Categoría: Editorial

  • La ejemplar alternancia democrática chilena

    La ejemplar alternancia democrática chilena

    La escena ocurrida en Valparaíso tras el cambio de mando presidencial en Chile dice más sobre la salud de su democracia que muchos discursos solemnes. Gabriel Boric, un presidente de izquierda que hace cuatro años derrotó a José Antonio Kast en las urnas, entregó ahora la banda presidencial a su antiguo rival, representante de la derecha, en un acto institucional que simboliza uno de los pilares más sólidos de la vida republicana: la alternancia democrática.

    El gesto posterior de Boric —abandonar el Senado con su hija en brazos, quitarse la chaqueta y conducir su propio automóvil hacia una reunión informal con su gabinete— tiene una poderosa carga simbólica. La política deja de ser un ejercicio de poder perpetuo para convertirse en un servicio temporal a la ciudadanía. Ese tránsito natural del poder, sin tensiones ni cuestionamientos al resultado electoral, refleja una cultura política profundamente arraigada en el respeto al voto.

    El intercambio de un papel entre Boric y Kast en pleno estrado, un gesto fuera del protocolo cuyo contenido aún se desconoce, añade un elemento humano y casi íntimo a un momento histórico. Más allá de las diferencias ideológicas que separan a ambos dirigentes, el mensaje implícito parece claro: en democracia, los adversarios no son enemigos, sino competidores dentro de un mismo marco institucional.

    Desde el retorno a la democracia en 1989, Chile ha sido uno de los ejemplos más consistentes de alternancia política en América Latina. Gobiernos de centro, izquierda y derecha se han sucedido en el poder durante casi cuatro décadas, consolidando instituciones que han permitido estabilidad política y desarrollo económico. Este ciclo democrático no ha estado exento de tensiones, protestas sociales ni desafíos estructurales como la desigualdad o la creciente preocupación por la seguridad pública. Sin embargo, la fortaleza del sistema ha radicado precisamente en su capacidad de procesar esas tensiones dentro de las reglas del Estado de derecho.

    El nuevo presidente, José Antonio Kast, ha reconocido que recibe un país con dificultades, señalando debilidades en las finanzas públicas y desafíos urgentes en seguridad y economía. Su promesa de impulsar un “Gobierno de emergencia” enfocado en estas prioridades responde a una ciudadanía que demanda soluciones concretas. Pero también advirtió que gobernar no depende únicamente del Ejecutivo, un recordatorio de que las democracias sólidas requieren cooperación institucional y responsabilidad compartida.

    La alternancia que hoy protagoniza Chile es la confirmación de una cultura política que entiende el poder como transitorio y sujeto al veredicto ciudadano. En una región donde las tensiones políticas con frecuencia derivan en crisis institucionales, el ejemplo chileno reafirma que la estabilidad democrática se construye con respeto al voto, instituciones fuertes y líderes capaces de aceptar tanto la victoria como la derrota.

     

  • Entre el horror de la guerra y la esperanza de un Irán libre

    Entre el horror de la guerra y la esperanza de un Irán libre

    La muerte del ayatolá Alí Jamenei en una ofensiva militar encabezada por Donald Trump, con apoyo de Israel, marca un punto de inflexión histórico. El anuncio, acompañado de la promesa de “bombardeos intensos y precisos” y de un cambio de régimen, abre un escenario tan trascendental como inquietante.

    No hay forma de justificar la guerra. La violencia armada, por sofisticada o quirúrgica que se presente, siempre deja tras de sí muerte, destrucción e incertidumbre. Cuando además ocurre en medio de negociaciones nucleares y arrastra a toda una región al borde de la escalada, el costo humano y geopolítico se multiplica. La Carta de Naciones Unidas, invocada por Teherán tras los ataques, no es un mero formalismo: es el recordatorio de que el orden internacional debería regirse por el derecho y no por la fuerza.

