El Salvador vive una de contradicción ambiental alarmante y es que mientras el promedio anual de lluvia en el planeta ronda los 960 milímetros, el territorio salvadoreño registra una media histórica de 1,867 milímetros. Es decir, en el país llueve casi el doble que el promedio global, apuntó este lunes el presidente del Centro Salvadoreño de Tecnología Apropiada (CESTA), Ricardo Navarro.
Sin embargo, apenas concluye la época invernal, miles de familias en comunidades de todo el territorio se ven obligadas a manifestarse en las calles ante la falta de agua potable.
Navarro enfatizó, en la entrevista Diálogo 21, que la escasez hídrica en el país no obedece a la falta de precipitaciones, sino a una «destrucción sistemática del territorio».
«¿Cómo es posible que nos haga falta agua?», cuestionó Navarro durante la entrevista. Según el ambientalista, el volumen global de lluvias en El Salvador no ha disminuido sustancialmente en las últimas décadas, sino que «se ha desordenado». El verdadero problema radica en que el agua no se infiltra en los mantos acuíferos, debido a la acelerada deforestación y la urbanización descontrolada.
Navarro citó como ejemplo crítico las construcciones sobre zonas de lava, las cuales funcionan de manera natural como «esponjas» gigantescas para recolectar el agua lluvia. Al pavimentar y cementar estas áreas de recarga acuífera, el agua corre superficialmente provocando graves inundaciones en el invierno para luego terminar directamente en el mar sin ser aprovechada.
«Estamos talando los reductos boscosos que nos quedan para hacer construcciones y obras. Si tuviéramos un manejo territorial adecuado, todas las viviendas, el comercio y la agroindustria dispondrían de agua suficiente gracias a la cantidad de lluvia que recibimos».
Ricardo Navarro, presidente de CESTA.
La amenaza inminente de un «Super Niño»
Esta crisis de gestión territorial se suma a un panorama climático global hostil. Según proyecciones de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de EE. UU. (NOAA) y el programa europeo Copernicus citadas por Navarro, existe entre un m93% y 95% de probabilidad de que el fenómeno del Niño alcance una categoría «superfuerte» a finales de este año.
A diferencia de un fenómeno «débil» o «moderado» (que registran anomalías de temperatura de entre 0.5 y 1 grado en la superficie del Océano Pacífico), las mediciones actuales muestran una anomalía térmica de 3 grados en la superficie y hasta 10 grados en las capas profundas. Esto se traducirá en temperaturas mucho más elevadas y sequías severas para la región centroamericana.
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«El calor va a mantenerse alto en los próximos meses. La tendencia a mediano plazo (10 años) es caótica y va al alza», señaló Navarro, advirtiendo que El Salvador ya registra su tercera sequía consecutiva en plena época de lluvias.
Los impactos en la vida cotidiana: Factura de luz y soberanía alimentaria
El fenómeno del Niño ya impacta en la vida cotidiana de los salvadoreños, un efecto cascada que no solo se resume en el calor. La escasez hídrica proyectada golpeará de forma directa dos áreas vitales para las familias salvadoreñas: el costo de la energía y el precio de los alimentos.
Al disminuir el caudal de las presas hidroeléctricas por falta de lluvias, el país se verá obligado a recurrir a la generación térmica mediante la quema de búnker. Aunque el Gobierno pueda «disimular», según Navarro, este encarecimiento mediante subsidios, recordó que esto terminará drenando recursos estatales de otras áreas críticas como los hospitales y la infraestructura vial.
Actualmente, la mayoría de las verduras, frutas y hortalizas que consumen los salvadoreños provienen de importaciones de países vecinos. Ante una sequía regionalizada, el desabastecimiento o el incremento severo de precios es un riesgo inminente.
«Deberíamos tener una decisión firme de producir localmente todo el maíz, frijol y hortalizas que consumimos. Vienen tiempos de vacas flacas», alertó Navarro, recordando que en el pasado El Salvador ha tenido que comprar frijoles a países tan distantes como Etiopía y China por falta de reservas nacionales.
¿Qué hacer?
Frente a este escenario, CESTA propone acciones urgentes de resiliencia nacional. Entre ellas destaca la creación de santuarios o bancos de semillas criollas para proteger la biodiversidad hídrica y agrícola del país, garantizando que los agricultores tengan variedades resistentes al clima futuro.
Finalmente, Navarro hizo un llamado a un esfuerzo nacional conjunto que involucre a todos los sectores de la sociedad, incluyendo a las iglesias de todas las denominaciones. Sugirió que la reforestación debería ser adoptada como una «obligación moral» y comunitaria.

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