Pueblo y pastor

Se dice fácil, pero sigue siendo doloroso. Ya pasaron 46 años del magnicidio y vamos camino a las cinco décadas transcurridas desde que, en aquel entonces, monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez fue convertido en mártir por quienes no lo soportaban. Era, como dicen ahora, “incómodo” para los poderosos. Y cómo no lo iba a ser, diciendo lo que decía y haciendo lo que hacía. Quienes lo creían dócil a sus dictados se equivocaron y eso les dolió a más no poder. Por eso, enfurecieron tanto hasta el punto de sacrificarlo. Y así, sin proponérselo lo subieron a los altares. Costó que esto último ocurriera. Y es que ‒parafraseando a don Pedro Casaldáliga‒ hasta sus “hermanos de báculo y mesa” lo abandonaron. Sin embargo, ni los escribas y fariseos de aquella época ni sus sucesores pudieronmatarlo una vez más.

Su palabra y el profundo mensaje profético que contenía, trascendió y hoy es luz que debería iluminarnos para sacar a este su querido país del trance en el que lo sumieron quienes hicieron la guerra; también, consecuencia de lo anterior, del estado de cosas en  el que ahora estánprofundizándose las dolencias estructurales que laceran el cuerpo y el alma de nuestras mayorías populares que han visto reducirse en sus comunidadesla muerte violenta ‒¡qué bien!‒ pero también profundizarse la muerte lenta mientras crecen los lujosde un “centro histriónico” en el que mucha pobrería sobrevivía del ambulantaje y adonde, ahora, ya se terminaron de instalar a fuerza de maltratos quienes no se inmutan ante las penurias de tanta gente para regodearse en su egoísta y deshumanizado enriquecimiento.

Cuando en abril de 1978 lamentó la ejecución violenta de un par de agentes policiales, monseñor dijo: “Son hermanos nuestros. Ante el atropello y la violencia, jamás he parcializado mi voz. Me he puesto ‒con compasión de Cristo‒ al lado del muerto, de la víctima, del que sufre… Y he pedido que oremos por ellos; y nos unimos en solidaridad de dolor con sus familias. He dicho que dos policías que mueren, son dos víctimas más de la injusticia de nuestro sistema que[…] entre sus crímenes más grandes logra confrontar a nuestros pobres”, Es un sistema maligno que enfrenta “pobre contra pobre”. Ellos ‒añadió‒ “son dos pobres que han sido víctimas de otros tal vez pobres también y que, en todo caso, son víctimas de ese dios Molocinsaciable de poder, de dinero, que con tal de mantener sus situaciones injustas no le importa la vida ni del campesino, ni del policía, ni del guardia, sino que lucha por la defensa de un sistema lleno de pecado”.

Al referirse a su Iglesia, planteó que esta no se apoyaba en poder alguno ni en su dinero. “Hoy la Iglesia ‒aseguró en agosto de 1977‒ sabe que los poderosos la rechazan, pero que la aman los que sienten en Dios su confianza”. “Esta es la Iglesia que yo quiero”, afirmó. Una “que no cuente con los privilegios y las valías de las cosas de la tierra”; una “cada vez más desligada de las cosas terrenas, humanas, para poderlas juzgar con mayor libertad desde su perspectiva del Evangelio, desde su pobreza”. Eso ahora, lamentablemente, es una deuda grosera e imperdonable de aquellos que ocupan la mitra, el anillo y la cruz para anestesiar al pueblo.

No poca gente se pregunta qué estaría diciendo hoy nuestro santo patrono de los derechos humanos. Quizás, igual que el crucificado, diría: «¡Tengo sed!». Eso proclamó exactamente dos años antes de su martirio. “La liberación de Cristo ‒ expresó entonces‒ no rehúye las angustias fisiológicas del hombre, siente el hambre de los que no tienen lo suficiente para comer, la angustia de quienes no ganan lo suficiente, la sed”. Recordar esa sed, fue señal de que él se preocupaba y sentía “la angustia temporal de los que peregrinamos en la tierra”. La misma tenía que ver con “el bienestar de la garganta, del estómago, del cuerpo humano, de la vivienda, del alfabetismo, de todas esas necesidades que hacen de la tierra el camino hacia Dios”. Ello constituye, en sus palabras, “la promoción humana” negada hoy como antes a las mayorías populares.

Y hay quienes sostienen que necesitamos obispos como Romero. Él les respondería, supongo, lo que dejó bien claro el 18 de noviembre de 1979. Apenas cuatro meses antes de ser inmolado, nos planteó un enorme reto: ”Con este pueblo no cuesta ser un buen pastor”, manifestó. “Es un pueblo ‒completó‒ que empuja a su servicio a quienes hemos sido llamados para defender sus derechos y para ser su voz”. Reto ese que, sin duda, continúa bien presente.

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