​El negocio de perder

​En política, cuando el error se vuelve crónico y el fracaso es previsible, dejamos de hablar de incapacidad para hablar de diseño. Tras siete años de un oficialismo que cabalga sobre una seguridad aprobada por las mayorías, la oposición insiste en atacar el único flanco donde no puede ganar, mientras ignora el hambre que empieza a asomarse en las mesas salvadoreñas. Esta desconexión no es un accidente; es el síntoma de una «oposición de alquiler» que ha decidido que es más seguro —y más barato— ser un extra en la película del poder que el protagonista de una alternativa real.

​Resulta insultante para la inteligencia del ciudadano que, mientras la preocupación nacional se ha desplazado de las maras al costo de la vida, las cúpulas opositoras sigan disparando salvas a un muro de concreto. Mientras la gente se pregunta cómo llegará a fin de mes, ellos recitan un guion que ya perdió tres elecciones consecutivas. La torpeza tiene un límite; el cinismo, al parecer, no.

​Para entender el desastre que se perfila hacia 2027, hay que mirar el ridículo de 2024. En lugar de apostarle con todo a la Asamblea Legislativa para intentar frenar el poder absoluto, se empecinaron en una aventura presidencial condenada al fracaso. Sabían que perderían, pero su participación solo sirvió para legitimar la reelección de Bukele ante los ojos del mundo.

​Fue un suicidio asistido por el ego. Vimos cómo los actores, incapaces de construir una plataforma conjunta con una agenda mínima, se metieron zancadilla ellos mismos. No buscaban ganar; buscaban asegurar magistrados en el Tribunal Supremo Electoral (TSE) y las migajas de la deuda política para que el «negocio» del partido no quebrara.

​​Hoy hablan de fraude y de falta de garantías, pero en 2024 tenían magistrados sentados en el Tribunal. Y ahora, de cara a 2027, vuelven a tener representantes que supuestamente los defienden. Si de verdad sospechan de ellos, si creen que el sistema está podrido, ¿por qué no los desconocen de una vez?

​La respuesta es simple: no tienen el valor ni la determinación para hacer el vacío, para retirarse y dejar al oficialismo solo con su espejo. Eso requeriría principios, no intereses. Prefieren participar en una farsa que denunciar el sistema desde afuera, porque estar afuera significa perder el sueldo, la oficina y la relevancia de papel.

Mantengo mi tesis: a esta oposición le pagan para no ser opción. Se han convertido en el sparring perfecto; están ahí para recibir los golpes y validar el juego democrático en papel, pero con la instrucción de no representar una amenaza real. Bukele gana porque tiene popularidad, sí, pero sobre todo porque enfrente no tiene oponentes dignos, sino una colección de gerentes de la derrota que prefieren una silla pequeña en el banquete del poder que una lucha real en la calle.

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