El 15 de octubre de 1979―ahora puede decirse con bastante precisión― marcó el punto de partida hacia la generalización de la guerra en El Salvador, y que la ofensiva guerrillera de enero de 1981 puso sobre la mesa.
Ese día, el 15 de octubre de 1979, el golpe de Estado materializado por iniciativa de la llamada Juventud Militar logró desplazar de la conducción del Estado al núcleo duro del proyecto político conservador que venía gobernando el país desde enero de 1961. Es decir, casi dos décadas ininterrumpidas de gestión gubernamental bajo la misma carpa partidaria, la del Partido de Conciliación Nacional (PCN) y sus inefables presidentes militares (Rivera, Sánchez, Molina y Romero).
Solo la superficialidad de cierto análisis socio-histórico ha hecho decir que ese lapso (1961-1979) fue de paz y tranquilidad, y que a partir de ahí se vino encima el caos.
Lo cierto es que la década de 1960 fue una oportunidad malbaratada para que la institucionalidad política pudiera asentarse con cierta comodidad. El esquema de industrialización por sustitución de importaciones y las consecuentes dinámicas de urbanización pudieron haber dado pie a un modo deconvivencia más o menos abierto y estable. Pero esto no sucedió debido a que la deriva autoritaria de los sectores conservadores fue poco a poco cerrando los espacios políticos para la disensión.
Si se compara la estructura social de la década de 1920 con la década de 1960 resulta claro que el país había cambiado de forma notable, se había complejizado y nuevos sectores sociales emergían. Esa nota cualitativo-cuantitativa no fue leída de forma conveniente por quienes conducían el Estado y la combinación de un economicismo duro más la sazón de la tentación militarista echaron por la borda las perspectivas halagüeñas que, a mediados de la década de 1950, el estudio ‘Situación actual y perspectivas de la economía de El Salvador’ (elaborado por el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, BIRF —hoy conocido como Banco Mundial— pronosticaba para El Salvador.
Las iniciativas político-sociales más o menos adversas a los gobiernos del PCN en la década de 1960 en su mayoría fueron de expresión pacífica. El Frente Unido de Acción Revolucionaria (FUAR), aupado por el Partido Comunista de El Salvador (PCS) y solo activo quizás entre 1961 y 1963, ni siquiera pudo estructurarse de forma consistente. Peor suerte tuvo Acción Revolucionaria Salvadoreña (ARS), un pequeño agrupamiento para-guerrillero que en 1968 hizo un par de acciones antes de disolverse. Lo más significativo de lo ocurrido, organizado y movilizado en esa década no constituía un peligro de ‘seguridad nacional’.
La fundación del Partido Demócrata Cristiano (PDC) el 25 de noviembre de 1960 comportó una novedad política, que en corto tiempo mostró sus enormes posibilidades al escalar posiciones en el dispositivo institucional del Estado ―alcaldías y Asamblea Legislativa―, en las elecciones de marzo de 1964, hecho que entre otras cosas forzó al PCN a plantear una cierta apertura política, aunque restringida.
Ese empuje político-electoral del PDC también facilitó la emergencia de otras instancias que tomaron vuelo. Una fue la conformación en 1966 del Movimiento Nacional Revolucionario (MNR), que surgió como una propuesta partidaria heterodoxa (‘ni con el PDC ni con el PCS, pero tampoco en contra de ellos’) que no obstante tener un bajo aglutinamiento electoral, la composición de su membresía le daba un cariz fresco e intelectual. Otra expresión organizativa, aunque lejos del asunto electoral, fue la Asociación Nacional de Educadores Salvadoreño 21 de Junio(ANDES), que a finales de 1965 estaba ya conformada en forma legal.
Ni el PDC ni el MNR ni ANDES eran factores desestabilizadores, más bien introdujeron en la sociedad salvadoreña parte del componente de equilibrio que se requería en un sistema político tan cerrado y excluyente.
En el ámbito universitario hay en esa década de 1960 dos circunstancias singulares que deben considerarse para tener un mapa más completo de lo que pasaba en El Salvador. Por un lado, la Universidad de El Salvador (UES) experimentó entre 1963 y 1966 una profunda reforma que la ‘irguió’ y la puso en primera fila frente a los asuntos nacionales. Y esto activó no pocas voluntades políticas. Y, por otro lado, al fundarse el 15 de septiembre de 1965 la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), administrada por la Compañía de Jesús, a pesar de la aprensión de algunos segmentos quisquillosos anticlericales que desde el principio opusieron UES y UCA, la verdad es que la propuesta universitaria jesuita renovó también la educación superior de El Salvador.
Si a todo esto se le agrega el impacto del Concilio Vaticano II desarrollado en la Iglesia Católica mundial en el primer lustro de la década de 1960, la Conferencia de Medellín de 1968 de los obispos latinoamericanos y las apuestas pastorales y organizativas (promoción de cooperativas, de centros de formación y de iniciativas de comunicación) del Arzobispado de San Salvador, bajo la égida de Luis Chávez y González, pues es claro que la sociedad salvadoreña se estaba abriendo.
*Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones

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