Muy atinadas han resultado las críticas hechas al evento recién celebrado por Nayib Bukele, el cual se realizó el pasado lunes 19 de enero dentro de un Palacio Nacional cuya estructura –parafraseando al historiador Carlos Cañas Dinarte– la intervinieron de manera agresiva para adecuarla al “gusto” de quien, inconstitucionalmente, tomaría posesión de la Presidencia de la República el primer día de junio del 2024. Meses después, en diciembre, se supo que sus instalaciones fueron alquiladas para la pomposa celebración de una boda; ahora las ocuparon para montar una nueva pantomima oficialista llena de comparsas nacionales y extranjeras, algunas de dudosa reputación: el muy publicitado Desayuno Nacional de Oración por el Salvador, organizado por primera vez en nuestro país.
De los reparos conocidos por su realización destaca el de Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero perteneciente a la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Ese mañanero banquete tuvo que tragárselo, mediante una insufrible cadena nacional nocturna de radio y televisión, un país cuyas mayorías populares –en palabras de Rodolfo, que obviamente secundo– “no tienen con qué hacer los tres tiempos”. ¿Qué cantidad de nuestra población no habrá podido cenar esa noche, en medio de las tinieblas de la precariedad y para colmo sufriendo tan insultante ostentación? Por ello, asegura este jesuita, el tan mentado desayuno cargado de hipocresía “se parece a la oración del fariseo”.
Hay una censura más, también hecha por otro religioso: el padre Juan Vicente Chopín. “Si la casta política organiza un día de oración –sostiene– y su iniciativa es sincera, lo único que pueden pedir a Dios es que le permita cumplir a cabalidad la Ley civil. Si los políticos no hacen esa petición a Dios y, además, en su praxis política no respetan la ley entonces su oración es falsa”. El ejercicio gubernamental actual, empezando por su inconstitucionalidad, encaja cabalmente en lo segundo.
Estas opiniones coincidentes no deberían ni extrañar ni molestar a nadie, excepto a quienes por conveniencia aplauden a su cada vez más “semidiós” a ojos cerrados y con la mano extendida. Pero también a muchas de las personas que antes sufrían por el azote de la violencia de las maras, mientras sobrevivían en medio de la exclusión y la desigualdad en las que aún permanecen aunque ya sin el accionar delictivo de esos grupos criminales que provocaron tanta sangre y dolor. El tamaño del mal padecido por esta población es proporcionalmente directo a la gratitud por su superación; de ahí que, si usted le habla de las violaciones al Estado de derecho que se han cometido y se están cometiendo, no logrará conectarla con ese discurso y mucho menos que se insurreccione; lo hará cuando le duela aún más su estómago deshecho, por un ayuno injusta y estructuralmente generado.
Pero, retomando la puesta en escena referida al inicio de estas líneas, la superación de la violencia pandilleril no debe asociarse con un “milagro” como lo manifestaron durante la misma Bukele y un par de congresistas gringos que participaron en la actividad sin darse cuenta ‒espero‒ del montón de vivianes que los rodeaban. Es amplísimamente conocido, dentro y fuera de El Salvador, lo que está a la base de la alardeada “guerra contra las maras”: una negociación al inicio oculta que, según aseguran fuentes que no han sido certera y contundentemente desmentidas, arrancó desde hace más de una década. Esta se desmoronó a finales de marzo del 2022 y dio paso al régimen de excepción que, como ocurrió en los tiempos más aflictivos transitados en el país durante la dictadura militar del siglo pasado, se prorroga y prorroga.
Eso no tiene nada de sobrenatural. Al contrario. De forma más que mundana y tramposa, era indispensable saltarse la separación de poderes y controlar todo el aparato estatal. Los órganos Legislativo y Judicial, el Ministerio Público, la Corte de Cuentas, las municipalidades, el Tribunal Supremo Electoral, el Instituto de Acceso a la Información Pública y el Tribunal de Ética Gubernamental. ¡Todo! Y así pasó. Para ello, hubo que contar con la contribución decisiva de un anuente “alto mando” de las maras y el voto de sus tropas en las urnas.
Por eso, a quienes desde el púlpito que ocupan le aplauden al poder y además se atiborran con las viandas que ‒pagadas con nuestros impuestos‒ desayunan en lujosas mesas, el pastor Mario Vega les advierte que la Iglesia “puede orar por las autoridades, pero no debe bendecir la mentira”; “puede agradecer los bienes comunes, pero no debe callar los abusos”. “Al César lo que es del César”, indicó Jesús; pues habrá que meterle ganas para que podamos un día decirle a aquel “y adiós… ¡que te vaya bien!”.

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