La neblina bajo temprano sobre los pinos de Tapalpa. A esa hora, el bosque respiraba lentamente, una especie de humo blanco parecía ascender desde las raíces de los árboles, y el olor a tierra mojada inundaba los alrededores. El pueblo cercano aun no despertaba, y sus pobladores aun ignoraban que aquellas personas que habitaban esa cabaña aislada, escondida entre barrancas, mantenían el aliento de todo un país entrecortado.
El teniente Emiliano Vargas, había aprendido desde temprana edad a leer el bosque. El bosque había crecido en él, era parte de su ser. Nunca se imaginó durante su entrenamiento militar y policial, que aquellas experiencias de su niñez le serian de tanta utilidad durante estos momentos de vida o muerte. Esa madrugada, acurrucado entre la maleza, todo le sonaba distinto. No era miedo -se dijo- era la conciencia de estar transitando al margen de una delgada línea que separaba la rutina de la historia.
Los susurros emanaban de la radio que portaba en la bolsa de su chaleco. La orden había sido clara: avanzar en lo invisible, cerrar las vías de escape, y evitar daños colaterales. Capturar no abatir, le habían repetido hasta el cansancio a los miembros del batallón de Armas y Tácticas Especiales, cuyos miembros estaban bajo su dirección en aquella misión especial. Capturar no abatir.
Desde hacía unos meses la inteligencia militar del ejército mexicano, en colaboración con la DEA (Drug Enforcement Administration) de los Estados Unidos, había seguido un hilo casi imperceptible: movimientos mínimos, visitas discretas, compras en efectivo en tiendas lejanas. Un patrón que no parecía patrón hasta que no se observó a través del universo, dibujando un mapa. El mapa conducía a la sierra.
El bosque olía a promesa y a pólvora anticipada. Los miembros del batallón se dispersaron en diferentes flancos, en anticipación de vías de huida potenciales. El silencio reinante era inusual, hasta los grillos habitantes usuales de esas tierras callaban. Emiliano, lideraba un grupo de militares especializados que debía cerrar la salida hacia la cañada. Eran tres grupos de militares estratégicamente plantados y se encontraban posicionados en sus respectivos flancos. A los lejos se escuchaba tenuemente el motor de un helicóptero que se confundía con el viento.
Dentro de la cabaña no se escuchaban voces, pero una lámpara permanecía encendida. Su luz amarilla atestiguaba la presencia de alguien en el interior. Afuera, los soldados se deslizaban entre las sombras, avanzando en lo invisible. De pronto se oyó un chasquido, breve y seco. Luego, el primer disparo. El silencio se rompió como vidrio, estallando en una oleada de detonaciones ensordecedoras que abrumaban los sentidos. El teniente Vargas sintió la cara contra la humedad del suelo, protegiéndose de las balas que silbaban a diestra y siniestra.
El motor del helicóptero se acercaba cada vez más, apoyando con su artillería pesada a las tropas de asalto. Súbitamente, la puerta de la cabaña se abrió de golpe. Tres hombres cubrían la retirada de un cuarto que corría hacia un vehículo blindado, ya en marcha y listo para la huida. Todo indicaba que se trataba del objetivo del operativo militar: Nemesio Oseguera Cervantes, jefe supremo del CJNG, el cártel de Jalisco, reyes del tráfico de anfetaminas y fentanilo que cruzaban impunemente la porosa frontera con los Estados Unidos.
La voz en el auricular del teniente Emiliano seguía crujiendo: “intenten asegurarlo con vida”. Emiliano se levanto lo justo para situarse muy cerca del objetivo, pero el intercambio de fuego continuo por unos minutos que parecieron horas sintió un dolor agudo en su brazo izquierdo, al cual respondió automáticamente. Vio la silueta tropezarse con una raíz y caer de bruces, simultáneamente los hombres que lo protegían caían abatidos por el fuego cruzado de sus compañeros. Vio el instante en que todo se decidió sin palabras. El bosque engullo su silencio ritual.
El enfrentamiento había terminado y en el suelo yacía el hombre que había sido perseguido durante años. Emiliano lo miro sin triunfo. La historia, pensó, no siempre se parece a las películas. No hay música épica, no hay cámara lenta. Solo respiraciones entrecortadas. El objetivo todavía se encontraba con vida, pero con heridas serias que comprometían su supervivencia. Emiliano pidió apoyo de transporte aéreo por la radio. Al momento el helicóptero aterrizo evacuando el cuerpo malherido del líder supremo del cartel de Jalisco.
Horas después, en una conferencia de prensa, la presidenta de México Claudia Sheinbaum hablo de la coordinación del operativo, de su legalidad, de un operativo planeado para capturar. En el auditorio, los flashes parpadearon, como reflejos del fuego cruzado que termino con la vida de Nemesio Oseguera Cervantes. La noticia se esparció con la velocidad de las redes. En algunas ciudades hubo bloqueos, en otras, silencio expectante. En Jalisco, la gente miro al cielo con una mezcla de alivio y temor, como si esperara una réplica.

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