Seguridad.

    Ruiz Massieu instó a autoridades, partidos políticos, sociedad civil, sector privado y líderes comunitarios a actuar con responsabilidad y priorizar el interés nacional.

    Actualmente, cerca de 6.4 millones de personas en Haití requieren ayuda humanitaria, lo que sitúa al país entre los más golpeados por la crisis en toda la región.

    “El período que se avecina es crucial para Haití. El manejo del calendario político, el apoyo a la estabilización y la atención de las urgencias humanitarias determinarán si el país logra avanzar hacia un funcionamiento institucional normal”, concluyó el funcionario de la ONU.

     

  • ONU: al menos 1,247 personas fueron asesinadas entre 1 julio y 30 de septiembre en Haití

    ONU: al menos 1,247 personas fueron asesinadas entre 1 julio y 30 de septiembre en Haití

    Al menos 1.247 personas fueron asesinadas y 710 heridas en Haití, entre el 1 de julio y el 30 de septiembre de 2025 a raíz de la violencia de las bandas, los grupos de autodefensa y miembros no organizados de la población, reveló un informe de la Oficina Integrada de las Naciones Unidas en el país (Binuh), publicado este martes.

    El 30 % de las víctimas fueron a causa de las bandas armadas, el 9 % de los grupos de autodefensa y de miembros de la población y el 61 % de operaciones de las fuerzas de seguridad contra las bandas. Los hombres representan el 83 % de las víctimas, las mujeres el 14 % y los niños el 3 %, según el documento.

    Las bandas no han podido avanzar en la capital e incluso han sido expulsadas de barrios como Delmas 19 y la Route de l’Aéroport (Delmas) y el centro de Puerto Príncipe, aseguró el informe.

    La Binuh advirtió, sin embargo, que se observa una expansión de la violencia de las bandas hacia las zonas periféricas y rurales de la capital y hacia los departamentos de Artibonite y del Centro, mientras que la violencia sexual y la trata de niños (incluido el reclutamiento y la explotación) siguen siendo utilizados por las bandas para someter a los residentes que viven en las zonas bajo su control.

    De hecho, durante ese período 39 miembros de la población murieron o resultaron heridos por ataques con drones, mientras que 78 ejecuciones extrajudiciales sumarias o arbitrarias habrían sido cometidas por policías y una sería atribuida al comisario del gobierno de Miragoâne.

    Al menos 8 miembros de las fuerzas de seguridad murieron y otros 17 resultaron heridos durante las operaciones.

    Además, al menos 1.400.000 personas se encontraban desplazadas en Haití al 30 de septiembre. A esto hay que añadir al menos 145 secuestros para obtener rescate y 400 víctimas de violencia sexual.

    «La violencia sexual perpetrada por bandas armadas sigue siendo alarmante. La mayoría de estos actos de violencia son violaciones colectivas, a menudo cometidas durante allanamientos de viviendas o cuando las víctimas se desplazan por la calle», denunció la ONU.

    Esta violencia sexual, a menudo utilizada con fines de explotación o castigo, tiene consecuencias físicas, psicológicas, económicas y sociales desastrosas para las sobrevivientes y sus familias.

    La trata de niños por parte de las bandas con fines de explotación y participación en actividades delictivas sigue siendo especialmente preocupante, alimentada por la pobreza, la exclusión social y la gobernanza delictiva ejercida por las bandas en los barrios bajo su control.

    «En este contexto de violencia armada, la población sigue enfrentándose a graves obstáculos para acceder a los servicios básicos, mientras que los ataques de las bandas contra viviendas, infraestructuras públicas y otros edificios siguen provocando desplazamientos masivos», agregó el informe.

    La ONU recomendó al Gobierno haitiano reforzar la coherencia y la eficacia de las fuerzas de seguridad nacionales en su lucha contra las bandas armadas.

    A la comunidad internacional, la instancia planteó mantener a Haití en la agenda y proporcionar el apoyo financiero y humano adecuado para garantizar el despliegue completo de la Fuerza de Represión de las Bandas (FRG), tal y como autoriza la Resolución 2793 del Consejo de Seguridad del 30 de septiembre de 2025, de conformidad con las normas y estándares en materia de derechos humanos.

  • El condenado por violar a Giséle Pelicot que buscó apelación recibe un incremento en su pena

    El condenado por violar a Giséle Pelicot que buscó apelación recibe un incremento en su pena

    Un tribunal de la ciudad de Nimes, en el sur de Francia, condenó a diez años de prisión a Husamettin Dogan, implicado en la serie de violaciones múltiples sufridas por Gisèle Pelicot, y que fueron organizadas por su propio esposo, Dominique Pelicot.

