Hace algún tiempo, mientras revisaba unos libros antiguos, encontré uno que me hizo detenerme. No era una edición lujosa.
Sus páginas mostraban el paso de los años y, en algunas partes, todavía conservaba aquellas señales que dejamos cuando somos estudiantes: una palabra subrayada, una esquina doblada, alguna anotación escrita rápidamente al margen.
Lo abrí. Y ocurrió algo hermoso. Por unos minutos no estaba leyendo solamente un libro. Estaba regresando a mis años de estudiante. Creo que muchos hemos vivido alguna vez esa experiencia.
Encontramos una obra que leímos en séptimo, octavo o noveno grado y, de repente, regresan el salón de clases, los compañeros, el maestro y hasta aquella tarea que entonces nos parecía interminable.
El libro que nos obligaron a leer
Seamos sinceros. Muchos de nuestros primeros encuentros con la literatura no comenzaron diciendo: “¡Qué alegría, hoy voy a leer una novela!” Fue exactamente, al contrario.
El maestro anunció: “Para el próximo mes deberán leer este libro”. Y algunos preguntábamos inmediatamente: ”¿Cuántas páginas tiene? Queríamos saberlo todo menos la historia.
Pero comenzábamos a leer. A veces por obligación o porque habría un examen y sin darnos cuenta, en algún momento, dejábamos de cumplir una tarea y empezábamos a entrar en otro mundo. Ese era el pequeño milagro.
Aquellos libros siguen allí
Cada generación conserva sus propias lecturas escolares. Algunos recordarán El Principito. Otros regresarán mentalmente a las páginas de Cuentos de barro, de Salarrué.
Muchos salvadoreños reconocerán versos de Alfredo Espino que aprendieron cuando todavía eran jóvenes. También aparecieron Cervantes y tantos otros autores que, quizá en aquel momento, parecían demasiado lejanos.
Pero ocurre algo curioso cuando volvemos a leerlos siendo adultos. El libro es el mismo.
Quien cambió fue el lector.
A los catorce años podemos leer una historia y quedarnos con la aventura. Treinta años después encontramos allí la soledad, la amistad, el miedo, la pérdida, el amor o alguna verdad sobre la vida que antes no teníamos edad para comprender.
Los buenos libros esperan. No se molestan porque no los entendimos completamente la primera vez.
Aquel maestro que puso un libro en nuestras manos
También deberíamos recordar a nuestros maestros. Quizá nunca supieron lo que provocaron. Un profesor recomendó una novela. Otro leyó un poema en voz alta.
Una maestra llevó al grupo a la biblioteca. Alguien nos dijo: “Léalo, creo que le va a gustar”. Y aquella pequeña recomendación pudo acompañarnos durante décadas.
Como Alfredo, y después de tantos años dedicado a la educación y a la escritura, sigo creyendo que un maestro puede cambiar una vida cuando logra que un estudiante descubra el placer de leer.
No necesita conseguir que todos amen el mismo libro. Basta con ayudar a cada joven a encontrar su libro. Ese que abre una puerta.
La biblioteca de nuestra memoria
Las bibliotecas escolares también tuvieron algo especial. Entrábamos buscando una tarea y muchas veces encontrábamos otra cosa. Había estantes, silencio, libros que nadie nos había pedido y títulos que despertaban curiosidad.
Hoy los jóvenes poseen posibilidades extraordinarias. Pueden llevar cientos de libros en un dispositivo y encontrar información en segundos. Eso es maravilloso. Pero todavía necesitamos enseñarles algo que ninguna tecnología puede hacer por ellos: detenerse ante una historia y darle tiempo.
Leer requiere paciencia. Y la paciencia también educa.
Volver a leer aquel libro
Por eso quisiera hacer una invitación sencilla. Busquemos alguno de aquellos libros de nuestra adolescencia. Quizá todavía esté guardado en casa. Tal vez tengamos que comprarlo nuevamente o buscarlo en una biblioteca.
Volvamos a leerlo. No como estudiantes que necesitan aprobar un examen. Leámoslo como adultos que ya hemos conocido alegrías, dificultades, despedidas, trabajo, familia y sueños que algunas veces se cumplieron y otras veces cambiaron de camino.
Estoy casi seguro de que encontraremos otro libro dentro del mismo libro. Una frase que antes pasó inadvertida puede detenernos ahora. Un personaje que no comprendíamos puede parecernos familiar. Y quizá finalmente entendamos aquello que nuestro maestro intentaba explicarnos tantos años atrás.
Epílogo: los libros también crecen con nosotros
Terminamos la escuela. Guardamos los uniformes. Los salones cambiaron. Algunos compañeros siguieron caminos distintos y ciertos maestros viven ahora solamente en nuestros recuerdos. Pero los libros permanecen.
A veces esperan silenciosamente durante veinte o treinta años hasta que volvemos a abrirlos. Entonces descubrimos que aquellas páginas también forman parte de nuestra historia. Por eso vale la pena acercar los libros a nuestros niños y jóvenes. No sabemos cuál de ellos quedará viviendo en su memoria.
Tal vez hoy un estudiante lea una novela únicamente porque mañana tiene examen.
No importa. Que la lea. Puede ocurrir que dentro de muchos años encuentre nuevamente aquel libro, abra una página y sonría. Y quizá entonces comprenda lo que todavía no podía comprender a los catorce años.
El libro de Proverbios nos recuerda: “Porque sabiduría entrará en tu corazón, y el conocimiento será grato a tu alma” (Proverbios 2:10). Hay conocimientos que aprendemos para un examen.
Y hay lecturas que, sin saberlo, comenzamos en la escuela y terminamos comprendiendo durante toda la vida.
*Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.
alfredocaballero.consultor@gmail.com

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