La nota sería para sentir vergüenza, o quizás tristeza. En todo caso no es una premonición sino una certeza, por ello nos sacudimos más el alma y hasta el ego. Ese sentido de superioridad moral o histórica o como se quiera llamar. Imagínense la tierra que vio nacer, crecer y realizar a un Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Ponte y Palacios Blanco.
El único aristócrata que en realidad que hemos tenido. Un soñador con título heredado en un tierra de mestizos por la Gracia de Dios. Por ello ese sentido de superioridad, o de satisfacción moral posiblemente. Tamaña herencia nos dejó, una que no hemos podido administrar, por el contrario nos hemos dedicado a desmantelarla para deshacernos de la carga.
No éramos en aquél entonces un país, tal como hoy conceptualizamos. Fuimos un territorio de ultramar, una Provincia y, con el tiempo, una Capitanía General, un cuartel como la definió Bolívar en su premonitoria Carta de Jamaica. Lo que no pudo visualizar es que llegaría ser una colonia de una cercana isla que alguna vez hizo planes de independizar de España.
Pero en fin, Lo hizo décadas después su entregado admirador José Martí. Hasta que llegó Fidel y mandó a parar.
¿Y quien lo iba a pensar? Ni Julio Verne en su futurista visión plasmada en innumerables libros, podría haber imaginado que el país del Soberbio Orinoco, se diluiría en el deliro de un militar felón nacido en los llanos de Barinas, que entregaría la patria, su territorio, riquezas y futuro a un amoral Fidel.
A Don Gaspar Rodríguez de Francia (1776-1840) Dictador Perpetuo del Paraguay, la historia no ha terminado de agradecerle que tomó la decisión correcta, al aislarse, cerrar sus fronteras ante las pretensiones anexionistas de Brasil, su poderoso y extenso vecino y las de la Provincia de Buenos Aires con iguales pretensiones.
Solo sobrevivió un cuarto de la población. Y ese cuarto logró repoblarse y seguir adelante, para luego tener que enfrentar la llamada Guerra del Chaco (1932-1935) desatada por Bolivia y las empresas mineras extranjeras en sus pretensiones de incorporar al altiplano, una extensa región paraguaya. Y la perdieron, perdieron la guerra y perdieron su pretendido negocio.
Ventiseis años, solo 26 años les bastó a los comandantes civiles y militares del Socialismo del Siglo XXI (marxismo puro, estatismo obsoleto, con su toques tropicales) para desarticular, diluir empobrecer a la nación venezolana, fragmentarla, entregarla a culturas e historias diferentes de Asia y el Medio Oriente a las más atrasadas por supuesto, para dividirnos, saquearnos, borrar nuestra historia o intentarlo, porque se ha resistido con valor hasta la agonía.
Y cuando ya el asco existencial se tornó insoportable, se produjo el milagro de la ”Operación Determinación Absoluta” (Absolute Resolve) la madrugada del 3 de enero del venturoso 2026.
Cuando ya el sol encandilaba los ojos de los caraqueños, se conoció que los truenos nocturnos no era la celebración del Año Nuevo ni de una boda encopetada. Fue la captura y extracción del tirano Nicolás Maduro Moros y la de su esposa, la fatal Cilia Flores.
Y Caracas fue una fiesta, Venezuela fue una fiesta, como la narraría el singular escritor Ernest Heminghay.
Y allí, en ese instante comienza de nuevo la historia de Venezuela, coincidiendo con el cambio epocal que experimenta actualmente la humanidad. Cambio de perspectiva, cambios de paradigmas como nunca jamás había conocido el hombre desde que comenzó a caminar erguido; dejar atrás el pasado, enfrentar una nueva civilización lanzada al espacio y a la inmediatez.
Qué maravilla, cuánto privilegio ser testigo de este cambio civilizatorio en todos los aspectos, científicos, culturales, existenciales. Creíamos que los sesenta eran insuperables. Pero cuanto temeridad, esos solo fueron los minúsculos cambios que el hombre comenzó a presenciar en una breve generación.
No fue el wifi, ni el celular cósmico, ni la creación de la ONU, o el viaje a la luna. Son prólogos de libros incunables al lado de lo que a partir de la IA, se nos presenta en este nuevo amanecer tecnológico y conceptual.
El estado-nación, tal como lo conocemos, es reciente. Se materializó en los Tratados de Westfalia de 1648 que, entre otros conceptos nuevos civilizatorios nació el de soberanía, Estado-Nación, separación del Estado de la religión, y así se fue decantando hasta la Revolución Francesa, los Derechos del hombre y los ciudadanos, pasando por la Carta de la Naciones Unidas, hasta el presente.
En esta expectativa creada en Venezuela desde el mismo tres de enero, y la relación que surgió de ese hecho entre la potencia liberadora, el estamento cívico-militar e internacional que controlaba el poder público y el económico en nuestro país, y los ciudadanos que aspiramos el retorno pacifico a la democracia representativa, se nos presenta la incógnita de cuál será la relación entre los Estados Unidos como país liberador, la peligrosa tiranía trasnacional venezolana aún existente, y los ciudadanos comunes aspirantes a reorganizar su país con transparencia, libertad dentro del más estricto Estado de Derecho democrático.
De hecho, aún asumiendo la necesaria presencia del opresor, para garantizar la gobernabilidad en tanto se normaliza la relación entre los ciudadanos, me topo con un magnífico y conciso ensayo de la politóloga e intelectual Beatrice Rangel Mantilla, exministra de la Secretaría de la Presidencia del gobierno de Carlos Andrés Pérez y ensayista de múltiples trabajos acerca de las relaciones internacionales y el comercio exterior, titulado El Protectorado como eje del nuevo orden internacional.
En ella relata el drama que vive Venezuela, no como un hecho contrario, avasallador, de imposición imperialista para gestionar el gobierno, el territorio y su economía, más acorde con la realidad de los tiempos. ¡Claro que sorprende¡ porque esta figura está relacionada con el colonialismo pasado.
Lo que plantea Beatrice es que si un pueblo, una nación, un estado no está en capacidad de gobernarse en libertad y al propio tiempo representa un peligro para el resto de las naciones por sus implicaciones con el crimen organizado, tal como se constató en el caso Venezuela y, dada su posición estratégica y económica potencial, es obvio que los Estados Unidos gobernarán como si fuere un estado tutelar a la manera del antiguo alcance jurídico, con el fin de garantizar la paz regional y el equilibrio geopolítico internacional.
Situación que como bien nos recuerda la autora, no había conocido Venezuela desde 1811 cuando nos independizamos de España. Y la pregunta válida que se hace es, si nuestros intelectuales, políticos, empresarios y trabajadores serán capaces de asumir esta realidad y, como el ex Canciller alemán Conrad Adenauer, al fin de la Segunda Guerra Mundial, asumir con paciencia e inteligencia la reconstrucción de Alemania bajo el amparo de los Estados Unidos.
Recomiendo la lectura de este conciso ensayo publicado en Los Papeles del CREM, el pasado 19 de enero.
* Juan José Monsant Aristimuño, diplomático venezolano, fue embajador de Venezuela en El Salvador.

Deja una respuesta