    Dogan, de 44 años, apeló una condena previa de nueve años impuesta en diciembre de 2024, en el primer juicio que resultó en más de 50 personas condenadas por estos hechos. Alegó haber sido “engañado” por el marido de la víctima, a quien describió como un “manipulador”, asegurando que creía que existía consentimiento.

     

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    Sin embargo, durante la audiencia celebrada esta semana, el fiscal Dominique Sié rechazó tajantemente esa versión. “Por supuesto que Gisèle Pelicot no lo consentía”, declaró, y subrayó que Dogan es plenamente responsable de la violación agravada cometida en junio de 2019 en Mazan, al sur del país.

    La Fiscalía recordó que en los vídeos presentados como prueba, la mujer aparece completamente inmóvil, y tanto los expertos como otros procesados coincidieron en que no hubo consentimiento. Por ello, la Fiscalía pidió una pena de 13 años de cárcel, la misma que en el juicio anterior, aunque finalmente el tribunal le impuso diez años.

    Durante su testimonio, la propia víctima enfrentó a Dogan y lo cuestionó por intentar mostrarse como víctima. “¿Víctima de qué? La única víctima en esta sala soy yo. Asume la responsabilidad de tus actos y deja de escudarte en tu cobardía”, afirmó Gisèle Pelicot.

    El caso ha causado conmoción en Francia no solo por la cantidad de personas involucradas —más de medio centenar—, sino por la brutalidad de los hechos y el papel central que jugó el esposo de la víctima al facilitar los abusos.

     

     

  • Al menos 1,500 personas fueron asesinadas en Haití entre abril y junio, según la ONU

    Al menos 1,500 personas fueron asesinadas en Haití entre abril y junio, según la ONU

    La violencia armada en Haití se intensificó durante el segundo trimestre de 2025, dejando un saldo de 1,520 personas asesinadas y 609 heridas, según un informe divulgado este viernes por la Oficina Integrada de las Naciones Unidas en Haití (Binuh). La mayoría de los crímenes ocurrieron en la zona metropolitana de Puerto Príncipe, y fueron perpetrados por bandas criminales, agravando aún más la crisis humanitaria en Haití.

    La jefa interina de la Binuh, Ulrika Richardson, calificó de “extremadamente preocupante” la situación de los derechos humanos en Haití, advirtiendo que la violencia está generando desplazamientos masivos, afectando especialmente a mujeres y niños.

    Las pandillas han extendido sus ataques fuera de la capital, incursionando en zonas como el departamento del Centro y Bajo Artibonite. Aunque se ha observado una leve ralentización del avance criminal en Puerto Príncipe, municipios como Kenscoff continúan bajo alta tensión.

    El informe de la ONU documenta 185 secuestros y 628 casos de violencia sexual entre el 1 de abril y el 30 de junio, incluyendo hechos de esclavitud sexual, trata de personas y abuso infantil.

    Las bandas armadas en Haití continúan utilizando el terror para ejercer control, recurriendo a asesinatos, violaciones múltiples y secuestros. De acuerdo con el documento, 64 % de las víctimas murieron o resultaron heridas durante operativos de seguridad, muchos mediante ataques con drones explosivos.

    Ejecuciones extrajudiciales y víctimas civiles

    Al menos 15 % de las víctimas eran civiles, ajenos a cualquier vínculo con pandillas, que murieron en la vía pública o en sus viviendas. También se reporta la muerte de cuatro agentes de seguridad durante intervenciones contra grupos criminales.

    El informe señala 73 ejecuciones extrajudiciales atribuidas a elementos de la Policía Nacional Haitiana y al comisario del Gobierno de Miragoâne. Asimismo, el 12 % de los homicidios se relacionan con actos violentos de grupos de autodefensa, como el movimiento “Bwa Kalé”, que opera contra supuestos pandilleros o colaboradores.

    La violencia de pandillas en Haití ha provocado un nuevo éxodo interno. Al 30 de junio de 2025, más de 1,300,000 personas estaban desplazadas en el país, donde viven aproximadamente once millones de habitantes. Esta cifra evidencia la profundización de la crisis humanitaria haitiana.

    La ONU llamó al Gobierno de Haití a intensificar los esfuerzos contra el crimen organizado y garantizar el respeto a los derechos humanos en las acciones de seguridad. También pidió acelerar la creación de tribunales especializados, depurar los antecedentes de los cuerpos policiales y brindar protección urgente a la población civil.

    La Oficina Integrada de la ONU en Haití urgió a la comunidad internacional a respaldar el despliegue total de la Misión Multinacional de Apoyo a la Seguridad, encabezada por Kenia, y a combatir el tráfico de armas que alimenta el poder de las bandas armadas.