La Odisea de las MYPE

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No toda la literatura antigua es clásica. «La Odisea» de Homero se ha ganado el calificativo por su calidad y vigencia casi tres mil años después de ser escrita. Ya no tenemos naves de veinte remos, pero la vida continúa siendo una travesía de tentaciones e imprevistos donde el heroísmo no consiste en vencer sino en no dejar de intentar volver. Eso mismo hace el casi millón de micro y pequeñas empresas (MYPE) de nuestro país cuando levanta la cortina metálica, enciende la plancha o carga la canasta para empezar de nuevo; aunque lleve demasiado tiempo sin llegar a Ítaca.

Los dioses del Olimpo fiscal.

En Homero, los dioses no son malos: son parciales. Poseidón persigue a Ulises por rencor; Atenea lo protege por afecto; Zeus arbitra según su humor. El destino del héroe depende menos de su mérito que de a quién le caiga bien.

El sector público salvadoreño ha jugado ese papel con notable fidelidad al modelo homérico. En el informe “Estado de la MYPE 2023” se resaltaba que en 2016 los incentivos fiscales otorgados a las actividades del sector formal ascendieron a unos US$900 millones, equivalentes al 3.42 % del PIB. Ese apoyo se dirigió a empresas que emplean aproximadamente a un tercio de la población ocupada. Los dos tercios restantes —los que trabajan en o para las MYPE— reciben una mínima fracción de esa generosidad divina.

No es que el Olimpo sea hostil. Es que mira hacia otro lado. Y como en «La Odisea», la indiferencia de los dioses cuesta tanto como su ira.

Polifemo y la hospitalidad rota.

Cuando Ulises llega a la cueva del cíclope, no pide un favor: invoca un derecho. La «xenía», la hospitalidad sagrada, obligaba al anfitrión a alimentar y proteger al forastero antes incluso de preguntarle su nombre. Polifemo se ríe de esa ley. Es grande, fuerte, y por eso cree que no le aplica. Devora a los huéspedes, apila desorden en su caverna y ensucia todo lo que toca.

Vale la pena invertir el retrato habitual. En El Salvador se ha construido la narrativa de que el desorden, la suciedad y el abuso son atributos del pequeño: del vendedor en la acera, del taller de barrio, del comedor sin rótulo. Y sin embargo son las grandes unidades las que generan las mayores externalidades ambientales, las que más parquean en la vía pública y las que, con más frecuencia, obtienen que el espacio público —y en ocasiones el privado— se reorganice a su conveniencia. Ejemplo de ello son los desalojos de los centros históricos de varias ciudades, que el informe “El estado de la MYPE 2025” sitúa entre las causas de la caída en la contribución de las MYPE formales al PIB.

Ulises venció a Polifemo diciéndole que se llamaba «Nadie». Esto no ha funcionado para un sector MYPE que lleva décadas llamándose así.

Crédito: viento o huracán.

Eolo le regala a Ulises un odre con todos los vientos adversos encerrados, y deja libre solo el que empuja a Ítaca. Durante nueve días la nave navega a la perfección. A la vista de la costa, Ulises se duerme; la tripulación, convencida de que el odre esconde oro, lo abre. Los vientos escapan todos a la vez y la nave es arrastrada de vuelta al punto de partida.

No hay mejor descripción del crédito para las MYPE. Bien administrado, es el viento que lleva a puerto. Mal calibrado, es un huracán que arrastra las barcas de institución en institución hasta que naufragan. Casi cuatro de cada cinco asesores microfinancieros encuestados en 2024 reportaron un incremento significativo de microempresarios de subsistencia que cayeron en mora y dejaron de ser clientes de una institución. Entre estos empresarios, un 64.4 % consiguió crédito en otras entidades formales, pero más del 32 % presentaba mora en esos nuevos compromisos y el 18.2 % combinaba deudas formales con prestamistas informales.

