Marranos

Al vivir en México una especie de autoexilio desde el 31 de octubre de 1983 hasta el 5 de enero de 1992, se me abrió un mundo lleno de nuevas e importantes experiencias. Además de la solidaridad recibida y las amistades cultivadas en un país en el cual los derechos humanos valían “del esmog para arriba” ‒en palabras de un salvadoreño pionero en su defensa dentro de El Salvador‒ descubrí sabores, olores y lugares; me metí en la academia y la investigación; disfruté del arte y la cultura como nunca siendo flechado por su literatura, pintura y música. Dentro de este último ámbito conocí artistas entonces emergentes, como Armando Rosas y la Camerata Rupestre; de quienes ya tenían cartel, entre algunos nombres, puedo mencionar a Los Folcloristas y Tania Libertad. Ambos ensambles musicales y la solista peruana mexicana, participaron solidariamente en algunos de los eventos públicos que organizamos cada noviembre en el Centro “Fray Francisco de Vitoria”.

Asimismo, tuve la suerte de que la oficina de dicho organismo perteneciente a los frailes dominicos estuviera ubicada en el Centro Universitario Cultural que se encontraba ‒pasaje de por medio‒ contiguo a la Facultad de Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México. ¿Por qué la suerte? Pues porque cerca del edificio de los religiosos aludidos había dos librerías de vanguardia, famosas en aquella época: la “Gandhi” y la “Salvador Allende”. No recuerdo en cual encontré un casete imperdible cuyas rolas eran parte del primer disco de “El Personal”, grupo surgido en Guadalajara durante la segunda mitad de la década de 1980. Al día de hoy se asegura que “sigue siendo la banda de culto que marcó la escena local y nacional desde entonces, con una historia llena de mitos y leyendas marcadas por éxitos musicales como ‘No me hallo’ y ‘La tapatía’”.

Pero no son ese par de canciones las que me interesa traer a cuenta, sino una titulada con la primera de sus frases. “Nosotros somos los marranos”, dice y continúa así: “nos divertimos como enanos; nosotros somos los cochinos, nos divertimos como chinos”. Luego se escucha lo central de su mensaje sarcástico. “Hay que acabar con esta tierra, ¡sí!, desde la playa hasta la sierra, ¡sí!; hay que acabar con el ambiente, ¡sí!, para que vean lo que se siente, ¡sí!”.

¿A cuenta de qué esta ocurrencia? Pues porque recién se conmemoró, precisamente, el Día Mundial de la Tierra que desde el 21 de diciembre del 2009 quedó establecido por la Organización de las Naciones Unidas. Y acá, en este paisito, la tierra nunca se ha protegido adecuadamente; tampoco se ha repartido justamente. Pero ahora, las cosas van para peor. Siendo arzobispo de San Salvador, monseñor Romero se refirió ‒en su homilía del 11 de marzo de 1979‒ al “gran problema ecológico”. Y pidió cuidar “que no se siga empobreciendo y muriendo nuestra naturaleza”. Años después, el 24 de mayo del 2015, el papa Francisco publicó su encíclica denominada “Alabado seas” que finalizó con una oración al “Dios de amor”, rogándole iluminar “a los dueños del poder y del dinero para que se guarden del pecado de la indiferencia, amen el bien común, promuevan a los débiles y cuiden este mundo que habitamos”.

Pero, ¿por qué afirmo que la situación ha empeorado? Pues porque están por cumplirse siete años desde aquel 10 de junio del 2019; entonces, Nayib Bukele le ordenó públicamente a su ministro de Medio Ambiente y Recursos Naturales –su “compañerito” de bachillerato, Fernando López– agilizar el proceso para tramitar y emitir los permisos ambientales requeridos en el ámbito de la construcción. Ese fue el banderazo de salida oficial para que, junto a otras medidas y diversos estímulos para la inversión privada, comenzara la loca carrera por agravar la crisis en nuestro terruño.

Ello pese a que el mentado López sostuvo en diciembre del mismo año ‒durante un evento organizado por el Sistema de Integración Centroamericana (SICA)‒ que El Salvador experimentaba “una degradación ambiental determinada por la deforestación, el deterioro de los suelos, el desarrollo territorial desordenado, la inseguridad hídrica y la alteración climática”. Pero la orden ya estaba dada y en casi siete años hemos visto cómo se erigen altas torres para oficinas y apartamentos; también cómo proliferan colonias construidas hasta encima de lava volcánica.

Y al ver lo que ha venido ocurriendo desde hace décadas en la finca El Espino, agudizado durante la administración Bukele, volvamos a la referida rola de “El Personal” cuando sus integrantes corean que “hay que acabar con las especies, ¡sí!, con las aves y los peces, ¡ajá!, ¡sí!; que ya no quede nada vivo, ¡no!, el bosque es nuestro enemigo… ¡ay, ay, ay, ay!”.

 

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