Lo que el hurto de vehículos revela sobre nuestra Sociedad

Desde el enfoque de la criminología clínica y ambiental, el hurto de vehículos y motocicletas no es considerado legalmente solo como un delito contra el patrimonio. En realidad, es un termómetro de una parte minoritaria de la sociedad y un indicador de la sofisticación de los mercados ilícitos. Cuando una motocicleta desaparece en una calle del gran San Salvador, no solo estamos ante un individuo perdiendo su herramienta de trabajo y quizás pagando un crédito aún; estamos ante una cadena de fallos sistémicos. El vehículo es la materia prima perfecta: es móvil, tiene un alto valor de reventa en piezas y, sobre todo, posee una funcionalidad operativa para el crimen organizado y de alta demanda en la sociedad desde la pandemia por el Covid-19

En criminología, el hurto de vehículos suele responder a la Teoría de las Actividades Rutinarias. Para que ocurra, se necesitan tres elementos: un infractor motivado, un objetivo alcanzable (posible victima) y la ausencia de un guardián capaz.

Sin embargo, en el contexto de nuestra sociedad, este delito representa algo más profundo:

La infraestructura del delito: El hurto alimenta «deshuesaderos» ilegales que funcionan a plena vista, lo que sugiere una normalización de la economía informal criminal. Los famosos «topeteros» que compran y venden partes hurtadas o robadas

Logística de movilidad: Muchas veces, el vehículo hurtado es el medio para cometer delitos de mayor impacto (homicidios o extorsiones), garantizando el anonimato y la huida rápida. Pablo Escobar puso de moda las motocicletas en los delitos.
Desafío al control territorial: La frecuencia de estos hechos en zonas específicas representa un desafío para las autoridades.

El desmantelamiento de bandas por el gabinete de seguridad ampliado

La semana anterior hemos visto operaciones contundentes contra bandas dedicadas al hurto y desmantelamiento en al menos tres distritos del gran San Salvador. Desde la seguridad pública, estos operativos representan un punto de inflexión necesario, pero que debe analizarse con cautela profesional. El desmantelamiento de una banda en El Salvador hoy significa tres cosas fundamentales:

Ruptura de la cadena de suministro: No basta con capturar al que se lleva la moto. El éxito real radica en desarticular al receptador (quien compra lo robado) y al distribuidor de piezas. Al golpear la logística, se asfixia el incentivo económico del delito. Lo cual ha sido anunciado por el señor Fiscal General de la República Rodolfo Delgado Montes de manera categórica y contundente.

Recuperación del espacio público: Estas capturas envían un mensaje de disuasión focalizada. El gabinete de seguridad ampliado reafirma que no existen «zonas de sacrificio» donde el crimen puede operar con impunidad burocrática.
Inteligencia criminal sobre fuerza bruta: Los operativos exitosos demuestran que la policía y la FGR además de reaccionar desarrollan investigación proactiva, utilizando análisis de datos para identificar patrones y nodos críticos de las redes criminales. Un trabajo altamente especializado y de estrecha coordinación.

El hurto de vehículos es la manifestación de una sociedad donde el orden legal compite con un mercado negro que intenta ser eficiente. Cada banda desarticulada es una victoria, pero el verdadero reto criminológico es reducir la demanda. Mientras exista un ciudadano dispuesto a comprar un repuesto de dudosa procedencia por ahorrarse unos dólares o revender, la estructura criminal encontrará la forma de regenerarse. La seguridad pública tiene grandes e innegables avances, pero el combate continua, las instituciones están activas y coordinadas.

*Por Ricardo Sosa  / Doctor y máster en Criminología  /  @jricardososa 

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