Lo que la ciencia no puede responder

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Llevo algunos meses escribiendo sobre la relación entre la razón y la fe, la ciencia y la filosofía, Dios y el conocimiento científico. Estoy convencido de que hoy, más que nunca, es necesario volver sobre estas cuestiones. La irrupción de la inteligencia artificial promete acelerar el progreso científico y tecnológico a un ritmo difícil de imaginar hace apenas unos años. Los avances se verán exponencialmente multiplicados en prácticamente todos los campos del saber.

Sin embargo, junto a este progreso emerge una pregunta inquietante: ¿puede el método científico —orientado a la comprobación empírica y a la objetividad— emitir juicios de valor acerca de lo que debería o no hacerse? Para iluminar este dilema resulta útil una vieja metáfora filosófica, poco conocida en nuestras latitudes, pero frecuentemente citada por diversos filósofos de la ciencia: la del Barón de Münchhausen.

Este personaje, popularizado por Rudolf Erich Raspe en su obra Relato del barón Münchhausen sobre sus maravillosos viajes y campañas en Rusia (1785), encarna al aventurero fanfarrón que afronta situaciones imposibles con una confianza desmedida y soluciones extravagantes. Es un personaje entre extraordinario y antihéroe, cómico y bufón en algunas ocasiones y que inspiraba cierta pena en otras.

Una de sus historias, el Barón narra con absoluta seriedad la siguiente hazaña: “Un día, galopando por los frondosos bosques de Münchhausen, traté de saltar con mi caballo sobre una ciénaga que encontré en mi camino. En medio del salto descubrí que ésta era más ancha de lo que yo pensaba, por lo que, suspendido en el aire, decidí volver atrás para saltar de nuevo, tomando mayor impulso. Así lo hice, pero también en el segundo intento el salto fue demasiado corto y no pude evitar caer con el caballo no lejos de la otra orilla, hundiéndome hasta el cuello en la ciénaga. Sin ningún árbol ni rama a la que asirme, caballo y yo hubiéramos muerto irremisiblemente de no haber sido porque, recurriendo a toda la fuerza de mi brazo, apreté con él mi coleta (cabellera) y tiré con toda mi energía hacia arriba, pudiendo de esta forma salir de la ciénaga con mi caballo, al que también conseguí sacar apretándolo fuertemente entre mis rodillas hasta alcanzar la otra orilla”.

El relato, absurdo y cómico, se convirtió con el tiempo en una poderosa metáfora filosófica. ¿Puede alguien salir del pantano tirándose de su propio cabello? Evidentemente no. Pero eso es precisamente lo que algunos sistemas de pensamiento —y con frecuencia la ciencia— parecen intentar: sostenerse sin recurrir a ningún fundamento externo.

El filósofo alemán Hans Albert retomó esta historia para formular el llamado trilema de Münchhausen, que describe la imposibilidad de justificar racionalmente cualquier sistema de conocimiento de manera absoluta.

Según Albert, todo intento de justificar algo termina inevitablemente en una de tres opciones: la regresión infinita (cada razón necesita otra razón que la justifique, y así sin fin), el círculo vicioso (las conclusiones se apoyan en premisas que dependen de ellas mismas) o la detención dogmática (se asume algo como fundamento indiscutible). De una u otra manera, el conocimiento no puede “tirarse de los pelos” y sostenerse por sí solo. Siempre necesita un punto de apoyo, un contexto, una referencia extra-teórica.

Si aplicamos esta imagen al contexto científico actual, el problema se hace visible. La ciencia moderna se ha construido sobre la base de un método que busca neutralidad, objetividad y evidencia empírica. Pero el método científico no puede justificar por sí mismo los fines hacia los cuales se dirige. Puede decirnos cómo lograr algo —cómo editar genes, cómo predecir comportamientos, cómo alterar el clima—, pero no si debemos hacerlo.

El mito del Barón de Münchhausen nos recuerda que ningún sistema de conocimiento puede justificarse completamente a sí mismo. La ciencia necesita de la ética, la filosofía y la reflexión sobre el sentido. Preguntarse por los límites no es negar la ciencia, sino humanizarla. El verdadero progreso no consiste en saber cada vez más, sino en saber mejor para qué queremos ese saber. Porque, al final, no basta con salir del pantano: hay que preguntarse hacia qué orilla queremos llegar.

*El padre Fernando Armas Faris es sacerdote católico y doctor en Filosofía 

 

 

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