    Y, sin embargo, ignorar la naturaleza del régimen iraní sería una simplificación irresponsable.

    Desde 1989, bajo el liderazgo de Jamenei, la República Islámica consolidó un sistema teocrático que ha reprimido sistemáticamente libertades fundamentales: persecución de disidentes, encarcelamiento de periodistas, ejecución de opositores, subordinación legal de las mujeres, represión violenta de protestas y una estructura de poder donde la soberanía popular quedó subordinada al control clerical y a los aparatos de seguridad, en particular la Guardia Revolucionaria.

    Las protestas masivas de los últimos años —protagonizadas por jóvenes y mujeres— fueron una señal inequívoca de un pueblo que exige dignidad y derechos.

    Cuando la Alta Representante europea Kaja Kallas habla de “un camino abierto a un Irán distinto”, no está celebrando la violencia, sino señalando la posibilidad de que el fin de una figura hegemónica abra un espacio político que durante décadas estuvo clausurado. Incluso voces históricamente enfrentadas al régimen, como Reza Pahlavi, interpretan el momento como el ocaso de una estructura que consideran ilegítima.

    El desafío es evitar que la legítima aspiración del pueblo iraní a recuperar su país quede instrumentalizada por intereses geopolíticos o sumida en el caos. Si este es realmente un “camino abierto”, como sugieren líderes europeos, deberá traducirse en una transición liderada por los propios iraníes, con garantías para las minorías, para las mujeres, para la libertad religiosa y política, y con un compromiso inequívoco de la comunidad internacional con la desescalada.

     

  • La creciente y preocupante dependencia en la importación de alimentos

    La creciente y preocupante dependencia en la importación de alimentos

    Los números no mienten, pero tampoco explican por sí solos la historia completa. Que El Salvador haya importado más de $3,294 millones en alimentos durante 2025 no es únicamente un dato comercial: es un reflejo de una vulnerabilidad estructural que el país  no puede ignorar. Cuando las importaciones duplican con creces las exportaciones, no hablamos solo de balanza comercial; hablamos de seguridad alimentaria, resiliencia económica y soberanía productiva.

    La dependencia creciente de alimentos importados suele justificarse bajo la lógica del mercado: es más barato comprar afuera que producir adentro y además en el hecho histórico que desde la reforma agraria se destruyó la producción agropecuaria. En términos estrictamente contables, el argumento parece razonable. Pero la economía real —la que sienten las familias— es menos simple. La volatilidad de precios internacionales, las disrupciones logísticas, los conflictos geopolíticos y los fenómenos climáticos convierten esa aparente eficiencia en un riesgo permanente. La factura externa puede dispararse en cualquier momento, y el impacto recae, inevitablemente, en el consumidor.

    El dato más inquietante no es solo el monto total, sino su composición. Cereales, preparaciones comestibles, carnes, lácteos, vegetales. Muchos de estos productos no son lujos ni bienes prescindibles; son la base de la dieta cotidiana. Importar maíz o frijoles —pilares históricos de la alimentación salvadoreña— revela algo más profundo que una simple preferencia comercial: evidencia el debilitamiento sostenido de la producción agrícola nacional.

    Reducir la dependencia no significa abrazar un proteccionismo rígido ni negar la integración comercial. Significa reconocer que un país no puede descansar exclusivamente en mercados externos para alimentar a su población. La autosuficiencia absoluta es improbable en un mundo globalizado, pero la diversificación productiva y el fortalecimiento del agro son no solo posibles, sino estratégicamente necesarios.

    El camino es reactivar la producción local, implica empleo en zonas históricamente rezagadas, dinamización de economías locales, reducción de presiones migratorias y mayor estabilidad de precios internos. Los agro mercados impulsados por el gobierno son un buen comienzo, pero hay que dar pasos más agresivos y quizás buscar cooperación internacional en naciones que han salido adelante como Israel porque cada hectárea cultivada es también una barrera contra la pobreza y una inversión en cohesión social.

