Siendo director del Centro Monseñor Romero, perteneciente a la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), el jesuita Jon Sobrino publicó en la revista Estudios Centroamericanos del primer trimestre del 2012 un texto reelaborado cuyas ideas fundamentales –según su autor– las expuso durante la conmemoración del sexagésimo tercer aniversario del día en el cual la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En el evento referido , organizado por el instituto especializado en la materia y parte de dicha casa de estudios superiores, se contó con la presencia y participación de víctimas de violaciones de sus derechos humanos. Este teólogo nacido en España pero salvadoreño por opción, título así su artículo: “El pueblo crucificado”. Ensayo con ocasión de los aniversarios de la UCA y El Mozote.
De entrada citó a Pedro Arrupe, quien fuera prepósito general de la Compañía de Jesús de 1965 a 1983; también a Ignacio Ellacuría, mártir de la UCA, y a Jean Ziegler quien es actual vicepresidente del Comité Asesor del Consejo de Derechos Humanos de la ONU y catedrático en las universidades de Ginebra y la Sorbona. El primero afirmó, en 1976, que el mundo estaba “enfermo”; el segundo, diez días antes de ser masacrado por integrantes del ejército salvadoreño el 16 de noviembre de 1989, sostuvo al momento de recibir el Premio Alfonso Comín que la civilización estaba “gravemente enferma”; el tercero ha asegurado que está “amenazada de muerte” y ha condenado el hambre, calificándolo como un “arma de destrucción masiva”.
Y al día de hoy, ¿cómo podríamos calificar la civilización? Es más, ¿aún podemos llamarla civilización, cuando vemos en diversas partes del mundo escenas de una barbarie inaceptable y ‒por tanto‒ de un derroche descarado de atrocidades?; ¿cuándo el genocidio del Israel de Netanyahu asola Palestina?; ¿cuando este criminal junto a las fuerzas del imperio yanqui se ensañan con casi dos centenares de niñas escolares en Irán?; ¿cuando esa misma potencia imperial y su decadente conducción aprietan impúdicamente las tuercas del bloqueo contra Cuba, sin importar el daño que le causan aún más a su pueblo?; ¿cuando el conflicto armado ucrano-ruso ya superó los cuatro años?; ¿cuándo la Organización Mundial por la Paz reporta más de 52 conflictos activos en el planeta?; ¿cuándo, además, la biodiversidad de este la están devastando?
Precisamente relacionado con esto último situémonos en nuestro país, donde desde diciembre del 2024 se aprobó una Ley general de minería metálica con todo y sus consecuencias negativas para nuestras mayorías populares que en gran número habitan un territorio pequeño, atravesado por el río más caudaloso existente en el mismo y cuya contaminación se incrementará. También hay que considerar la situación económica y social de estas, marcada por altos índices de subempleo e informalidad; el deterioro de un sistema de salud que nunca ha sido el mejor, pero que actualmente se ha visto más afectado por los despidos al interior del mismo; no existe autosuficiencia alimentaria, lo que hace dependiente a El Salvador de sus vecinos en lo más elemental para su supervivencia; en teoría, se tiene canasta básica alimentaria más baja de Centroamérica, pero en esta se incluyen menos productos que en los otros países y no ha sido actualizada desde hace más de cuatro décadas…
Y qué decir cuando vemos a las familias de las víctimas inocentes del régimen de excepción, clamar por un debido proceso para sus seres queridos y llorar a quienes de estos mueren en prisión. Más allá del eufemismo insultante al llamarlos “daños colaterales”, ¿no son estas personas parte del pueblo crucificado salvadoreño? De ahí la pertinencia del título con el que Sobrino etiquetó su escrito, rememorando algunas de las palabras pronunciadas por el cuarto arzobispo de San Salvador durante su homilía del 19 de marzo de 1978. “Sentimos en el Cristo de los brazos abiertos y crucificados, al pueblo crucificado”. Eso dijo entonces monseñor Óscar Arnulfo Romero. Pero aclaró que su prédica de ese Domingo de Ramos, no era la de un “conformismo”; ojo: el pastor no le estaba pidiendo a su rebaño ser pasivo.
Al contrario. En su Tercera carta pastoral expresó su apoyo al derecho humano de asociación, “sobre todo cuando en las circunstancias del país se considera la ‘organización popular’ como uno de los medios más importantes para la implantación de la justicia”. En consonancia con nuestro santo, una de las lecciones más importantes que nos deja la historia de las luchas populares en nuestro país ‒en el afán por dejar de ser un pueblo crucificado‒ es que estas deben partir de la organización desde el abajo y el adentro de nuestras mayorías populares.

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