Un país no se mide solo por sus carreteras, sus edificios o sus estadísticas económicas. Se mide también por lo que lee, por cómo piensa y por cuánto ama la palabra escrita. La lectura no es un lujo ni un adorno cultural: es una forma silenciosa de formar ciudadanos libres, críticos y esperanzados.
Lo he pensado muchas veces, y lo he dicho más de una vez en voz alta: sembrar lectores es sembrar futuro. Y todo futuro necesita tierra fértil.
La escuela: donde nace la curiosidad
La escuela debería ser el primer lugar donde un niño descubre que leer puede ser un acto gozoso. No solo un requisito para aprobar exámenes, sino una puerta abierta a otros mundos, otras vidas y otras preguntas.
Cuando un maestro enseña con pasión, el libro deja de ser un objeto pesado y se convierte en una invitación. Una clase de literatura no debería oler a aburrimiento, sino a curiosidad. Debería ser un espacio donde se conversa, se imagina, se discrepa y se crece.
Yo, Alfredo, recuerdo a algunos docentes que no solo explicaban un texto, sino que lo sentían al explicarlo. Su entusiasmo era contagioso. Y esa chispa, aunque uno no lo note en el momento, queda guardada. La lectura sembrada en la escuela puede tardar años en florecer, pero florece.
Me sentí invitado a estudiar Literatura en la universidad al ver cómo varios de mis maestros de secundaria y bachillerato disfrutaban el placer de la lectura y cómo nos la exponían, mostrándonos distintos géneros y autores por épocas, que me hacían vibrar y llenaban mi mente. Por eso tuve un desempeño fecundo como director Creativo publicitario durante 20 años y, luego, como docente y posteriormente catedrático universitario; me deleitaba enseñando literatura con verdadera pasión.
Y también soy escritor; no solo escribo narrativa de ficción, sino textos empresariales, artículos para revistas, memorias de labores, contenidos para LinkedIn e incluso discursos para líderes empresariales dentro y fuera de mi país. Escribo con verdadera pasión.
El hogar: la primera biblioteca
Pero la escuela no camina sola. El hogar es la primera biblioteca, aunque no tenga grandes estantes ni colecciones completas. Basta con que un padre lea con atención un libro o un escrito edificante e incluso religioso, como lectura de reflexión cristiana diaria, o que una madre comparta un tema interesante, o que la familia converse en la mesa sobre una noticia de su comunidad. Esos pequeños momentos también forman lectores.
No se trata de tener muchos libros, sino de dar ejemplo. Cuando los jóvenes ven que leer forma parte de la vida diaria, entienden que no es castigo ni obligación, sino hábito natural.
En mi experiencia como escritor y consultor en redacción estratégica, he comprobado algo sencillo: las familias que conversan sobre lo que leen desarrollan hijos más reflexivos y seguros. Leer en casa es también una forma de escucharse. Y escuchar es el primer paso para comprender.
El maestro inspira, no impone
Un buen maestro no solo enseña a leer: inspira a leer mejor. Recomienda libros que dialogan con la realidad del estudiante, propone preguntas abiertas, anima a escribir y a pensar con libertad.
Cuando la lectura se convierte en pura rutina, pierde su magia. Pero cuando un docente la transforma en descubrimiento, el libro se vuelve compañero de viaje. La educación no consiste solo en transmitir datos, sino en despertar el deseo de aprender. Y la literatura, bien presentada, despierta ese deseo.
Comunidad, fe y lectura
En un país como El Salvador, donde la comunidad y la fe tienen un peso profundo, los líderes comunitarios y religiosos también pueden ser promotores de lectura. Recomendar un libro, contar una historia con valores, abrir espacios de reflexión… todo eso forma lectores.
La fe y los libros no compiten; se acompañan. La palabra escrita ayuda a pensar, a discernir y a fortalecer la identidad. Leer puede ser también un acto de crecimiento espiritual.
He visto cómo en pequeños grupos de lectura se generan conversaciones profundas, más acercamiento en las relaciones interpersonales y nuevas perspectivas de vida. Cuando una comunidad lee, también se transforma.
Un ejemplo cercano: Cuentos de barro
Nuestra propia literatura nos ofrece ejemplos poderosos. Cuentos de barro, de Salarrué, no es un libro complicado ni distante. Es una colección de relatos breves que retratan la vida rural salvadoreña, con su pobreza, sus supersticiones, su ternura y su dolor.
En esas páginas encontramos personajes humildes, campesinos, niños, madres, hombres marcados por la injusticia y la esperanza. Salarrué utiliza un lenguaje sencillo, cercano al habla popular. Y allí está su grandeza: convierte lo cotidiano en literatura.
Cuando un joven lee Cuentos de barro, no solo aprende vocabulario. Aprende a mirar su propio país con otros ojos. Aprende que detrás de cada rostro hay una historia. Aprende a respetar la dignidad humana.
Ese tipo de lectura forma sensibilidad. Y una sociedad sensible es menos violenta, más consciente y más justa.
La lectura es un derecho
Leer no debe ser privilegio de pocos. Es un derecho. Necesitamos más bibliotecas, más ferias del libro, más espacios culturales vivos. Pero también necesitamos voluntad.
El verdadero problema no es solo la falta de libros, sino la indiferencia hacia ellos. Leer nos enseña a pensar, a cuestionar, a no dejarnos engañar con facilidad. Educar para leer es educar para vivir mejor.
Sembrar lectores hoy es cosechar ciudadanos conscientes mañana.
Epílogo: una semilla pequeña
Quizá alguien piense que leer no cambia nada. Pero sí cambia. Cambia a la persona que abre el libro. Y esa persona puede cambiar su entorno.
A veces todo comienza con una historia breve, con un cuento leído en voz alta, con un maestro que recomienda una novela, con un padre que dedica diez minutos a leer junto a su hijo la meditación religiosa del día.
Como dice el libro de Proverbios: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6). Sembrar lectores es sembrar esperanza. Y toda esperanza comienza con una página abierta.
•Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.
alfredocaballero.consultor@gmail.com

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