    El productor local no compite únicamente contra precios internacionales; compite contra décadas de rezago estructural Se necesita tecnología, riego eficiente, semillas mejoradas, logística, seguros agrícolas, acceso a mercados, capacitación. No se trata de volver al pasado, sino de construir un agro competitivo, productivo y viable en términos empresariales. La agricultura de subsistencia difícilmente resolverá la dependencia; la agricultura moderna puede hacerlo.

    La seguridad alimentaria es, en esencia, seguridad económica. Un país que depende excesivamente de importaciones para cubrir necesidades básicas queda expuesto a factores que no controla. Y en tiempos de incertidumbre global, esa exposición deja de ser teórica y nos lo han demostrado las crisis recientes en Nicaragua y Guatemala, o incluso efectos más lejanos como la invasión rusa a Ucrania.

    El Salvador no necesita cerrar sus fronteras comerciales. Necesita abrir oportunidades productivas dentro de ellas. Necesita que la producción local deje de ser una actividad de resistencia y se convierta en una apuesta rentable. Necesita, en definitiva, equilibrar eficiencia económica con resiliencia nacional.

     

  • La caída de «El Mencho» y la terrible venganza del crimen organizado

    La caída de «El Mencho» y la terrible venganza del crimen organizado

    La muerte de un capo no es, por sí sola, una victoria. Puede ser un golpe táctico, incluso simbólico, pero rara vez constituye una solución estratégica. Los disturbios, bloqueos y ataques que siguieron al operativo contra Nemesio Oseguera Cervantes vuelven a recordarnos una verdad incómoda: el narcotráfico ya no es únicamente un problema criminal; es un fenómeno con capacidad de desestabilización social, económica y política.

    Durante años, el discurso público mexicano ha oscilado entre triunfalismos prematuros y fatalismos paralizantes. Cada captura o abatimiento de alto perfil suele presentarse como un punto de inflexión histórico. Sin embargo, la experiencia demuestra que las organizaciones criminales modernas no dependen de una sola figura. Funcionan como estructuras empresariales: diversificadas, descentralizadas, resilientes. Cuando cae un líder, el sistema no colapsa; se reconfigura.

    El episodio reciente ilustra algo aún más preocupante. La reacción violenta —quema de vehículos, ataques a infraestructura, paralización del transporte, siembra de terror— no es simplemente una respuesta emocional de una organización herida. Es una demostración deliberada de poder. Es el mensaje implícito de que ciertos grupos poseen la capacidad de alterar la vida cotidiana de millones de ciudadanos. Y ese mensaje erosiona uno de los pilares fundamentales del Estado: el monopolio legítimo de la fuerza.

    México enfrenta aquí una paradoja compleja. La acción del Estado contra figuras clave es necesaria; la inacción sería impensable. Pero si cada golpe genera episodios masivos de violencia, el costo social inmediato puede ser devastador. La ciudadanía queda atrapada entre dos fuegos: el de la criminalidad organizada y el de una confrontación que no siempre logra traducirse en mayor seguridad.

    Más allá de México, el impacto es regional. El narcotráfico opera como una red transnacional que conecta producción, rutas, lavado de dinero, tráfico de armas y mercados de consumo. La violencia no reconoce fronteras administrativas. Las economías ilícitas infiltran instituciones, distorsionan mercados laborales y corrompen sistemas políticos en toda América Latina. Lo que ocurre en un estado mexicano reverbera en El Salvador, en Centroamérica, en el Caribe, en los Andes y, por supuesto, en Norteamérica.

    Conviene también cuestionar una narrativa recurrente: la idea de que la eliminación de capos equivale a debilitar estructuralmente al narcotráfico. La demanda global de drogas, los flujos financieros ilícitos y la desigualdad persistente crean incentivos constantes para que nuevas figuras ocupen el vacío. Mientras el negocio siga siendo extraordinariamente rentable, la oferta de liderazgo criminal será prácticamente inagotable.

