Cuando la mentira se vuelve un problema de salud pública

¿Porque existe actualmente esa necesidad tan perversa de mentir? ¿Tergiversar la realidad? ¿Existe evidencia de que ahora mentimos más que antes?

El filósofo Hannah Arendt observó que el mayor peligro para una sociedad no es simplemente que existan mentiras, sino que se erosione la capacidad colectiva para distinguir entre verdad y falsedad. Cuando esa distinción se debilita, las personas dejan de confiar no solo en las instituciones, sino también en la posibilidad misma de conocer la realidad. En ese sentido, el desafío actual quizá no sea que la mentira sea completamente nueva, sino que el entorno tecnológico, político y social le permite difundirse con una eficacia sin precedentes.

No es necesariamente que mintamos más en nuestras sociedades. La mentira, al final es un mecanismo evolutivo de adaptación. En muchas especies existen formas de engaño para obtener alimento, evitar depredadores o aumentar el éxito reproductivo. En los seres humanos, el lenguaje permitió sofisticar esa capacidad. Mentimos para evitar castigos, obtener recursos, mejorar la posición social, proteger la reputación, influir en las decisiones de otros. Por ello la selección natural nunca elimino la capacidad de mentir. El problema real es cuando esa mentira se vuelve catastrófica para una sociedad. La mentira se vuelve catastrófica para una sociedad cuando deja de ser una conducta individual y pasa a convertirse en un mecanismo que altera la capacidad de la comunidad para tomar decisiones basadas en la realidad. En ese punto, no solo perjudica a personas concretas, sino que erosiona los cimientos de la convivencia. Por ejemplo, las mentiras en el ámbito de salud publica pueden llegar a afectar las decisiones de vida o muerte.

Mentir sobre epidemias, medicamentos, desastres naturales, conflictos armados o riesgos ambientales puede hacer que miles o millones de personas tomen decisiones equivocadas, con consecuencias irreversibles. La mentira también es catastrófica cuando manipula procesos democráticos. Si los ciudadanos votan sobre la base de información deliberadamente falsa, la legitimidad de las elecciones y la calidad de las decisiones públicas se deterioran. La democracia presupone un debate donde los desacuerdos se sustentan en hechos verificables, no en ficciones fabricadas. Similarmente es catastrófica cuando normaliza la corrupción. una cultura de la mentira puede ocultar el desvío de recursos, el abuso de poder o la impunidad. En esos casos, la mentira deja de ser un instrumento y se convierte en parte del sistema.

Ese es mi temor. Que la mentira se haya convertido en parte del sistema nacional de salud.

La semana pasada el señor ministro de salud dio unas declaraciones ante la comisión de hacienda de la Asamblea legislativa en el canal 21, sobre la esperanza de vida en nuestro país. En dicha intervención el señor ministro recalcó las acciones de infraestructura a nivel nacional durante los últimos años, específicamente durante el gobierno de Nuevas Ideas. Y como esta renovación y equipamiento de los hospitales de segundo y tercer nivel se han traducido en mejorías substantivas de la salud publica en el Salvador. El ministro recalcó que los datos sobre la esperanza de vida que estaba presentando era datos “objetivos e irrefutables” del impacto en la salud pública en el país. Según el cuadro presentado la mejora en la esperanza de vida del año 2007 (69.82 años) al año 2025 (75.6 años), era de 5.78 años en un periodo de 18 años.

Omitió mencionar que estos datos eran proporcionados por el Banco Central de Reserva de El Salvador, y que para los años 2024 y 2025 discrepaban de datos internacionales (Organización Panamericana de la salud). Según datos de la OPS el incremento total (2007–2024): de 69.82 a 72.30 años, equivalente a 2.48 años de ganancia en esperanza de vida, discrepando de los 5.7 años de ganancia, que presentaba en su cuadro el señor ministro. Recordemos que la pandemia del COVID-19 produjo una disminución de la esperanza de vida en el periodo 2020-2021 de 1.8 años. Es decir, un evento catastrófico mundial produjo en El Salvador una disminución de 1.8 años, pero el MINSAL en un periodo similar logra un aumento de 5.78 años. Realmente algo inexplicable y para lo cual el señor ministro no tiene ningún fundamento o explicación. Eso no lo entiende ni Mandrake.

Hannah Arendt advertía que una sociedad no sucumbe porque existan mentiras; sucumbe cuando pierde la capacidad de reconocer la verdad. La confianza en las instituciones públicas depende de que sus autoridades presenten datos verificables, expliquen sus fuentes y estén dispuestas a corregir errores cuando los haya. En salud pública, las cifras no son propaganda ni herramientas de mercadeo político: son la base para asignar recursos, diseñar políticas y, en última instancia, proteger vidas. Cuando las estadísticas se manipulan o se presentan sin el debido rigor, no solo se distorsiona un indicador; se debilita la confianza ciudadana y se pone en riesgo la calidad de las decisiones colectivas. La verdad puede ser incómoda, pero siempre será menos peligrosa que una mentira convertida en política de Estado.

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