Berta Clementina Eguizábal Aguirre nació en Tacuba el 31 de diciembre de 1929, ese año fue la Gran Depresión en Estados Unidos. En El Salvador, hubo en esa época, una gran pobreza. En ese año las exportaciones del café salvadoreño eran el 90%; sin embargo, los precios internacionales del café se desplomaron inmediatamente, eso provocó miseria y desempleo.
Clementina era la mayor de 10 hermanos y sus padres tenían que salir adelante a pesar de las vicisitudes. Esa señora bien vestida y elegante quien le dio un cambio a su vida desde muy joven. Su sonrisa era única, su mirada fuerte y su elegancia era auténtica. A su sonrisa se le sumaba su tez morena suave y sus ojos color avellana. Nunca salía de la casa sin estar bien arreglada. Era una de sus principales características. Su conversación era como la de aquellas señoras de alcurnia, su forma de sentarse, de manejar su lenguaje no verbal y su sonrisa, eran su fórmula perfecta para no aburrirse en las tertulias.
En finca San José, ubicada en Concepción de Ataco, solo se cosechó café clase bourbon, así en otras fincas que tenía en Tacuba y Santa Catarina Masahuat. La historia de la caficultura ha tenido también periodos de vacas flacas y gordas. Cuando la caficultura tiene precios bajos y muchas cosas no marchan bien, es momento de ser resilientes. Los precios internacionales y plagas como la roya han hecho que la caficultura ya no sea la principal fuente de exportación del país.
Tacuba fue el lugar en donde viví con mi madre. Solo éramos los dos, ya que mi padre, Rafael Alfonso López Calderón, murió cuando yo tenía apenas 5 meses. Mi madre se la pasaba todo el día ocupada, es que, sabía hacer un sinfín de cosas. Cuando íbamos a la finca era como ver una película de una mujer emprendedora.
Con respecto a la gastronomía degusté el exquisito pan torta, empanadas y otras exquisiteces que provenían de las manos de mi madre. Por cierto, en la finca, yo le ayudaba a llevar las casolejas para el horno artesanal que estaba ubicado atrás de aquella gran casa de finca. Aún tengo impregnado ese rico olor del pan que se expandía por la cordillera cafetalera. Los cafetales eran testigos. Además, sabía hacer variedad de jaleas y dulces.
Mientras esperaba que la cosecha de café diese el punto exacto, en el transcurso del año confeccionaba vestidos, no era una modista exclusiva para una clase social en específico. La máquina de coser marca Singer era la que rompía el silencio en Tacuba y en la finca San José, ya que tenía dos. Cuando alguien se dedica a la caficultura también se puede aprovechar la leña, frutales y maderables, entre otras bondades.
La caficultora tenía muchas amistades, yo degustaba de las frutas que le llevaban sus amigas de los cantones del pueblo. Siempre les atendía con un café. Hablando de café, ella me preparaba en las mañanas un exquisito café con leche. Era parecido al capuchino.
El rubro del café es igual que una empresa, se debe tener primero a una persona que sea el que dirija, en este caso le llama “el mandador”, quien es como el gerente. Sabe de todos los trabajos que se deben realizar en el año en la finca. Clementina Eguizábal de López, tenía un librito para hacer cuentas, sabía todos los trabajos que se realizan en una finca durante el año. Gracias a Clementina, muchos de sus familiares salieron adelante, les echó la mano. Eso, gracias a la bonanza de la caficultura.
La emprendedora observó que la variedad de café bourbon no era resistente a la roya y otras plagas, fue que cosechó variedad Pacamara. La resiliencia también aplica con las consecuencias que conlleva el cambio climático.
Cuando tomé las riendas, me inscribí a un diplomado de Mayordomo de fincas cafetaleras impartido por el extinto PROCAFÉ. Lo importante es continuar la cuarta generación de caficultores. Al presente, con mi esposa y mis tres hijas seguimos cosechando café. Clementina falleció el 15 de septiembre de 1994, a quien le juré cuidar lo que a ella tanto le costó cultivar.
*Fidel López Eguizábal, Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador
fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv

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