Las remesas suponen una importante ayuda para las familias de El Salvador, Guatemala y Honduras, países que forman el llamado Triángulo Norte de Centroamérica, con casi $16,000 millones recibidos solo en el primer cuatrimestre de este año, pero a veces no se valora lo suficiente el esfuerzo que supone para el migrante enviar ese dinero.
Cuando se celebra este martes el Día Internacional de las Remesas Familiares, datos como los recabados por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) muestran el enorme impacto económico que suponen para estos tres países: $15,852 millones recibidos entre enero y abril de 2026, sobre todo desde Estados Unidos, un 10.7 % más que en el mismo período del año anterior.
De acuerdo con las estadísticas de la OIM, de ese total, $3,286.7 millones (20.7 %) fueron recibidos por El Salvador, $8,431.6 millones (53.2 %) por Guatemala y $4,134.2 millones (26.1 %) por Honduras.
Guatemala, hijas solidarias
En Guatemala, una de esas receptoras de remesas es Nancy Benavente, de 46 años, quien desde el departamento (provincia) de Chimaltenango (centro) contó a EFE que cada mes recibe dinero de sus hijas de 18 y 19 años desde Estados Unidos. «Aunque no dependo directamente de ellas, porque yo trabajo, son de mucha ayuda», detalla. «Tengo un hijo menor de 15 años y ellas me ayudan para que él y yo estemos bien», agregó.
Benavente explica que «por lo general en estas áreas hay muchas personas que han migrado» y cuenta que es mucha la solidaridad de sus hijas. «Yo me tengo que contener muchas veces a contarles que tengo una necesidad porque si lo hago rapidito me están enviando dinero», aseguró.
Las hijas de Benavente nacieron en Estados Unidos, vivieron su infancia en Guatemala y finalmente retornaron a la nación norteamericana para no perder la ciudadanía.
«Ellas ya viven solas en un apartamento», cuenta Bernavente. «Son niñas muy trabajadoras. Me asombra la inteligencia y madurez que tienen para enfrentar problemas», dice orgullosa.
A otros guatemaltecos como Nohemy Velásquez, las remesas le han permitido pagar un nuevo hogar en Amatitlán, en el centro de Guatemala, con lo enviado por una hija desde EE.UU.
Otro de sus cinco hijos intentó emigrar en un puñado de ocasiones y la última fue secuestrado en Tijuana, México, antes de volver a casa.
«Cuando se fue mi hija, era menor de edad. Gracias a Dios llegó a California. Alquiló un cuarto con mi cuñada y se fue a trabajar en el campo», explicó la madre, que admite que «allá la situación está dura también».
Honduras, dinero para el autismo
En Honduras, cada mes, Keyla, de 48 años, espera la llegada de la remesa que su yerno le envía desde Estados Unidos. El dinero, que oscila entre los 100 y 200 dólares mensuales, se ha convertido en el pilar para cubrir los gastos de su nieto de ocho años, un menor con trastorno del espectro autista que requiere educación y atención especializada.
“Lo que manda es bien recibido porque lo necesitamos para los gastos del niño”, relató a EFE Keyla, quien cuida al menor mientras su hija trabaja en una repostería.
Su yerno, José, emigró hace cinco años y desde entonces aporta para su hijo, un esfuerzo al que también se suma una hermana de Keyla que lleva una década en el país norteamericano.
Las remesas alivian la carga del hogar y se destinan sobre todo a la educación, la alimentación y los medicamentos del niño, pero no alcanzan para cubrirlo todo debido al encarecimiento generalizado de la vida.
“El dinero nos ayuda en todo», pero «definitivamente no ajusta. Mi hija tiene que trabajar y yo también”, afirma Keyla, quien para completar los ingresos trabaja como modista desde su casa.
Entre costuras, cuidados y cuentas por pagar, la mujer intenta mantener a flote a una familia con el único alivio patrimonial de contar con una casa propia, adquirida gracias a que su esposo también trabajó en EE.UU. durante un lustro.
La mujer también percibe que la situación en Estados Unidos se ha vuelto más difícil.
«Se ha notado bastante el cambio porque todo está más caro allá, la renta y todo eso. Es muy difícil mandar para todo lo que el niño necesita», señaló.
La familia vive entre la gratitud por el dinero que envía el padre del niño y el temor a que la situación migratoria o económica cambie.
“Ellos están preparados para volver algún día, porque nadie está seguro en ese lugar”, concluyó.
El Salvador, valorar el esfuerzo
La salvadoreña Lucy Callejas, que tiene una hija en los Estados Unidos desde hace dos décadas, pide valorar las remesas, al existir a su juicio una percepción errónea sobre las condiciones económicas de quienes viven y trabajan en territorio estadounidense.
Cuando mi hija logra enviarme unos 100 dólares, guardo el dinero «con gran cariño, porque sé lo que le cuesta a mi hija», afirmó a EFE Callejas, que recuerda «lo que están viviendo allá, que días trabajan y días no, porque los quieren tirar para el país».
Lo bueno en Estados Unidos, dice, es que «los trabajos allá son mejor pagados», porque «por una hora lo mínimo que le pagan son 13 dólares», mientras que en El Salvador esa cantidad la gana en todo un día, y no les da para «ahorrar, ni para un par de zapatos ni para una camisa».
Pero insiste en las dificultades de los salvadoreños en el exterior y explica que su hija «está viviendo prácticamente solo para sobrevivir».
«Cuando le mandan unos centavos a uno, uno debe tratar de ahorrarlo o invertirlo en algo de valor, como medicamentos, que a veces no alcanzamos a cubrir con lo que tenemos aquí», aconsejó, y es que la remesa «debería ser bien valorada en nuestro país porque a ellos allá les cuesta muchísimo ganar el dinero».