De ahí la advertencia más contraintuitiva del informe “El estado de la MYPE 2025”: el problema de fondo no es la necesidad de crédito, sino la incapacidad de generar ingresos sostenibles. Inyectar deuda en negocios con modelos poco diferenciados y flujos volátiles agrava la crisis en lugar de resolverla. El odre debe abrirse con criterio, o no tocarse.

El hechizo de la usura.

De todos los episodios del poema, ninguno describe mejor la usura que el de Circe. La hechicera no ataca sino que invita. Sirve queso y vino a marineros que llevaban semanas sobreviviendo a la sal y al viento. Solo después de comer descubren que el precio del banquete es la inhumanidad.

Los prestamistas informales salvadoreños operan exactamente con ese guion. Desembolsan el mismo día, no piden papeles, cobran en el puesto de trabajo y se adaptan al flujo diario de la venta. Son, en apariencia, lo único que funciona.

Pero el banquete sale caro: tasas de interés promedio anual de 1,869 % en 2022, con casos extremos por encima del 13,500 %, frente a una tasa máxima legal de 82.7 %. Montos de menos de US$500, plazos menores a 30 días, pagos diarios y garantías —pagarés, letras de cambio, firmas solidarias, hipotecas subvaloradas a menos del 30 % de su valor real— que permiten quedarse con el negocio entero ante el primer tropiezo.

El tamaño del hechizo es macroeconómico: el financiamiento informal recibido por las MYPE asciende a US$1,251.5 millones anuales, equivalentes al 3.6 % del PIB y al 7.4 % de todo el crédito otorgado por el sistema financiero formal. El 49.7 % de las microempresas de subsistencia depende de él.

Y aquí aparece la ironía más amarga: buena parte de este mercado fue empujado hacia Circe por un dios, la mal llamada Ley contra la Usura de 2013. Al fijar topes calculados con las condiciones de la banca comercial y de la banca estatal subsidiada, la ley volvió inviable para las microfinancieras formales atender al cliente más pequeño y riesgoso, lo que allanó el camino a los usureros. Una década después, el 62.2 % de las MYPE sigue recurriendo a prestamistas informales, y el mecanismo de denuncia que la ley creó apenas se usa: casi la mitad de los empresarios calla por temor a perder el acceso al financiamiento.

Hermes entregó a Ulises la planta «moly» para inmunizarlo contra el hechizo. Aquí la planta se llama productos financieros formales diseñados para ingresos irregulares y baja documentación, pero la ley ha repartido más usura.

La digitalización es la balsa.

Ulises pasó siete años cómodo con Calipso, quien le ofrecía todo menos una nave para irse; hasta que, presionada por los dioses, finalmente le prestó las herramientas para que construyera su balsa.

Así se ve hoy la digitalización de las MYPE salvadoreñas: una comodidad que no avanza. Cuatro de cada cinco establecimientos tienen conexión a internet y con frecuencia usan redes sociales y mensajería electrónica para coordinar ventas. Parecen cifras de un sector conectado. Pero cuando se mira qué hay debajo de esa fachada, aparece el cautiverio: un tercio de los empresarios MYPE no utiliza ninguna tecnología en las actividades cotidianas de su negocio —cifra que asciende a la mitad entre quienes no pasaron de sexto grado—. Apenas una cuarta parte usa correo electrónico y solo un 5.9 %, inteligencia artificial. En otras palabras, se vende por redes sociales, pero se sigue anotando en cuaderno. Las balsas de la digitalización necesitan un impulso. Es necesario salir de la isla.

Telémaco: Sirenas o Esparta.

Como Telémaco al salir a buscar a Odiseo, cada año alrededor de 85,000 jóvenes salvadoreños alcanzan la edad y la disposición para entrar al mercado laboral. En promedio, durante cuatro décadas, unos 15,000 se reúnen con Menelao y encuentran empleo formal, unos 35,000 se incorporan a la economía informal y unos 35,000 emigran (principalmente de forma irregular). El resultado acumulado es un país cuyas remesas rondan el 25 % del PIB y en el que un tercio de los microempresarios reporta que al menos un miembro de su familia emigró en los últimos cinco años.

Una de las soluciones para evitar caer en el atractivo, pero peligroso, canto de sirenas de la migración es poner un negocio. Según el informe “Estado de la MYPE 2023”, esto reduce en más del 60 % la intención de emigrar entre quienes la estaban considerando —y el efecto supera el 80 % en los microempresarios de subsistencia y del sector agropecuario—. También llama la atención que casi la mitad de quienes abandonaron la idea de irse lo hicieron porque obtuvieron un préstamo para comenzar dicho negocio. Ulises se hizo atar al mástil. Aquí bastaría con darle a la tripulación una razón para quedarse en cubierta.

Penélope: la travesía que ocurre en casa.

Buena parte de «La Odisea» no transcurre en el mar sino en Ítaca, donde Penélope sostiene el reino con un trabajo que nadie contabiliza, que se deshace cada noche y se rehace cada día, y que es la única razón por la que hay algo a lo que volver. Sin ese telar, el regreso de Ulises no sería heroico sino trágico.

En el sector MYPE salvadoreño, las responsabilidades del hogar restan unas 4.1 horas diarias y recaen tanto en Penélopes como en Odiseos, aunque de forma desigual. Las empresarias dedican en promedio cinco horas diarias al trabajo doméstico y de cuidado de personas, frente a 2.5 horas de los hombres.

Como en Ítaca, el trabajo doméstico no se paga: tres de cada cuatro empresarios que reciben ayuda doméstica no remuneran a quien la realiza, y cuando pagan, el monto queda muy por debajo del salario mínimo.

El mendigo en su propio palacio: la informalidad.

El momento más duro del poema no es el cíclope ni la tormenta. Es el regreso. Ulises entra a su casa disfrazado de mendigo, y los pretendientes que se están comiendo su hacienda lo insultan y lo golpean. El dueño legítimo del palacio es tratado como un vagabundo en su propia sala.

Ese es, lamentablemente, el lugar social de la informalidad salvadoreña. El sostén del 40.6 % del PIB —que, sumado al aporte de las MYPE formales, lleva al sector a explicar casi la mitad de la economía nacional— es percibido como estorbo, como «vivián» o como fuente de desorden. El 76 % de los microempresarios encuestados en el informe “Estado de la MYPE 2024” no cumplía ninguna de las tres obligaciones básicas (ISSS, AFP, IVA), pero no por astucia: el 37.2 % señaló que los ingresos del negocio no alcanzan para pagarlas, el 36.9 % los altos costos y el 30.6 % el exceso de trámites. La informalidad, como recuerda la OIT, es menos una elección que una estrategia de supervivencia.

De hecho, los microempresarios informales ven como principal incentivo para formalizarse el hecho de que se reconozca su negocio como una actividad legal, más que el acceso a algún servicio gubernamental. No piden limosna. Piden que alguien mire la cicatriz. En Ítaca, Euriclea lavó al mendigo y reconoció al héroe. Los informes sobre el Estado de la MYPE cumplen esa función. Son el agua que limpia la mugre y revela al dueño de la casa.

Ítaca.

Ulises pierde su flota y el botín de Troya. Llega a Ítaca solo, desnudo y sin nada… pero llega. Informe tras informe, la mayoría del empresariado MYPE mantiene una visión optimista, esperando que el próximo trimestre sea mejor y revelando su rasgo más homérico: la negativa obstinada a aceptar un viaje que termine mal.

Este optimismo es un activo. Pero un activo no es una política. Ulises llega a Ítaca porque Atenea interviene, porque Alcínoo lo hospeda, porque Euriclea lo reconoce y porque Penélope, durante veinte años, no soltó el telar. El regreso es un logro colectivo disfrazado de gesta individual.

La otra cara de la economía salvadoreña —esa mitad del PIB que no aparece en los discursos— lleva demasiado tiempo remando sin dioses, vientos ni mareas favorables. Reconocerla no es un ejercicio estadístico. Es aceptar que el canto no termina cuando los reyes saquean Troya, sino cuando se libera la casa.

Gabriel Pleités, Ph. D. en economía por la Universidad de Utah.

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