El infinito y Dios

En un artículo anterior señalé que la existencia de Dios no debe entenderse como una explicación provisional destinada a rellenar los vacíos de nuestro conocimiento científico. La imagen del llamado «Dios de los agujeros» resulta insuficiente porque supone que, a medida que la ciencia avanza, Dios retrocede. Pienso que este planteamiento no le hace ningún favor a la ciencia y menos a la teología.

La cuestión filosófica más profunda no es qué fenómenos concretos puede explicar la ciencia, sino por qué existe un universo inteligible que puede ser explicado por la ciencia.

Existe, además, otro aspecto menos conocido de la relación entre fe y ciencia que merece atención. No se refiere a aquello que la ciencia todavía desconoce, sino a algunas de las ideas que hicieron posible su nacimiento. Entre ellas destaca una especialmente sorprendente: la idea de infinito.

Hoy estamos tan acostumbrados a ella que apenas advertimos su extrañeza. Hablamos de distancias infinitas, de series infinitas o de infinitos matemáticos con relativa naturalidad. Sin embargo, durante siglos el infinito constituyó uno de los mayores problemas intelectuales de la humanidad.

Los griegos fueron plenamente conscientes de esta dificultad. Basta recordar las célebres paradojas de Zenón, diseñadas para mostrar que el movimiento parecía imposible si el espacio podía dividirse indefinidamente. Aquiles nunca alcanzaría a la tortuga. Una flecha en vuelo nunca llegaría a su destino. El infinito aparecía como una amenaza para la comprensión racional del mundo. Lo ilimitado parecía escapar al orden, a la medida y a la inteligibilidad que caracterizaban al cosmos. Sin embargo, la historia intelectual de Occidente siguió otro camino.

Mientras la filosofía griega tendía a considerar problemático el infinito, la tradición cristiana lo incorporó desde muy temprano a su reflexión sobre Dios. La infinitud dejó de ser vista únicamente como una amenaza para la razón y comenzó a entenderse como uno de los atributos propios de la divinidad. Dios era infinito en poder, en conocimiento y en perfección.

Durante siglos, teólogos y filósofos medievales reflexionaron sobre las implicaciones de esta idea. Naturalmente, no estaban desarrollando física matemática ni cálculo infinitesimal (Newton y Leibniz). Su objetivo era comprender mejor la naturaleza de Dios. Sin embargo, al hacerlo contribuyeron a familiarizar a la cultura occidental con un concepto que más tarde resultaría indispensable para la ciencia.

Cuando llegó la revolución científica de los siglos XVI y XVII, el infinito ya no era un territorio completamente hostil.

La nueva física necesitaba pensar en magnitudes continuas, divisiones indefinidas y procesos matemáticos cada vez más complejos. Sin la idea de infinito resultaría difícil comprender el desarrollo de la geometría analítica de Descartes, los estudios de Galileo sobre la inercia, las intuiciones astronómicas de Kepler o, de manera muy especial, la obra de Newton.

Todos creyentes convencidos. Para ellos, estudiar la naturaleza significaba estudiar la obra de Dios. El universo no era un caos irracional, sino una creación ordenada que podía ser comprendida mediante las matemáticas porque procedía de una Inteligencia racional.

La historia ofrece todavía un ejemplo más llamativo.

A finales del siglo XIX, el matemático alemán Georg Cantor revolucionó las matemáticas al desarrollar la teoría de conjuntos y formular una rigurosa teoría de los infinitos. Cantor mostró algo que parecía imposible: que existen distintos tamaños de infinito.

Sus descubrimientos transformaron para siempre la matemática moderna. Sin embargo, para él el infinito matemático no agotaba el significado de la infinitud. Distinguía cuidadosamente entre los infinitos que estudian las matemáticas y el Infinito Absoluto, que identificaba con Dios. En una formulación que se hizo célebre, sostuvo que el infinito matemático es tan solo una participación o un reflejo del Infinito Absoluto.

Naturalmente, estas observaciones no constituyen una demostración de la existencia de Dios. Tampoco pretenden sostener que la ciencia moderna sea una consecuencia directa y exclusiva de la teología medieval. La historia siempre es más compleja y rica que cualquier explicación simplista. Sin embargo, sí invitan a replantear la idea de que la fe y la razón son adversarias irreconciliables. Quizá, más bien, sean —como afirmó Juan Pablo II— las dos alas con las que el espíritu humano se eleva hacia la contemplación y el conocimiento de la verdad.

*El padre Fernando Armas Faris es sacerdote católico y Doctor en Filosofía 

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