Por años, en el escenario del drama penal, el protagonismo fue casi exclusivamente al victimario. El delincuente, con su parafernalia de violencia y poder, ha secuestrado no solo la paz social, sino también la narrativa de la justicia. Sin embargo, como bien hemos sostenido en la tradición de la victimología, la verdadera medida de una sociedad no se encuentra en la severidad de sus prisiones, sino en la capacidad de mirar a los ojos a quienes sufrieron el daño y devolverles su dignidad, el no fallarles.
El Salvador desarrolla durante este año 2026 las audiencias únicas abiertas que ya son varias en diferentes tribunales especializados. La apertura de la audiencia única abierta contra la estructura de mando de la MS-13, desde sus cabecillas hasta sus mandos medios, por crímenes cometidos en el decenio de 2012 a 2022, no debemos comentarlo como un trámite procesal más; es un acto de exhumación de la verdad, de crímenes atroces contra la sociedad salvadoreña en especial para los sectores más vulnerables en comunidades, cantones, caseríos entre ellos la micro y pequeña empresa.
Desde la perspectiva criminológica, la víctima ha sido, históricamente, el «invitado de piedra» en el proceso penal. Durante la década en cuestión, miles de salvadoreños vivieron bajo un régimen de terror donde la denuncia era una sentencia de muerte. Ese silencio forzado constituye en parte lo que denominamos victimización secundaria: el Estado no pudo protegerles y el sistema les condenó al anonimato, incluso al olvido.
Visibilizar a las víctimas en este macroproceso contra la MS-13 es fundamental por la ruptura del estigma, ya que, durante años, se intentó criminalizar a las comunidades enteras bajo el control de pandillas. Darle rostro a la víctima permite diferenciar al ciudadano vulnerable del actor criminal, rompiendo el ciclo de prejuicios que les cometía otra victimización a los sectores más pobres. Estas audiencias en mi opinión deben servir para reconstruir el itinerario criminal de la pandilla. No basta con saber «quién mató», sino «cómo» se estructuró un sistema de victimización sistemática que incluyó entre otros homicidios, desapariciones, extorsiones, violaciones sexuales y desplazamientos forzados internos y externos entre 2012 y 2022 al menos en este proceso que se desarrolla en varios centros penitenciarios del país siendo el centro de atención el CECOT.
Para una madre que buscó a su hijo durante diez años, ver al cabecilla en el banquillo de los imputados por crímenes que dañan a la humanidad no sirve de consuelo; es la validación estatal de su dolor y de conocer a dónde se encuentran esas fosas clandestinas. Estamos ante un fenómeno de macrocriminalidad. Los delitos imputados no son hechos aislados, sino parte de una política de grupo criminal terrorista. Por ello, la victimología moderna nos exige que este proceso no se agote en la condena punitiva. La visibilidad es el primer paso hacia una reparación integral.
Si el proceso penal solo se enfoca en castigar al imputado, habremos cumplido con el Derecho Penal, pero habremos fracasado con la Criminología y Victimología. Es imperativo que esta y otras audiencias únicas abiertas permitan que los relatos de las víctimas permeen la conciencia colectiva. Solo así el «nunca más» dejará de ser una consigna para convertirse en una realidad estructural.
Como profesional del control social y el estudio del crimen, observo con rigor este avance, lo sigo, lo estoy midiendo. El Salvador tiene la oportunidad de transitar de una «justicia del espectáculo» que se desarrolló en ese mismo periodo donde no se les abrieron las causas, por el contrario, hubo impunidad, a una justicia de la memoria. Visibilizar a las víctimas de la MS-13 es la única vía para sanar y restaurar el tejido social. Sin ellas, el juicio es solo un expediente; con ellas, es un acto de redención nacional.
La justicia que llega tarde sigue siendo justicia, pero solo si es capaz de recordar los nombres de aquellos a quienes el terror intentó borrar y hacerles invisibles por siempre. Es momento que ya no podemos continuar retrasando que el sistema de justicia y penal deje de ser un monólogo sobre el delincuente con todas las garantías para protegerle, y se convierta en un momento de sanidad y restauración para las víctimas de las pandillas. Los cabecillas de la MS13 pensaron que sus graves crímenes de ese período seguirían en la impunidad, pero por fin llego el momento de la justicia, queda esperar la sentencia de esta macrojuicio.
*Por Ricardo Sosa / Doctor en Criminología / Egresado doctorado en Justicia Criminal / @jricardososa

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