    El problema, por tanto, no puede reducirse a operaciones militares o policiales. Requiere políticas integrales que combinen seguridad, inteligencia financiera, fortalecimiento institucional, reducción de impunidad, desarrollo económico local y prevención social. Requiere también cooperación internacional genuina, no solo en materia de persecución, sino en la reducción de la demanda y el control del tráfico de armas y capitales ilícitos.

    El narcotráfico ha demostrado una alarmante capacidad de adaptación: utiliza tecnología avanzada, drones, redes logísticas sofisticadas, estrategias de comunicación y modelos de negocio que imitan prácticas corporativas. Combatirlo exige Estados igualmente modernos, coordinados y estratégicos. No basta con la fuerza; se necesita inteligencia, consistencia y visión de largo plazo.

    La verdadera pregunta no es quién sucederá a un cabecilla caído. La pregunta es si las instituciones estatales pueden recuperar plenamente el control del territorio, la economía y la narrativa pública. Si la sociedad puede dejar de normalizar la violencia como ruido de fondo. Si el Estado puede demostrar que los golpes al crimen organizado no solo son espectaculares, sino sostenibles.

    Porque la victoria real no será la caída de un nombre. Será el día en que un operativo de alto impacto no paralice ciudades, no cierre escuelas, no obligue a la población a resguardarse. Será el día en que la ley deje de disputar autoridad con el miedo.

  • Moody’s da una señal alentadora

    Moody’s da una señal alentadora

    La mejora de la perspectiva de riesgo de El Salvador de estable a positiva por parte de Moody’s Ratings es una señal alentadora que merece ser leída con visión estratégica y sentido de país. No se trata solo de un ajuste técnico en la evaluación de una calificadora internacional, sino del reconocimiento explícito de que las decisiones fiscales recientes están rindiendo frutos y sentando bases más sólidas para la estabilidad económica.

    Moody’s destaca avances claros: una consolidación fiscal sostenida, amortiguadores de liquidez más fuertes y una reducción significativa de las necesidades de financiamiento. En un entorno internacional marcado por incertidumbre, inflación persistente y tensiones geopolíticas, que una economía pequeña y abierta como la salvadoreña logre mejorar sus métricas fiscales es un logro relevante. Refleja disciplina, planificación y una mayor capacidad de gestión de las finanzas públicas.

    Es cierto que la calificación soberana se mantiene en B3 y que la agencia advierte sobre desafíos estructurales, como la elevada carga de la deuda, el tamaño de la economía o la limitada diversificación productiva. Sin embargo, la perspectiva positiva indica que la trayectoria es la correcta. En el lenguaje de los mercados, significa que si el rumbo se mantiene, una mejora en la calificación es posible. Y eso, para inversionistas y organismos multilaterales, importa mucho.

    Particularmente relevante es el reconocimiento al acuerdo con el Fondo Monetario Internacional por $1,400 millones, que ha servido como ancla de credibilidad para las políticas fiscales. El ajuste de 3.5 puntos del PIB, ejecutado con recortes al gasto y mayor eficiencia en la recaudación —aduanas más estrictas, factura electrónica y ampliación de la base tributaria— demuestra que es posible ordenar las finanzas sin sofocar la actividad económica. De hecho, Moody’s subraya que el aumento de la inversión pública, especialmente en construcción, ha dinamizado el crecimiento, que alcanzó 4 % en 2025.

    La reducción del déficit fiscal y, sobre todo, de las necesidades de financiamiento —que prácticamente se han recortado a la mitad en dos años— es una de las noticias más positivas. Menos presión financiera significa mayor margen de maniobra para invertir, responder a choques externos y mejorar el perfil crediticio del país de forma sostenible.

