A través de la historia, las ciencias y el derecho penal han manifestado un desinterés general por la víctima. La escuela clásica centró su atención en el delito y el positivismo se obsesionó con estudiar, clasificar y sancionar al criminal. En medio de esta situación penal, el ofendido ha quedado marginado como un testigo silencioso y olvidado. Al analizar la realidad social latinoamericana en pleno año 2026 y, particularmente, contextos complejos de postviolencia, corremos el riesgo de cometer el mismo error histórico si reducimos la pacificación a lo que el sociólogo Johan Galtung denomina «paz negativa»: la mera ausencia de violencia física directa.
La semana anterior un grupo de empresarios y comerciantes me compartían experiencia de reducción de servicio de seguridad privada y otros servicios relacionados a seguridad de instalaciones porque según ellos «ahora ya no existen pandillas, y ya no corremos riesgos, quitamos los custodios de las rutas, y nos hemos ahorrado miles de dólares anuales» Cuando una sociedad celebra la caída de los índices de homicidios o el repliegue de los grupos criminales, asume que ha alcanzado la tranquilidad y la paz. Sin embargo, como bien sabemos los criminólogos, cuando el despertador de la historia suena, la víctima todavía está allí. La paz negativa es una ilusión incompleta. Si el Estado concentra toda su estrategia en la persecución penal y en el encarcelamiento masivo del delincuente, se puede terminar desatendiendo el trinomio fundamental: víctima, delincuente y sociedad.
Desde una perspectiva técnica, el delito no es una abstracción jurídica; es una conducta antisocial que lesiona y fractura dinámicas humanas. Aunque las armas y las balas callen, se silencien, si las causas estructurales y los factores victimógenos exógenos, como la marginación, la injusticia social, la ausencia de servicios básicos asistenciales del Estado y el abuso de poder permanecen intactos, la población sigue sumida en un estado de vulnerabilidad permanente, y más si las víctimas no conocieron la verdad y se encontró justicia
La criminalidad deja tras de sí un rastro devastador de victimización primaria que son los daños físicos, psicológicos y patrimoniales directos. Pero el verdadero peligro de la «paz negativa» radica en la cronicidad de la victimización secundaria y terciaria. Cuando las instituciones formales de control social en una sociedad como las latinoamericanas actúan con indiferencia, no informan a los familiares de los procesos, no los consideran victimas, o carecen de sensibilidad a las necesidades del afectado, provocan un daño institucional que perpetúa el sufrimiento. Asimismo, la victimización terciaria se manifiesta en una comunidad que, por miedo a la misma ley o a la arbitrariedad del sistema, altera drásticamente su conducta, autolimitándose y destruyendo el tejido solidario del vecindario y generando etiquetas.
Una sociedad no está verdaderamente en paz si sus ciudadanos viven en una pesadilla de angustia latente. Para transitar hacia una paz auténtica y positiva, la política criminológica debe evolucionar hacia una verdadera Política Victimal e interdisciplinaria. Esto exige que los sistemas de justicia penal dejen de ver a la víctima como un simple instrumento de castigo estatal y la sitúen en el centro de la reparación integral.
Necesitamos transitar hacia modelos de justicia restaurativa y terapéutica que devuelvan el protagonismo a los afectados, exigiendo del ofensor un esfuerzo personal relevante para enmendar el mal causado y pedir perdón, Asimismo, los Estados debe asumir su responsabilidad subsidiaria mediante fondos de indemnización pública, reconociendo que cuando no logra proteger al ciudadano, tiene la obligación ética y legal de reparar sus fallas.
Espero que en América Latina se pueda entender que la paz no debe de evaluarse y clasificarse por las cárceles llenas o la disminución de enfrentamientos, la baja de homicidios, o delitos de alto impacto. La Criminología continua su avance en el presente siglo, y de cara a la próxima década será relevante en la toma de decisiones en los sectores de Justicia, ya no estará en el olvido. La verdadera paz se mide por las víctimas que logran sanar, recuperar su dignidad, activar su resiliencia y reincorporarse de forma óptima a su medio social sin ser humilladas ni olvidadas nunca más.
*Por Ricardo Sosa / Doctor en Criminología/ Doctorante en Justicia Criminal /@jricardososa

Deja una respuesta