La muerte del ayatolá Alí Jamenei en una ofensiva militar encabezada por Donald Trump, con apoyo de Israel, marca un punto de inflexión histórico. El anuncio, acompañado de la promesa de “bombardeos intensos y precisos” y de un cambio de régimen, abre un escenario tan trascendental como inquietante.
No hay forma de justificar la guerra. La violencia armada, por sofisticada o quirúrgica que se presente, siempre deja tras de sí muerte, destrucción e incertidumbre. Cuando además ocurre en medio de negociaciones nucleares y arrastra a toda una región al borde de la escalada, el costo humano y geopolítico se multiplica. La Carta de Naciones Unidas, invocada por Teherán tras los ataques, no es un mero formalismo: es el recordatorio de que el orden internacional debería regirse por el derecho y no por la fuerza.
Y, sin embargo, ignorar la naturaleza del régimen iraní sería una simplificación irresponsable.
Desde 1989, bajo el liderazgo de Jamenei, la República Islámica consolidó un sistema teocrático que ha reprimido sistemáticamente libertades fundamentales: persecución de disidentes, encarcelamiento de periodistas, ejecución de opositores, subordinación legal de las mujeres, represión violenta de protestas y una estructura de poder donde la soberanía popular quedó subordinada al control clerical y a los aparatos de seguridad, en particular la Guardia Revolucionaria.
Las protestas masivas de los últimos años —protagonizadas por jóvenes y mujeres— fueron una señal inequívoca de un pueblo que exige dignidad y derechos.
Cuando la Alta Representante europea Kaja Kallas habla de “un camino abierto a un Irán distinto”, no está celebrando la violencia, sino señalando la posibilidad de que el fin de una figura hegemónica abra un espacio político que durante décadas estuvo clausurado. Incluso voces históricamente enfrentadas al régimen, como Reza Pahlavi, interpretan el momento como el ocaso de una estructura que consideran ilegítima.
El desafío es evitar que la legítima aspiración del pueblo iraní a recuperar su país quede instrumentalizada por intereses geopolíticos o sumida en el caos. Si este es realmente un “camino abierto”, como sugieren líderes europeos, deberá traducirse en una transición liderada por los propios iraníes, con garantías para las minorías, para las mujeres, para la libertad religiosa y política, y con un compromiso inequívoco de la comunidad internacional con la desescalada.

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