Las Colinas: memoria, prevención y una deuda pendiente

Veinticinco años después del terremoto que marcó para siempre a Santa Tecla y a todo El Salvador, el recuerdo de Las Colinas sigue siendo una herida abierta. No solo por las vidas perdidas y las familias destrozadas, sino porque aquella tragedia expuso, de manera brutal, la fragilidad de un país asentado sobre una tierra tan hermosa como peligrosa.

El derrumbe de aquella montaña no fue únicamente un fenómeno natural: también fue el resultado de años de decisiones mal tomadas, de urbanizaciones construidas sin el debido respeto por la geología y de una institucionalidad débil, permeada por la corrupción. Por eso, cuando hablamos del terremoto de 2001, no hablamos solo de placas tectónicas, sino de una responsabilidad humana que aún no ha sido plenamente asumida.

Es cierto que El Salvador ha avanzado. Hoy existen normas más estrictas, estudios de suelo más rigurosos y una mejor capacidad técnica para diseñar edificaciones que resistan los sismos. La ciencia y la ingeniería han dado pasos importantes para reducir riesgos, y Protección Civil cuenta con más recursos y preparación que hace un cuarto de siglo. Negarlo sería injusto.

Pero también sería peligroso caer en la complacencia. Una nueva generación de salvadoreños ha crecido sin haber vivido aquella catástrofe y, con ello, el sentido de urgencia parece diluirse. El país sigue ubicado en el cinturón de fuego del Pacífico, expuesto a terremotos, volcanes, tormentas y huracanes. La amenaza no ha desaparecido; lo que puede estar desapareciendo es nuestra memoria colectiva.

Las Colinas debe ser algo más que una fecha en el calendario o un monumento al dolor. Debe ser una lección permanente. La prevención no es un lujo ni un trámite burocrático: es una política de vida o muerte. Cada construcción que ignora los estudios de suelo, cada permiso otorgado por presión política o económica, cada norma que no se cumple, es una apuesta irresponsable contra el futuro.

Recordar el terremoto de 2001 no es vivir anclados en el pasado. Es, por el contrario, una forma de protegernos. Solo una sociedad que aprende de sus tragedias puede aspirar a que, cuando la tierra vuelva a temblar —porque volverá a temblar—, no tengamos que volver a contar cientos de muertos ni a lamentar desastres que pudieron evitarse.