Entre copas, la del Mundial de fútbol es la más cara y codiciada del deporte

El trofeo deportivo más valioso del planeta es una joya de 6.175 kilogramos de oro de 18 quilates cuyo valor, según la tasa del metal, oscila entre $250,000 y $300,000.

Los especialistas calculan que, al ser una pieza única e invaluable desde el punto de vista cultural, su valor en una subasta hipotética alcanzaría una cifra astronómica.

La Copa del Mundo que espera a España o Argentina este domingo en Nueva York brilla por su historia y el metal que la constituye, pero en realidad encierra un pasado repleto de misterios y robos ridículos, ya consagró a un héroe de cuatro patas y hasta rozó la tragedia.

Esta es la evolución de un galardón que ha cambiado dos veces de rostro y que resistió a una guerra.

Rimet, Jules Rimet (1930-1970)

La historia comenzó con una estatuilla diseñada por el escultor francés Abel Lafleur. Representaba a Niké, la diosa griega de la victoria, y estaba elaborada con plata esterlina chapada en oro sobre una base de la piedra semipreciosa lapislázuli.

Originalmente medía 35 centímetros y pesaba 3.8 kilos.

Era tan «compacto» el trofeo que en los años 50 la base tuvo que ser modificada y alargada para que cupieran las placas con los nombres de los nuevos campeones.

Pero lo verdaderamente fascinante de este primer trofeo fue su capacidad de supervivencia… al menos al principio:

Durante la Segunda Guerra Mundial, con Italia como campeona vigente un año antes (1938), el vicepresidente de la FIFA Ottorino Barassi temió que las tropas nazis o fascistas confiscaran el oro de la copa.

En un acto de audacia, la retiró en secreto de un banco en Roma y la escondió debajo de su cama, metida en una vieja caja de zapatos.

Los soldados alemanes registraron su vivienda de arriba a abajo, pero jamás se les ocurrió mirar en la caja.

Gracias a Barassi, la copa no sucumbió al conflicto.

En 1966, meses antes del Mundial en Inglaterra, el trofeo fue robado en Londres.

La noticia abrió paso a un ridículo internacional para Scotland Yard, que entonces lidiaba con exigencias anónimas de rescate.

Días después, un ciudadano identificado como David Corbett sacó a pasear a su perro Pickles, un border collie blanco y negro.

El can olfateó un paquete sospechoso envuelto en periódicos junto a la rueda de un automóvil. Al abrirlo, Corbett descubrió la silueta de la diosa Niké.

Pickles se convirtió en héroe nacional, ganó comida gratis por el resto de sus días y fue el invitado de honor en el banquete de celebración del título de Los Tres Leones.

Veinte años después del Maracanazo, otra tragedia en Brasil

En 1970, tras ganar su tercer mundial, Brasil se adjudicó el derecho de conservar el Trofeo Jules Rimet para siempre.

La Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) lo llevó a sus vitrinas en Río de Janeiro, apenas protegido por un cristal antibalas al frente. Lo insólito es que nadie se percató del grosero error de dejar semejante obra de arte protegida en su parte trasera apenas por una estructura de madera común.

En diciembre de 1983, unos ladrones aprovecharon esa debilidad y usaron una palanca para desprender la madera.

El trofeo original desapareció para siempre. Según la confesión de los implicados, la mítica copa fue fundida por un joyero argentino llamado Juan Carlos Hernández.

Fue, al menos la versión de la policía en su momento. Hernández fue arrestado e investigado, pero jamás se encontraron rastros de oro con la pureza específica de la Jules Rimet.

Muchos historiadores y expertos han concluido años después que la copa no se fundió, ya que el metal valía muy poco en esa época en comparación con el riesgo de hacerlo. Por contra, ha cobrado más peso versión de que fue vendida a un coleccionista privado en el mercado negro y sigue oculta en algún lugar del mundo.

Hoy se calcula que la Jules Rimet, si se pudiera llevar a subasta, superaría los 10 millones de dólares.

De esa quimera, la Confederación Brasileña de Fútbol conserva una réplica exacta donada por la FIFA en 1984.

Desde 1974 una obra maestra con fecha de caducidad

La FIFA convocó entonces a un concurso global en el que se recibieron 53 propuestas. El ganador fue el escultor italiano Silvio Gazzaniga quien presentó un diseño que mide 36.5 centímetros, tiene dos anillos de malaquita verde en la base y pesa exactamente 6.175 kilos de oro macizo de 18 quilates.

Contrario a lo que podría pensarse, el trofeo es hueco por dentro.

¿La razón? Si fuera completamente sólido, pesaría entre 70 y 80 kilos. En otras palabras, haría casi imposible que los capitanes y los jugadores de la selección campeona pudieran levantarlo.

En la base de esta obra maestra se graban los nombres de las selecciones campeonas en su idioma original como 1974 Deutschland, o 2022 Argentina.

España espera inscribir de nuevo su nombre, 16 años después de haberlo conquistado en Sudáfrica.

Y Argentina, el campeón de la edición de hace cuatro años en Catar, se lee en la base con conquistador de las ediciones de 1978 y 1986.

Se calcula que el espacio físico para seguir añadiendo placas de campeones solo alcanzará hasta el Mundial de 2038. Después de esa edición, la FIFA se verá obligada a modificar la estructura actual o a mandar a diseñar el tercer trofeo de la historia.

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