Sin intención de opinar sobre la conveniencia o no de la reelección presidencial en El Salvador y dado el caso que en Venezuela, aunque aún nos encontramos inmersos en una especie de tiranía tutelada, se ha planteado el tema de la reelección presidencial. Esto en base en que el fallecido Hugo Chávez, ordenó modificar la Constitución de 1999, que él había ordenado redactar en su momento, mediante una constituyente.
En ella no solo eliminó la tímida federación, más bien moral reconocimiento del pasado independentista, que teníamos a nivel constitucional, sino que se centralizó todo el proceso de decisiones regionales en el Ejecutivo Nacional. No obstante ese desmedido centralismo, luego del golpe cívico-militar fallido del 11 de marzo del 2002, Chávez ordenó a la Asamblea modificar la Constitución. En efecto, el 15 de febrero del 2.009 la Asamblea procedió hacerlo para permitir la reelección presidencial en forma continua e indefinida. La cual no pudo ejercer, dado que falleció, aparentemente, en la ciudad de Caracas el cinco de marzo del 2.013.
Para los venezolanos de hoy, que aspiran a una libre, confiable y supervisada elección presidencial, la Constitución 1.999 debe ser sometida de inmediato a una nueva modificación mediante una nueva constituyente conforme a los cánones republicanos y adecuada a un país que gozaría de plena libertad, respeto a los Derechos Humanos, la estricta separación de los poderes públicos, y adaptada a los nuevos tiempos civilizatorios que transitamos.
Por supuesto, se debatiría el caso de los lapsos presidenciales, su continuidad y limites. Habría mucho que discutir, dada que la actual fue realizada por una Asamblea totalmente designada por Chávez y sus colaboradores totalistas, antiguos marxistas, socialistas, irredentos y oportunistas.
La realidad venezolana es totalmente diferente, en su esencia y forma a la realidad salvadoreña, en este aspecto. Nuestra tiranía militar castrista acabó con la democracia en Venezuela. Nuevas Ideas, el presidente Nayib Bukele, acabó con la dictadura bipartidista que se había instalado en El Salvador, desde que se firmaron los Acuerdo de Paz en el Palacio de Chapultec.
Luego entonces, el caso de la reelección presidencial en uno y otro país es diferente, aunque la esencia del alcance legal y político de la reelección indefinida, es conceptual.
La reelección presidencial no es buena o mala en sí misma. La reelección indefinida tiene de positivo que proyectos nacionales largos, infraestructuras, reformas educativas y económicas que sobrepasan un periodo presidencial de cuatro o cinco años, podrían truncarse si se diera un cambio presidencial, los proyectos largos a ejecutar. En todo caso, el presidente sabe que el elector lo va a juzgar por lo que cuida su gestión y le da estabilidad al país, mientras se concluyen proyectos a largo plazo.
Por ejemplo el gobierno de Angela Merkel en Alemania, (post 2008) duró 16 años consecutivos. Habérselo prohibido hubiere sido ir contra la esencia de la democracia: el elector, el pueblo decide. Lo que nos conduce directamente a inferir que la reelección puede ser positiva si hay instituciones fuertes, con limites claros y elecciones reales.
En Inglaterra no existe la reelección presidencial, porque no hay presidente; existe la figura de un Primer Ministro elegido por el Parlamento. Si se quiere, es una elección popular de segundo grado, sin límite de tiempo en su mandato. Su ejercicio dura hasta que el Parlamento lo decida. Es decir, hasta que la mayoría política que lo eligió en el Parlamento lo apoye o le retire su apoyo.
Margart Thatcher (1979-1990) ejerció el poder hasta que su partido perdió las elecciones generales, y sus parlamentarios pasaron a ser minorías. Igual caso fue el de Tony Blair. (1997-2007). Posteriormente Boris Johnson duró 3 años como Primer Ministro, y Liz Truss 49 días.
Italia es igualmente un sistema parlamentario, tanto el Presidente (Jefe de Estado) como el Primer Ministro (Jefe de Gobierno) son elegidos por el Parlamente italiano. Es decir, por la mayoría parlamentaria del partido político que representan, sin límite de tiempo. Por ejemplo, la actual Primera Ministra, Giorgia Meloni, ejerce el cargo de Presidenta del Consejo de Ministros de Italia, desde 1922, y lo ejercerá hasta que su mayoría parlamentaria le otorgue su confianza o se la retire, sin límite de tiempo.
Como se observa, en esencia en Occidente, en nuestro mundo occidental (cultura judeocristiana) la esencia de una autoridad pública, el ejercicio de un mandato público (presidencial o parlamentario) es la voluntad popular, el elector, porque la soberanía reside y la ejerce el pueblo, el elector. En consecuencia, el ejercicio del Ejecutivo, sea parlamentario o presidencialista se sustenta, se legitima en la voluntad popular, en la decisión del elector. Y el elector solo vota libremente en democracia, sea parlamentaria, republicana, presidencialista o mixta.
Para ello, es indispensable la existencia de instituciones serías creíbles e independientes. Y para mayor independencia y soberanía, mayor conciencia republicana, cultura política, cultura formal, cultura profesional.
Rechazar la reelección presidencial, bajo argumentos opacos o prejuiciados por la experiencia hispanoamericana, de nuestros vacilantes ciudadanos, no es más que un prejuicio o temor por la experiencia que nos precede. Con igual intensidad, podríamos exigir que nuestros parlamentarios no ejerzan su investidura por tiempo indefinido, igualmente deberían tener tiempo fijos de ejercicios en su cargo, sin posibilidades de ser reelegidos.
Claro está para ello, se necesita la existencia de instituciones fuertes, continuas sobre las que se sustente la vida diaria y republicana de los ciudadanos. Conciencia de sus derechos y deberes, de sus limites y alcances.
De modo que la reelección presidencial recae en lo que decida el elector en El Salvador, Venezuela, España, Estados Unidos o Gran Bretaña, donde quiera que la democracia se sustente en ese concepto y alcance de la soberanía.
* Juan José Monsant Aristimuño, diplomático venezolano, fue embajador en El Salvador.

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