Recuerdo perfectamente el terremoto de Caracas de 1967, eso fue el 29 de julio a las 08:05 de la noche, de una intensidad de 6.5 grados; que igualmente, como el del pasado miércoles 25 en la noche tuvo su origen en el Litoral central, pero que afectó mayormente la zona este de Caracas de Altamira, Los Palos Grandes, Petare, la California y alrededores.
Me preparaba a esa hora para asistir a la boda de la hermana de una compañera de estudios. Sentí el temblor en mi casa de La Florida, a un costado del ya inexistente cine la Florida. Ya, vestido de oscuro, al salir observé una grieta que concluía, vertical, en el marco superior de la puerta. Luego, alguien, (un ingeniero seguramente), me explicó que las grietas horizontales o transversales eran las peligrosas para las estructuras.
De modo que salí como si nada a mi recepción, pero antes, me detuve en la casa de mi hermana en El Pedregal, esa cuña habitacional situada entre Chapellín y el Country Club, cercana al lugar donde emboscaron y asesinaron al pariente el General Carlos Delgado Chalbaud.
Al llegar, vi a mis sobrinos y a sus padres afuera, en el garaje, colocando unos colchones en el piso y me quedé consternado; así que en un tono entre extrañado y burlón les preguntó por qué hacían eso. Molestos, me observaron con curiosidad y me preguntaron sino sabía lo que había pasado. Entonces me enteré de la profundidad del temblor que había sentido, y el significado de la grieta sobre la puerta de salida de mi casa.
Suspendí la recepción en Los Palos Grandes, y nos enfrascamos a buscar información sobre lo acontecido. Recuerdo al otro día, ver las primeras imágenes de aquel espectáculo de amasijo de pedazos de concreto, cabillas retorcidas amontonadas unos sobre otras, como si fuera el Guernica de Picasso.
Allí perdimos un amigo, en el edificio Mijagual; mayor que nosotros, pero el muy respetado y apreciado Julio González, quien junto con Néstor Coll y Rodolfo José Cárdenas, había fundado la librería Nuevo Orden, ubicada frente a la antigua sede de la Universidad Católica, especializada en autores como Jacques Maritain, Ingnacio Lepp, Tehilard de Chardin, encíclicas papales, que nos sirvieron de base para un compromiso político originado en la Rerum Novarum de León XIII.
Al día siguiente la televisión mostraba al periodista Oscar Yanez, micrófono en mano, recorriendo los escombros, detallando lo sucedido, preguntando e informando a bomberos, ingenieros, socorristas y sobrevivientes.
Cincuenta y ocho años después de ese año y ese mes terrible, se repitió en el mismo lugar, en el mismo mes y hora un nuevo terremoto originado en el Litoral central, ensañado con la misma zona caraqueña pero con mayor destrucción y dolor humano en el Litoral central, hoy conocido Estado Vargas.
Los reportes oficiales indican al momento de escribir estas líneas, 164 muertos y 900 heridos. Las imágenes me conducen a presentir con mucho dolor, que deben ser decenas de miles, muchos más. Aparte de los costos materiales causados en viviendas, instalaciones oficiales, hospitales, escuelas, comercios, y vías de comunicación.
Esta tragedia humana y material me llena de tristeza y dolor, no solo por las victimas humanas inmediatas, sino por las pérdidas materiales, y la impotencia evidente de un estado, de un gobierno, de un régimen incapaz de enfrentar con eficiencia, honestidad y profesionalidad la tragedia humana y material que acaba de acontecer.
El sistema sanitario venezolano, público y privado deja mucho que desear en los actuales momentos. Hospitales cerrados, profesionales de la medicina, médicos, auxiliares y enfermeros casi inexistentes, mal dotados, mal mantenidos, mal pagados; fuga de médicos, migración de personal de enfermería, ausencia de instrumentos y medicinas, instrumentos caducos o mal reparados. Defensa Civil desmantelada, Cuerpo de bomberos mal dotados, mal pagados, vehículos en desuso, maquinarias obsoletas.
No tiene el actual régimen de los hermanos Rodríguez, ni sus ministros, ni lo tuvo el presidiario Nicolás Maduro, ni el fallecido Hugo Chávez, la capacidad ni la intención de generar un gran país, con toda la riqueza acumulada, pero sin control, empeñados como estuvieron en hacer la revolución mundial, en detrimento de su propia población y territorio.
El primer año de gobierno de Hugo Chávez, el 15 de diciembre de 1999 se produjo el mal recordado Deslave del Ávila en su cara norte, la que mira justamente hacia el litoral, hacia el mar. Ese día el agua bajó a lo plano y arrastró, enterró y destruyó edificio, casas, calles, hospitales, escuelas, hoteles, árboles hacia el mar. Nunca se dio una cifra oficial de fallecidos, pero se estima que fueron entre 2,000 y 50 mil seres humanos. Al régimen que se iniciaba no le convino ofrecer la verdad.
En ese momento, el Ministro de la Defensa de aquel entonces, el General Raúl Salazar, aceptó la ayuda ofrecida por la armada estadounidense para la evaluación, asistencia y reconstrucción del litoral afectado. Y el tirano ignaro, Hugo Chávez, lo destituyó del cargo. De igual forma la Universidad Metropolitana, dirigida en ese momento por José Ignacio Moreno León, elaboró conjuntamente con la Embajada de Estados Unidos en Venezuela un proyecto de rescate, modernización y funcionalidad del litoral central, e igualmente el acomplejado tiranuelo Hugo Chávez, lo impidió.
En esta oportunidad, ejerciendo como ejerce Estados Unidos un tutelaje sobre los restos de una tiranía en Venezuela, a través de los hermanos Rodríguez y el mismísimo Diosdado Cabello, espero, aspiro confío en que Estados Unidos asuma directamente, sin intermediarios de dudosa conducta, el rescate y puesta al día de nuestras instituciones hospitalarias y de la Defensa Civil.
Ni un dólar se le debe entregar a los hermanos Rodríguez, porque se quedarán con ese dólar, de alguna manera. Es la oportunidad que darle a Defensa Civil, hoy inexistente, desde que el General Rivero Muñoz se asiló cuando constató la presencia de oficiales cubanos dirigiendo el Alto Mando militar. Esta tragedia que nos acoge y duele, no puede ser dejada a los saqueadores inmorales que hoy ejercen la conducción del mismo país que ayudaron a destruir.
No me queda nada por dentro, a pesar de mis reservas sobre el tutelaje, esperar, solicitar como venezolano, que en este momento, ante la dimensión del daño causado por los dos terremotos, sea Estados Unidos y sus autoridades quienes se encarguen directamente de dirigir y administrar la ayuda material de la reconstrucción de nuestro sistema de salud y de protección civil, con parte del dinero proveniente de la comercialización de nuestro petróleo que hoy fiscalizan.
*Juan José Monsant es diplomático venezolano, fue embajador en El Salvador.

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