“A perro flaco, todo son pulgas”, dice el refrán, que quiere significar que cuando los problemas abundan, siempre aparecen más. El mundo intelectual ya estaba enredado y, para colmo, irrupción la inteligencia artificial. No estoy en contra del desarrollo tecnológico, pero pienso que no podemos ser ingenuos ante su potencial.
En la historia de la filosofía se considera que estamos en la postmodernidad, época descrita por Gianni Vattimo como la época del “pensamiento débil”. Llevamos algunos años en los que se ha buscado debilitar los fundamentos absolutos y violentos de la modernidad. Desde los años ochenta, esta idea se volvió clave para entender la fragmentación y la falta de certezas en el mundo contemporáneo. Según Vattimo, vivimos en una especie de “Babel informativa” donde los medios y la comunicación ocupan un lugar central.
No llegamos de la noche a la mañana a este ambiente intelectual y cultural. Con el ocaso de la metafísica —ese largo intento de encontrar fundamentos sólidos y universales— la modernidad abrió paso a la sospecha como método.
En el siglo XVII, René Descartes (1596 -1650) considerado el padre de la filosofía moderna, fue el primero en utilizar la duda como punto de partida. Frente a la inseguridad del conocimiento heredado, propuso poner en duda todo lo que pudiera ser falso o incierto, hasta encontrar una verdad indudable: el famoso “pienso, luego existo”. Con este giro, la razón humana se convirtió en el nuevo fundamento del saber, inaugurando una época que busca certezas individuales.
Por su parte, Nietzsche (1844-1900) proclamó la “muerte de Dios” y la disolución de los valores absolutos. Heidegger (1889-1976) habló del “fin de la metafísica” y de la necesidad de pensar el ser no como fundamento, sino como apertura e historicidad. La filosofía del lenguaje subrayó que todo conocimiento es interpretación situada en un horizonte histórico.
En este marco, Vattimo sostiene que la posmodernidad no es simplemente “lo que viene después” de la modernidad, sino una época marcada por la desaparición de la pretensión de una verdad única y universal. La realidad ya no se concibe como un bloque sólido, sino como una red de interpretaciones y discursos.
Este ha sido el caldo de cultivo para un ambiente relativista, agnóstico, nihilista… que Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) en una homilía memorable del 18 de abril de 2005, lo describe de la siguiente manera: “Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas, cuántas corrientes ideológicas, cuántas modas del pensamiento… La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos con frecuencia ha quedado agitada por las olas, zarandeada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo (…). Mientras que el relativismo, es decir, el dejarse llevar zarandeado por cualquier viento de doctrina, parece ser la única actitud que está de moda. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y sus ganas”.
Es justamente en este ambiente intelectual, que renuncia voluntariamente a fundamentos fuertes, donde aparece la inteligencia artificial. No creo que sea una consecuencia lógica, sino una coincidencia inquietante. Primero, nos hemos desprovisto de las herramientas intelectuales o instrumentos lógicos para conocer la realidad y poder interactuar con ella. Una vez desarmados de cualquier confianza en el conocimiento, surge un instrumento tecnológico que crea aparentes verdades en dónde es evidente que no existen, pero que convencen hasta los más versados. En otras palabras: mientras el pensamiento humano se ha debilitado, las máquinas se han fortalecido para crear una supuesta realidad.
Es tiempo de regresar a los clásicos, de apoyarnos en fundamentos firmes, de recuperar la confianza en la razón y en el Ser como base de todo conocimiento. Poder decir con Aristóteles: “Decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es, es verdadero; y decir de lo que es que no es, o de lo que no es que es, es falso.” (Metafísica: Libro IV, 7, 1011b25-27).
* Fernando Armas Faris, Sacerdote y Doctor en Filosofía

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