Raúl Fernández: el salvadoreño que llevó su destino al gran teatro de París

Hay personas que se van de El Salvador buscando un horizonte. Y hay otras que, además de encontrarlo, lo convierten en escenario, en oficio, en arte y en testimonio. Así pienso en mi amigo y excompañero de estudios Raúl Ernesto Fernández, un salvadoreño de 69 años radicado en París, Francia, cuya vida ha estado consagrada al teatro, a la ópera, al vestuario escénico y a la actuación durante más de cuatro décadas.

Conocí a Raúl desde nuestros años de colegio, cuando compartimos aulas desde séptimo grado hasta graduarnos de bachillerato en el Colegio Liceo Cristiano Central de San Salvador. A veces la vida dispersa a los compañeros de juventud como hojas lanzadas al viento.

Sin embargo, hay amistades que conservan una especie de luz intacta. La de Raúl es una de ellas. Y hoy, al reconstruir parte de su historia, comprendo que su trayectoria no solo merece admiración: merece ser contada.

Raúl me habla desde la serenidad de quien ha vivido mucho, trabajado mucho y vencido mucho. Me dice que salió muy joven hacia Francia y que durante cinco años estudió teatro en la Universidad París VIII, en Saint-Denis, al norte de París.

De día estudiaba; de noche actuaba en teatros parisinos o diseñaba vestuario para grupos de danza y de teatro. Esa imagen me conmueve: la del muchacho salvadoreño que cruza fronteras con valor, que aprende a sobrevivir en otra lengua y que se abre paso en una de las capitales culturales del mundo.

No tardó en llegar una oportunidad decisiva. En la Ópera de París buscaban un costurero para los talleres de costura. Raúl se presentó y fue admitido. Allí trabajó muchos años y estuvo bajo la dirección del célebre coreógrafo Rudolf Nureyev y, después de su fallecimiento, con Patrick Dupond.

Pero lo más admirable no es solo haber llegado a ese nivel, sino lo que hizo con esa experiencia. Exploró y aprendió en prácticamente todos los servicios de aquel prestigioso teatro: costura, máscaras, maquillaje, peluquería, zapatería, producción, diseño y archivismo. Hasta que un día, armado de fe y decisión, renunció. Quería volar con sus propias alas. Y el tiempo, dice él mismo, le confirmó que había tomado la mejor decisión.

Desde entonces, su vida artística tomó un vuelo todavía más amplio. Como creador independiente, comenzó a trabajar con prestigiosos directores y coreógrafos europeos. Y paralelamente siguió actuando. Ha realizado giras en Europa, América Latina y Asia. Hoy continúa en escena con dos obras teatrales escritas sobre su propia vida, ambas publicadas en francés.

La primera ya fue traducida al español y existe el proyecto de llevarla a otros idiomas. El autor de estas piezas es el reconocido dramaturgo francés Philippe Minyana, y la dirección estuvo a cargo del destacado director franco-argentino Marcial Di Fonzo Bo. No se trata, pues, de una historia menor: estamos ante un salvadoreño cuya vida ha sido considerada materia de arte por grandes nombres del teatro francés.

Cuando converso con Raúl, advierto que su historia no está hecha solo de éxitos, sino también de silencios difíciles. Me cuenta, por ejemplo, que al llegar a Francia no hablaba francés. Durante el primer año, dice, quizá muchos compañeros de la universidad pensaban que era mudo. Para no exponerse demasiado, se concentró en las materias que dependían del trabajo físico: acrobacia, maquillaje, maquetas, escenografía, labores manuales.

Era una manera de resistir mientras encontraba las palabras. Ya en el segundo año comenzó a comunicarse mejor. Hay algo profundamente humano en esa escena: el artista que antes de ser escuchado tuvo que aprender a hablar desde las manos.

Entre las anécdotas que recuerda, una sobresale por su gracia y su fondo cultural. En su afán por aprender francés, se propuso estudiar las obras de Molière en su idioma original. Pero aquel francés pertenecía a otra época, a varios siglos atrás. Así que cuando intentaba usarlo en la vida cotidiana, la gente lo miraba con extrañeza.

Sin quererlo, el salvadoreño recién llegado hablaba como un personaje salido del teatro clásico. La imagen tiene algo de comedia fina, pero también revela disciplina, amor por el idioma y una voluntad de superación verdaderamente excepcional.

Sin embargo, más allá de París, de la ópera y de las giras internacionales, en Raúl persiste intacto el país de origen. Me habla de San Salvador, del barrio San Miguelito, de Los Planes de Renderos, de las pupusas, de los tamalitos de elote, del chilate. Me habla también de la distancia dolorosa de aquellos años, cuando para hablar con su madre había que ponerse de acuerdo por carta, y las cartas tardaban semanas en llegar.

Hoy parece un mundo remoto, casi de otra era. Pero para quienes conocen el peso afectivo de la migración, esa espera tenía el tamaño de la vida.

Su vocación artística venía de mucho antes. De niño, en Guatemala, donde vivió una temporada con su madre, ya improvisaba teatro en el patio de la casa con sábanas colgadas a escondidas. Invitaba a los niños del barrio, cantaba, recitaba a Alfredo Espino y Rubén Darío, y cobraba la entrada con caramelos.

Aquello no era un simple juego: era el anuncio temprano de un destino. Más tarde, ya en El Salvador, trabajó como locutor y programador musical en YSKL, La Poderosa, cuando apenas tenía 16 años. Allí aprendió rigor y disciplina artística. Y de forma paralela escribía obras de teatro, algunas de las cuales representó con compañeros del bachillerato.

Es decir, el teatro no apareció después: ya venía latiendo desde la infancia, como esos fuegos que no hacen ruido, pero nunca se apagan.

Raúl domina siete idiomas, ama la lectura y continúa aprendiendo alemán. Además, imparte talleres de teatro en Francia y en otros países, y también ha compartido su experiencia en el CENAR y en otros espacios de El Salvador. Cree, con razón, en la transmisión a las nuevas generaciones. Esa es otra forma de grandeza: no guardar el arte como un tesoro privado, sino entregarlo.

Hoy se organiza una gira por Centroamérica y posteriormente otra por Suramérica. Y mientras el mundo lo recibe como artista, él sigue regresando a esta tierra donde, como dice con una expresión tan nuestra, “dejó el ombligo”.

Viene a ver a su familia, a sus amigos, a los compañeros de la primaria y del bachillerato. En un tiempo donde muchos triunfos se vuelven soberbia, Raúl conserva algo más valioso: la fidelidad a sus raíces.

Yo, que lo conocí siendo apenas un muchacho, hoy lo miro con admiración renovada. Raúl Ernesto Fernández no solo ha construido una carrera extraordinaria en París. También ha demostrado que un salvadoreño puede abrirse paso en los escenarios más exigentes del mundo sin renunciar a su memoria, a su disciplina ni a su país.

Y quizá esa sea la mejor lección de su vida: que el verdadero arte no borra el origen, sino que lo eleva.

*Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial. alfredocaballero.consultor@gmail.com

 

 

 

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