“A las dictaduras les pasa lo que a las bicicletas; si se paran, se caen”. Esta frase es de Antonio Maura, político español; luego fue retomada por la escritora y periodista de la misma nacionalidad conocida como Maruja Torres. También se asegura que la citó Camilo Torres, el “cura guerrillero” muerto en combate hace 60 años. Para traducir la mentada expresión a lo concreto, tenemos que los sistemas despóticos deben mantenerse en movilidad constante a fin de prolongar el proceso autoritario de sometimiento de sus pueblos. Pero la fuerza bruta no posee la exclusividad dentro de dicha dinámica; además puede concretarse ‒entre otros malabares‒ mediante la extrema publicidad alrededor de un “líder fuerte y carismático”, el montaje de obras monumentales y el espectáculo oficialista pagado o gratuito. Esto se ha visto a lo largo de la historia de la humanidad y también es parte de la salvadoreña.
La creación del Ministerio de Ilustración Pública y Propaganda le sirvió a Hitler para manipular la opinión del pueblo alemán y consumar el Holocausto. Entre los proyectos arquitectónicos más destacados erigidos durante la terrible época del nacionalsocialismo están el Estadio Olímpico de Berlín, originalmente capaz de albergar a más de cien mil personas, y el complejo turístico conocido como el “Coloso de Prora” que fue edificado en la Isla de Rügen y en el que perfectamente se podían acomodar veinte mil huéspedes; súmese a lo anterior los pomposos conciertos organizado para festejar los cumpleaños del Führer, entre otros motivos, no obstante la digna negativa del excelso Pablo Casals cuando fue invitado a dirigir para este en 1933 y en 1943.
“La propaganda en el fascismo ‒sostiene la costarricense Lidia Salas Chavarría‒ se constituyó en un instrumento de poder y alcanzó penetrar en los sentimientos de las masas. La combinación del arte, la estrategia, el lenguaje, la retórica, fue fundamental para el sometimiento y doblegación de las personas y masas en el desarrollo del fascismo italiano. Cada detalle fue dirigido conscientemente con el fin de impactar a la población y convertirla en la estructura ideal para ejercer el dominio y el poder del Duce en el desarrollo del fascismo italiano”. ¿Y qué decir del culto a la personalidad en la China de Mao, en la Unión de Repúblicas Socialista Soviéticas de Stalin y en la Corea del Norte de la dinastía Kim.
Acá también hay historias relacionadas que contar y considerar. El dictador del siglo pasado, general de brigada Maximiliano Hernández Martínez, hizo lo suyo. Mandó construir el Estadio “Flor Blanca”, que inauguró en 1935 con los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Las labores destinadas a contar con esta obra imponente en aquella época arrancaron en 1932, tras la matanza de población indígena y campesina perpetrada principalmente por el ejército en enero del mismo año. en medio de una propaganda ‒masiva y penetrante‒ lanzada por el entonces estrenado etnocida; la misma estaba centrada principalmente en la amenaza de un “peligroso” y “terrible” enemigo externo e interno: el comunismo.
Héctor Lindo, reconocido historiador y apreciado amigo, comenta que Hernández Martínez impulsó aquel evento deportivo “para obtener el mayor provecho político posible”. “Los juegos ‒resaltó‒ sirvieron para distraer a la población y dar visibilidad internacional al régimen”. Además, dos de los artistas mexicanos más connotados de la época en América Latina –Agustín Lara y Pedro Vargas– se presentaron en el Teatro Principal cuyas instalaciones fueron abarrotadas. Y remata Héctor con este cierre: “Según decía la propaganda, los Juegos y los populares cantantes atrajeron turismo de toda Centroamérica”.
Así, pues, con el paso del tiempo se cumplió casi el medio siglo exacto hasta que inició el conflicto armado interno en enero de 1981. En esos años, de la dictadura personalista de Hernández Martínez el país pasó a la sistémica plagada de golpes de Estado, regímenes cívico militares, elecciones amañadas y fraudes electorales para culminarla hasta 1982 ‒ya en plena guerra‒ con el final de la tercera Junta “revolucionaria” de Gobierno. Luego se terminó el conflicto armado. No es cierto que los acuerdos firmados para ello eran malos; malos y hasta maletas fueron quienes los firmaron y no los cumplieron a cabalidad. Por eso ahora tenemos la incesante propaganda sobre “el país más seguro del hemisferio occidental”, el miedo a hablar mal ‒en voz alta‒ sobre el Gobierno que la promueve y el “agradecimiento” al que lo encabeza.
Con el paso reciente de la famosa artista colombiana tras su “residencia” acá ‒temporal y obviamente muy, muy redituable‒ junto a todo lo que eso implica, militarización de su entorno incluida, propondré que “shakyrear” se registre como un nuevo verbo… al menos en El Salvador. Y cuidado: deberá seguir pedaleando la bicicleta hasta donde pueda para no caerse.

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