Esa imagen vino a mi mente, tras enterarme de la publicación de la primera encíclica del obispo de Roma el recién pasado 25 de mayo “sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”. Magnífica humanitas es el título con el que León XIV la entregó al catolicismo y al mundo. El género humano, advierte, “se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”. “Cada generación ‒continúa‒ recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto”. Eso está pasando en la actualidad. El desarrollo tecnológico y la era digital en curso, sin duda, plantean grandes amenazas y preocupantes realidades que apuntan a lo segundo.
El pontífice relaciona el “síndrome de Babel” con “la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único ‒incluso digital‒ capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos”. En cambio, el “camino de Nehemías” para la reconstrucción de Jerusalén es la alternativa válida, pues “pone de relieve el valor del trabajo compartido para hacer que la ciudad de Dios sea un lugar seguro para los exiliados que regresaron”. Debemos “edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad”.
Especial referencia hace al “desarrollo humano integral”, entendido como “un proceso en el cual el crecimiento de las personas y de los pueblos abarca todas las dimensiones de la existencia y abre el futuro también a las generaciones venideras”. “El desarrollo ‒continúa el papa‒ es humano cuando pone en el centro a las personas y no la acumulación de bienes, y cuando se refiere también a los pueblos, no solo a los individuos”. Y es integral “cuando no se reduce al ámbito económico, sino que promueve la calidad de vida en sus dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto a la Casa común, a la diversidad de los pueblos y a sus modos de vivir”.
Dicho “desarrollo humano integral” puede y debe verificarse en la “ecología integral”, la cual es “una dimensión imprescindible de la Doctrina social de la Iglesia”. La calidad del mismo “se mide por su capacidad de mantener unidos, sin separar, la justicia hacia las personas y la custodia de la Casa común, favoreciendo condiciones de vida digna, acceso a los bienes necesarios, relaciones sociales justas, cuidado de la creación y atención a las generaciones futuras. De ahí se sigue que no es verdadero progreso aquello que aumenta el bienestar de algunos degradando los ecosistemas, descargando costos sobre las comunidades más vulnerables o comprometiendo las condiciones de vida de quienes vendrán después de nosotros”. Desde esa óptica, ¿qué está ocurriendo en El Salvador? Pues, obviamente, lo segundo. En lugar de “aumentar la participación y la justicia” se están ampliando “las desigualdades, el control y la exclusión”.
Frente a los “actores económicos y tecnológicos que ‒de hecho‒ determinan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las mismas posibilidades de participación” en el mundo digital, León XIV demanda que los “criterios para juzgar y discernir el nuevo escenario” sean “los grandes principios de la Doctrina social de la Iglesia; léase “la dignidad inalienable de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social”. Pero eso, insisto, no está pasando acá. ¡Al contrario!
Con el fraude que en buena medida resultaron ser las administraciones gubernamentales de los partidos Alianza Republicana Nacionalista y Frente Farabundo para la Liberación Nacional, se le abrieron las puertas a Nayib Bukele para que ‒haciendo uso de la tecnología que en palabras del santo padre “puede curar, conectar, educar, cuidar la Casa común; pero también puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias”‒ cumpliera frescamente ya siete años al frente de un gobierno inconstitucional desde que ingresó a la Asamblea Legislativa el 9 de febrero del 2020, rodeado por militares y policías. Bien escribía hace casi 65 años nuestro querido pastor, mártir, profeta y venerado santo: “El salvadoreño es por naturaleza un ciudadano que se lleva a donde se quiere; basta empujarlo. Parece que no tiene voluntad propia, porque cualquiera lo puede manejar. Pueblos de esta clase solo necesitan un capataz y ya se subyugan”.

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