“Landia” significa “sitio de», “lugar de”; por tanto, al hablar de Burlalandia me refiero al sitio o el lugar adonde prevalece la burla. En este caso, a un país; en concreto, al mío: El Salvador. Mirando hacia atrás y reflexionando al respecto, así deberíamos considerarlo al menos de 1992 en adelante. ¿Por qué? Pues porque se han reido en la cara de nuestro pueblo quienes ‒durante más de tres décadas‒ han tenido en sus manos las riendas del poder político y, tras este, del económico. Dirán que estoy siendo demasiado exquisito y exigente al pensar que de ese año en adelante, después de una cruenta y prolongada guerra en la que unos decían defender la democracia liberal y otros luchar por el triunfo de la revolución justiciera, estaríamos mejor que antes de que estallara la misma.
Pero no. Para mi gusto hemos regresado a algo más parecido al quinquenio en el cual el gobernante, teniente coronel Julio Adalberto Rivera, llegó a serlo mediante unas elecciones en las cuales compitió contra él mismo siendo candidato único; así obtuvo el 100 % de los votos. Estamos instalados entonces, como país, en un momento histórico semejante a aquel en el que la dictadura militar sistémica comenzaba a moldearse corregida y aumentada con el surgimiento de la paramilitar Organización Democrática Nacionalista (ORDEN), para luego llegar ‒en tiempos del coronel Arturo Armando Molina‒ a combinar la comida escasa para las mayorías populares con su entretenimiento insustancial, la pretendida “modernización” con la represión abierta y descarada.
Nos encontramos, pues, instalados en un escenario más cercano a ese y muy lejano al diseñado en los “acuerdos de paz”. Por ello ahora, con un deliberado y pretendido tono burlesco, le pegaré un breve repaso a lo ocurrido acá desde hace casi 35 años a la fecha; lo haré, cambiando los nombres de sus personajes por los de algunos referentes cómicos bastante conocidos. Veamos…
En 1992, alguien semejante al arrogante “profesor Jirafales” era primer mandatario. Y por haber terminado el conflicto armado durante su mandato, fue conocido como el “presidente de la paz”. Pero, cubierto con esa “aura”, desnacionalizó y saneó la banca nacional para luego privatizarla e instalarse como socio mayoritario de uno de sus principales entes: el “Cuscatlán”. Así, no obstante el discurso oficial de una “democratización del capital» con la participación del personal del sector, a este lo dejaron “chiflando en la loma”. Y lo sucedió en la silla un mandatario a quien llegaron a compararlo con “Porky” o con el comediante británico Benny Hill, por su físico y ‒por qué no decirlo‒ su figura bonachona; no obstante, este también le metió mano al tesoro público y se llevó su buen billete. De ambos, ninguno fue procesado.
¿Y se acuerdan de “Memín Pinguín” o “Zamorita”? Así apodó alguien al que les siguió. Este sí tuvo que enfrentar después la justicia por corrupto; pero mientras eso ocurría, se lo llevó la parca tras haber hecho de las suyas. Su reemplazo –cuyo físico tuvo, en cierto momento, algo de parecido con el “Ñoño”‒ sí terminó preso por lo mismo; pero está a punto de ser liberado sin devolver, por mucho, el monto completo de lo hueveado.
Luego nos dijeron que nacía “la esperanza” y llegaba “el cambio”; a la primera la mataron rápidamente y el segundo fue, únicamente, de cancha. Sus responsables son comparables con el “Chómpiras” y el “Botijas”, porque a la par de los anteriores y de su recambio –que ya lleva más de siete años en el “negocio”– parecerían rateritos. Pero al igual que en la guerra no se justifica lo hecho por unos y por otros considerando la cantidad, tampoco pasa eso al robarle al pueblo el dinero que debería ser invertido en su beneficio.
Ahora estamos en la prolongada etapa de las “chimultrofiadas”. A propósito de la corrupción se anunció, con bombo y platillo, la creación de una comisión internacional para investigarla y combatirla: la “CICIES”, nacida el 6 de septiembre de 2019. Nayib Bukele ofreció que la encabezaría alguien de la oposición, pero no fue así; no obstante, la disolvió el 4 de junio del 2021 cuando el comisionado designado ‒el guatemalteco Ronalth Ochaeta‒ remitió al ente fiscal doce avisos de “posibles ilícitos en carteras del Estado”.
En palabras de la Chimoltrufia, “así como digo una cosa, digo otra”. Eso ya se hizo costumbre. Mientras, nuestro país es el más endeudado de Centroamérica y Bukele el cuarto presidente más acaudalado en América Latina, pese a que siempre ha sostenido que no cobra salario alguno. ¿Será ese el cacareado “milagro económico”? Y si dentro de seis meses o menos termina el estatus de protección temporal –el TPS– allá en el norte, ¿qué pasará acá? ¿Seguiremos aguantando más burlas?

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