—¡Don Tancho, tóquese otra canción! Una de esas que nos hace llorar…
—Fonchito, serví (servite en buen salvadoreño) otro trago, otro roncito rico y dulzón, bien cargadito reía el pirinjuín.
Las cuerdas del violín vibraban bajo los dedos callosos de don Tancho, un viejo campesino con el rostro curtido por el sol, arrugas en las arrugas, con sonrisas anchas y sinceras dejando ver una trompa desdentada. Su sombrero de ala ancha, manchado de sudor y tierra, olía tan mal que parecía tener vida propia. Pero aquel hombre era libre. Miserable, sí, pero libre como nadie.
Alguna vez —me contó alguien, o lo leí en algún lado— Janis Joplin dijo que la libertad absoluta era vivir sin posesiones. Si eso era cierto, don Tancho era el más libre de los humanos. Y yo, sin quererlo, lo envidiaba.
Aquel viejo era el velador de la unidad de salud de San Sebastián, ese pueblo de telares en el corazón de San Vicente. Durante mi año de servicio social, último año de universidad previo a la entrega del título, compartimos muchas noches de charla, ron y música. Yo era el director de la unidad; él, mi compañero silencioso, mi guardián nocturno. Las noches en aquel pueblo eran cálidas y solitarias, noches estrelladas y silenciosas, interrumpidas esporádicamente por momentos de batalla entre los ejércitos en pugna.
Me encontraba en San Sebastián, tierra liberada por la guerrilla, por supuesto con excepción del pueblo, donde su servidor era el director de la unidad de salud. La ciudad pintoresca me recibió allá por el año de 1986, mi primera noche la recuerdo como que fue ayer. La habitación donde dormía olía a humedad. Tenía paredes blancas, ventanas verdes de madera y quedaba junto a la sala de vacunas. Esta se encontraba a la orilla de la calle. Con dos camas antiguas de hospital, desvencijadas las dos y con colchones con centro vencido, que atestiguaban una depresión permanente, mientras los bordes se sienten flacos, sin carácter. El dolor de espalda con el que amanecía cada mañana era el preámbulo diario del café de palo y de la tortilla con huevo. Me tiré al suelo boca abajo cuando los primeros disparos de metralleta se escucharon rebotando en las calles. Bienvenido a San Sebastián: tierra rodeada por la guerrilla, aunque el pueblo mismo seguía bajo el mando de la benemérita Guardia Nacional.
Esa noche me acompañaba un colega de Chalchuapa. Al amanecer se largó sin mirar atrás, jurando no volver jamás.
Así empezó mi año social, el último antes del ansiado título. Diez años de universidad atravesados por huelgas, cierres y un país en guerra. Ser universitario en esa época era vivir con la muerte al acecho. No había familia que no cargara una herida abierta. En mi caso, el cuñado desaparecido: nunca apareció. Nunca enterrado, por la ausencia de un cuerpo, nos dejó un luto eterno, irresuelto y angustiante.
Aun así, perseveré. Corría de mis clases de química a los alumnos de último año de bachillerato en el Externado de San José, mi amado colegio, para alcanzar las prácticas en la facultad o los turnos de noche en la Clínica Zaldívar o la Policlínica Salvadoreña, donde trabajaba de ayudante de sala de operaciones e interno de noche, para llegar a la facultad o al hospital. O salir de turno de la unidad de patología, con el famoso Chico Pipa (Dr. Francisco Velasquez), uno de los mejores patólogos de la historia de la medicina de El Salvador, y de mis mejores maestros, incomprendido por una sociedad narcótica y desquiciante, que nunca lo dejo ser. Dormía poco, comía mal, pero seguía. El título era mi destino.
Recuerdo subiendo los seis pisos del Hospital Bloom, jadeando, solo para no llegar tarde a la visita médica. Todo parecía una escuela militar disfrazada de universidad. Y yo, tercamente, seguía.
Mientras tanto, don Tancho seguía tocando su violín.
Sus notas llenaban la noche, quebrando el silencio de aquel pueblo sitiado, recordándome que incluso en medio del miedo, la libertad —la verdadera— podía caber en un sombrero viejo y un violín desafinado.

Deja una respuesta