La enfermedad sin nombre: la peregrinación de un paciente entre la salud pública y privada

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El Viejo nunca había sido particularmente sociable. Participaba en las reuniones con sus compañeros de colegio, contribuía en el grupo de WhatsApp y, de vez en cuando, organizaba algún fin de semana con amigos en su casa de playa, donde residía entonces. Sin embargo, últimamente esas actividades se habían reducido drásticamente, en parte por el aislamiento geográfico y social de la localidad donde vivía, pero sobre todo por el deterioro de su salud. No tenía energía para atender a nadie ni ánimo para mostrar una sonrisa forzada.

Sus hijos lo llamaban periódicamente desde el extranjero, pero incluso esas conversaciones lo abrumaban, especialmente porque detestaba responder una y otra vez las mismas preguntas sobre su estado de salud. Habría preferido tenerlos cerca, pero ellos habían crecido, habían hecho su vida y construido su propio camino en tierras lejanas: lugares en los que él nunca encontraría pertenencia ni sosiego. Allí siempre sería el extranjero “raro”, empeñado en preservar un espacio privado y aislado.

Durante toda su vida había sospechado que padecía algún grado de déficit de atención o que se encontraba dentro del trastorno del espectro autista (TEA). Recordaba las tardes en la biblioteca de la Facultad de Medicina y aquella capacidad inmensa para concentrarse, amplificada por la ingesta de Captagon.

Desde hacía algunos meses, su vida había cambiado de manera radical. Lo apesadumbraban un cansancio persistente y una falta de energía que lo mantenían atado a la cama y a la televisión. Por fortuna —o quizá por resignación— el negocio del fútbol europeo parecía insaciable: campeonatos internacionales sin pausa y los mismos jugadores desgastándose cada tres días. Eran multimillonarios, ciertamente, pero su desgaste físico y la forma de esclavitud que acompañaba aquella maquinaria resultaban innegables.

Así estaba el mundo: voraz por el oro y cada vez menos humano. Miles de millones de dólares invertidos en inteligencia artificial, guerras sin justificación y fortunas que alimentaban las arcas de líderes mundiales, mientras la vida cotidiana de muchos transcurría entre el cansancio, la soledad y una sensación creciente de abandono. Pero el viejo sabía que la vida estaba hecha de momentos: buenos y no tan buenos. Y que unos y otros ofrecían siempre la oportunidad de aprender.

Su principal objetivo era identificar aquel diagnóstico elusivo y difícil de precisar que lo mantenía aislado de todo. Así que salió de su madriguera en la costa oriental y comenzó su peregrinación por los sistemas de salud, privado y público. Empezó por la atención primaria del sistema público y pronto se dio cuenta de la profunda desintegración que existía entre el primer y el segundo nivel de atención. Ambos sistemas parecían funcionar en paralelo, sin puentes que los comunicaran.

Sin indicaciones precisas por parte del sistema público, pero con una serie de exámenes de laboratorio que dejaban entrever algunas anomalías en las células sanguíneas, decidió adentrarse en el sistema privado, con la esperanza de encontrar, finalmente, un diagnóstico.

Y vaya que lo sangraron.

Al final, después de una considerable hemorragia de dólares, tampoco hubo diagnóstico, ni bueno ni malo. Pero el viejo siguió peregrinando. La vida, se repetía, está hecha de momentos. Al cabo de aquel recorrido, el viejo comprendió que la búsqueda de un diagnóstico no era únicamente una travesía médica. Era también una confrontación con la edad, con la soledad y con un sistema de salud incapaz de acompañar a quien llega con síntomas inciertos, persistentes y difíciles de ordenar en una sola categoría. En el sistema público encontró fragmentación; en el privado, una sucesión costosa de exámenes y consultas que no necesariamente conducían a respuestas. Entre uno y otro, el paciente quedaba obligado a convertirse en su propio coordinador, intérprete y defensor. No había diagnóstico definitivo, pero sí una evidencia incontestable: estaba cansado, aislado y cada vez más consciente de la fragilidad que acompaña la vida cuando el cuerpo deja de responder como antes. Quizá esa fuese la enfermedad más difícil de nombrar: la sensación de estar perdido entre instituciones que observan partes del problema, pero rara vez a la persona completa.

Sin embargo, el viejo no abandonó la búsqueda. Volvió a su casa en la costa oriental con más preguntas que certezas, con menos dólares y quizá con menos paciencia, pero también con una convicción renovada: mientras quedara un día por delante, todavía habría algo que entender, una llamada que contestar, un partido que ver o una conversación pendiente con los hijos lejanos. La vida seguía hecha de momentos, y él, pese a todo, aún no estaba dispuesto a renunciar a ellos.

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