¿El Salvador está listo para un terremoto viviendo en las alturas? Esto explica un arquitecto

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El acelerado crecimiento vertical de San Salvador reabre la interrogante sobre la vulnerabilidad sísmica del país. El arquitecto y catedrático de la Universidad de El Salvador, Miguel Ángel Pérez, explica los factores técnicos —desde las «tierras blancas» del suelo local hasta la flexibilidad del acero— que desmitifican el peligro de los edificios altos frente a la construcción horizontal.

Los recientes eventos telúricos de gran magnitud registrados en la región de Sudamérica, entre ellos el terremoto de magnitud 7.4 que sacudió a Colombia, han vuelto a poner sobre la mesa una discusión para El Salvador: ¿qué tan preparadas están nuestras ciudades para soportar un gran terremoto frente al acelerado «boom» de construcciones verticales?

En los últimos años, el paisaje del Área Metropolitana de San Salvador (AMSS) ha experimentado una transformación radical, caracterizada por la proliferación de torres de apartamentos y oficinas. Esta concentración habitacional y comercial en espacios reducidos genera dudas y temores naturales entre la población. Sin embargo, desde la perspectiva de la ingeniería sísmica y la arquitectura, el riesgo no se mide simplemente por la altura de una estructura.

Para el arquitecto Miguel Ángel Pérez, catedrático de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de El Salvador (UES), el temor popular de que «a mayor altura, mayor riesgo» es técnicamente incorrecto. «La seguridad estructural no depende únicamente de la altura, sino del diseño, los materiales, las normas de construcción y el tipo de suelo», dijo el especialista en la entrevista Diálogo de canal 21 este martes.

Arquitecto Miguel Ángel Pérez, catedrático de la UES. / Cortesía de Diálogo 21.

Según el catedrático de la UES, la clave de la resistencia de una edificación ante un movimiento telúrico radica en factores como la frecuencia y el periodo de vibración de las ondas sísmicas, los cuales interactúan de forma distinta según la tipología del inmueble:

  • Sismos de período corto (vibración rápida): Estas fuerzas suelen afectar con mayor severidad a las edificaciones de baja altura y viviendas horizontales de pocos niveles.
  • Sismos de período largo (vibración lenta): Son aquellos cuyas ondas se extienden más en el tiempo y tienden a generar un impacto mayor en las estructuras de gran altura (torres).

Pérez señala que, paradójicamente, un colapso en un edificio alto es sumamente inusual comparado con la vulnerabilidad de la vivienda horizontal informal. «A una torre o a un edificio en altura se le pone mucha más atención; se realizan estudios geotécnicos sumamente delicados, la ingeniería estructural aplicada cuenta con mayor nivel de estudio y reflexión, y los sistemas constructivos empleados son muy rigurosos», detalla el académico.

El escudo geológico salvadoreño

Otro factor fundamental que juega a favor de la seguridad sísmica en la capital salvadoreña es la geología local. Al comparar la situación de El Salvador con otros países propensos a terremotos catastróficos, como México, las diferencias de suelo son determinantes.

Mientras que Ciudad de México se asienta sobre suelos arcillosos e inestables, que amplifican las ondas sísmicas, el territorio de San Salvador cuenta con suelos de origen volcánico conocidos popularmente como «tierras blancas». «Estas son capas mucho más consolidadas que nos brindan una mejor condición de soporte y disipación de la energía sísmica», explica el arquitecto Pérez.

El maestro universitario señaló que la historia de la construcción en El Salvador está ligada de forma directa a su sismicidad. Tras los sismos históricos de principios del siglo XX (1917 y 1919), la arquitectura local experimentó una transición desde el adobe y la madera de la época colonial y republicana hacia sistemas de concreto reforzado, un material rígido que dominó el mercado habitacional hasta finales de la década de los ochenta.

Sin embargo, tras los aprendizajes de los terremotos de 1986 y de 2001, la ingeniería sísmica salvadoreña —calificada por Pérez como de «muy alta calidad»— adoptó un nuevo estándar para los desarrollos en altura: el acero estructural.

«Hemos pasado progresivamente del concreto reforzado al acero, el cual se ha tornado el estándar para la edificación en altura en El Salvador», apunta el catedrático. Esta transición responde a un cambio fundamental en la filosofía de diseño sísmico global. En lugar de buscar estructuras sumamente rígidas para «resistir» la fuerza imponente de la naturaleza, la ingeniería moderna apuesta por la flexibilidad.

«Hoy entendemos que nunca vamos a resistir las fuerzas de la naturaleza de manera rígida; una de las mejores maneras es ser flexible. El edificio de concreto es más rígido; el edificio de acero tiene más flexibilidad y se va a mover más», añadió el experto, comparando el comportamiento estructural al de una caña que se dobla ante el viento en contraste con un árbol rígido que se quiebra.

Edificios en construcción en la colonia Maquillishuat en San Salvador.

Como hito pionero de esta ingeniería flexible en el país, Pérez señala fue la construcción de la Torre Citi (antes conocida como Torre Cuscatlán o de la Democracia), que marcó la introducción de estas tecnologías y metodologías de encofrados avanzados en el territorio.

Pérez indicó que el verdadero reto ante un sismo mayor o el uso cotidiano de la ciudad no radica únicamente en las paredes del edificio, sino en la capacidad de las redes de servicios públicos —agua potable, drenajes de aguas negras y lluvias, transporte, electrificación y conectividad vial— para asimilar la densificación de población en puntos específicos denominados «nuevas centralidades».

Para Pérez, la solución definitiva requiere un mapa de planificación territorial participativo y real donde el Estado, las municipalidades, los gremios profesionales, como CASALCO,  y la academia trabajen de la mano para que el desarrollo físico del país no marche a una velocidad distinta de sus servicios básicos.

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