Regalar un libro: una historia que pasa de tus manos a las mías

Escrito por

en

Se acerca el cumpleaños de alguien a quien queremos. Comenzamos a pensar qué regalarle. Quizá una camisa, un perfume, unos zapatos, dinero o algún aparato electrónico. Visitamos tiendas, comparamos precios y buscamos algo que le produzca alegría.

Pero pocas veces nos hacemos una pregunta muy sencilla: ¿Y si le regalamos un libro? No hablo de entregar cualquier libro, envolverlo y cumplir con el compromiso. Hablo de pensar en aquella persona, conocer sus gustos y buscar una historia que pueda acompañarla.

Porque regalar un libro tiene algo especial: entregamos un objeto, pero también ofrecemos una experiencia que todavía no ha comenzado.

No todos necesitamos leer lo mismo

Imaginemos a un adolescente que disfruta las aventuras. Quizá nunca ha terminado una novela, pero le encantan las películas de viajes, misterios y personajes valientes.

¿Por qué regalarle un libro complicado que no le interesa? Busquemos una buena novela de aventuras. Una historia que lo lleve a lugares desconocidos, que despierte su curiosidad y lo haga preguntarse qué sucederá en la siguiente página.

Pensemos también en una persona que atraviesa una dificultad. Ha perdido su empleo, enfrenta una enfermedad en la familia o intenta comenzar nuevamente. Tal vez una biografía inspiradora pueda acompañarla.

Leer cómo otra persona enfrentó sus propias dificultades no resolverá sus problemas, pero puede ayudarle a descubrir que todavía existen caminos por recorrer.

¿Y un niño? Un cuento ilustrado puede convertirse en una experiencia familiar. Su padre o su madre se sienta junto a él, abre el libro y comienza a leer. El niño escucha. Pregunta. Se ríe. Pide que le lean otra vez aquella página que tanto le gustó.

Años después, posiblemente no recordará cuánto costó el libro. Pero podría recordar aquella voz que le contaba historias antes de dormir.

El regalo comienza antes de comprarlo

Después de tantos años dedicados al estudio de la literatura, a su enseñanza en las aulas y al oficio de escribir, he llegado a pensar que los mejores regalos llevan siempre un poquito de nuestra atención.

Cuando conocemos a alguien, sabemos qué le entusiasma, qué le preocupa, qué sueños conserva y de qué cosas disfruta. Esa información vale mucho más que el precio de un obsequio.

A un joven interesado en los negocios podemos regalarle la historia de un emprendedor. Si se trata de una persona que disfruta nuestra cultura, conviene regalarle una obra de SALARRUÉ o de otro escritor salvadoreño; y si ama la poesía, un pequeño libro de versos.

Incluso podemos regalar una obra que nosotros mismos leímos y disfrutamos. Entonces el regalo adquiere otro significado. Ya no estamos diciendo solamente: “Feliz cumpleaños”. También estamos diciendo: “Leí esta historia y pensé en ti”.

Una dedicatoria que permanece

Hay algo que me gusta especialmente de los libros regalados: las dedicatorias. Una frase escrita en la primera página puede convertir un ejemplar común en un recuerdo entrañable. No necesitamos escribir grandes discursos. Bastan unas palabras sinceras:

“Para mi hija, con la esperanza de que nunca deje de soñar”.

“Para mi amigo, que siempre encuentra fuerzas para comenzar de nuevo”.

“Para mi nieto, con el deseo de que descubra muchos mundos entre estas páginas”.

Conservo la convicción de que esas pequeñas palabras pueden sobrevivir al paso del tiempo. Un perfume se termina. Una camisa se desgasta. Los aparatos electrónicos son reemplazados por otros. Pero un libro dedicado puede permanecer durante décadas en una biblioteca familiar.

Y cuando alguien vuelve a abrirlo, encuentra dos historias: la que escribió el autor y la de aquella persona que se lo regaló.

No regalemos una obligación

También debemos tener cuidado. Un libro no debería entregarse como una forma de corregir a alguien. “Te regalo esto para que dejes de perder el tiempo”. “A ver si así aprendes algo”. “Necesitas leer porque no sabes expresarte”.

Con esas palabras podemos arruinar una buena intención. El libro debe llegar como una invitación, no como un regaño. Si deseamos que nuestros hijos lean, procuremos que nos vean leyendo. Si queremos despertar el interés de un amigo, conversemos con él sobre alguna historia que nos emocionó.

Y si regalamos un libro, dejemos que la otra persona decida cuándo abrirlo. Las buenas historias no necesitan perseguir a sus lectores.

Epílogo: de tus manos a las mías

Me gustaría que recuperáramos la hermosa costumbre de regalar libros. En los cumpleaños, las graduaciones, la Navidad o simplemente cualquier día en que deseemos expresar cariño.

No tienen que ser libros costosos ni ediciones de lujo. Puede ser una novela pequeña, un cuento, una biografía, un poemario o una obra de algún autor salvadoreño. Lo importante es que exista una intención detrás de ese regalo.

Quizá el libro que entreguemos mañana permanezca cerrado durante algunas semanas. Tal vez su destinatario lo lea dentro de un año. No lo sabemos. Pero un día podría abrirlo, encontrar nuestra dedicatoria y recordar que alguien pensó en él con cariño.

Entonces comprenderá que aquel regalo no consistía únicamente en páginas impresas. Era una historia que pasó de mis manos a las suyas. Y, junto con ella, una pequeña parte de mi afecto.

La Biblia expresa una hermosa verdad: “MANZANA DE ORO CON FIGURAS DE PLATA ES LA PALABRA DICHA COMO CONVIENE” (Proverbios 25:11). Un libro elegido con cariño y entregado en el momento oportuno puede convertirse, precisamente, en una de esas palabras que llegan cuando más las necesitamos.

*Alfredo Caballero Pineda es escritor y consultor empresarial.

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *