Vivir el día a día sin preocuparse por el mañana

Los resultados de la Encuesta Nacional de Inclusión y Educación Financiera revelan una realidad que incomoda, pero no sorprende: casi la mitad de los salvadoreños afirma vivir el día a día sin preocuparse por el mañana. La cifra, más que una confesión cultural, es un síntoma social que exige una lectura profunda y honesta.

Decir que cuatro de cada diez personas viven sin pensar en el futuro no necesariamente significa irresponsabilidad financiera. En un país donde seis de cada diez hogares han enfrentado, al menos una vez en el último año, la insuficiencia de ingresos para cubrir sus gastos, pensar en el mañana puede convertirse en un lujo. Cuando el salario apenas alcanza para sobrevivir, el ahorro deja de ser una decisión y se transforma en una imposibilidad.

Sin embargo, los datos también muestran una contradicción reveladora: la mayoría rechaza la idea de gastar el dinero ahorrado para el futuro y una proporción importante asegura no gastar todo lo que gana cada mes. Esto sugiere que existe una conciencia sobre la importancia de la previsión, aunque no siempre se traduzca en una práctica constante. El problema, entonces, no parece ser únicamente de educación financiera, sino de condiciones estructurales que limitan la capacidad real de planificar.

Llama la atención, además, la brecha de género. Que casi la mitad de las mujeres diga vivir sin preocuparse por el mañana debe analizarse a la luz de la desigualdad salarial, la informalidad laboral y la carga desproporcionada de responsabilidades domésticas y de cuidado. No es desinterés por el futuro; es una realidad que obliga a priorizar la urgencia sobre la proyección.

El dato de que una parte significativa de la población no siente que “el dinero nunca le sobra” podría interpretarse como una señal de resiliencia o de adaptación a la escasez. Aprender a vivir con lo justo no equivale a vivir bien ni a vivir seguro. Normalizar la precariedad puede ser tan peligroso como ignorarla.

Esta encuesta debe ser un llamado de atención para los ciudadanos, para el Estado, el sistema financiero y la sociedad en general. No basta con promover el ahorro o impartir talleres de educación financiera si no se crean condiciones para ingresos dignos, empleo estable y acceso real a productos financieros adecuados. Pedirle a la población que piense en el mañana sin garantizarle el hoy es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, injusto.

Vivir el día a día no debería ser una condena permanente, sino una etapa transitoria. El verdadero reto nacional es convertir la supervivencia en planificación y la incertidumbre en oportunidad. Sin eso, el futuro seguirá siendo una preocupación lejana para quienes apenas logran llegar a fin de mes.