    Este voto de confianza no debe verse como un punto de llegada, sino como un incentivo para profundizar las reformas. Fortalecer la institucionalidad, diversificar la economía y seguir atrayendo inversión serán claves para consolidar lo avanzado. La señal de Moody’s es clara: El Salvador va por buen camino. Ahora el reto es no perder el impulso y convertir esta perspectiva positiva en mejores oportunidades, más empleo y mayor bienestar para la población.

  • Un acuerdo que abre oportunidades en nuestro principal mercado

    Un acuerdo que abre oportunidades en nuestro principal mercado

    El anuncio del Acuerdo de Comercio Recíproco entre El Salvador y Estados Unidos ha sido recibido con optimismo por el Gobierno y la empresa privada. La ministra de Economía, María Luisa Hayem, lo presenta como una puerta abierta a la inversión privada y como un alivio inmediato para las exportaciones salvadoreñas, especialmente tras la eliminación del arancel base del 10 % que pesaba sobre una parte importante de los productos nacionales. En el corto plazo, el beneficio es claro; en el largo, el debate apenas comienza.

    No cabe duda de que la eliminación del arancel representa un respiro para sectores clave como el textil, el café y la manufactura. En un contexto de desaceleración económica global y competencia regional feroz, reducir costos de acceso al principal mercado de exportación del país es una ventaja tangible. Para empresas que operan con márgenes estrechos, ese 10 % puede significar la diferencia entre sostener empleos o reducir operaciones.

    Sin embargo, el verdadero alcance del acuerdo va más allá del comercio. El documento publicado por el gobierno estadounidense deja claro que se trata también de un marco para promover la inversión, particularmente en sectores estratégicos como minería, energía, telecomunicaciones e infraestructura. Ahí es donde surgen las preguntas legítimas. Facilitar la entrada de capital extranjero puede impulsar crecimiento y modernización, pero también exige reglas claras, transparencia y salvaguardas que protejan el interés nacional.

    El acuerdo con Estados Unidos puede ser una oportunidad real para dinamizar exportaciones y atraer inversión.

  • La educación pública debe ser una prioridad política y social

    La educación pública debe ser una prioridad política y social

    El inicio del año escolar 2026 en El Salvador llega acompañado de un mensaje positivo de que la educación pública debe ser una prioridad política y social. La inauguración oficial con una matrícula de 1.2 millones de estudiantes y la promesa de entregar paquetes escolares completos, gratuitos y a tiempo refuerzan una narrativa de compromiso estatal con las familias más vulnerables del país.

    La distribución de uniformes, zapatos y útiles escolares no es un detalle menor. Para miles de hogares, este apoyo representa un alivio económico tangible y una condición básica para garantizar la permanencia de los niños y jóvenes en el sistema educativo. Que el Ministerio de Educación asegure la entrega durante el primer mes de clases y habilite puntos de cambio para tallas demuestra una mejora logística frente a años anteriores, cuando los retrasos y las deficiencias eran motivo frecuente de críticas.

    Sin embargo, más allá del acto inaugural y del impacto inmediato de los paquetes escolares, el verdadero desafío sigue siendo la calidad de la educación. Dotar a los estudiantes de insumos es fundamental, pero no suficiente. La apuesta por reducir la brecha digital mediante tablets y computadoras es un paso en la dirección correcta, siempre que vaya acompañada de formación docente, conectividad real y contenidos pedagógicos adecuados.

    Otro aspecto que merece reflexión es el uso de empleados gubernamentales y reos en fase de confianza para la preparación de los paquetes. Aunque puede interpretarse como una estrategia de eficiencia y reinserción social, el Estado debe garantizar que estos procesos se realicen bajo condiciones laborales justas, transparentes y seguras, evitando que el ahorro económico se convierta en un costo social oculto.

    En definitiva, el arranque del año escolar 2026 deja una señal positiva en términos de cobertura y apoyo material. No obstante, la educación pública salvadoreña necesita que estas acciones se sostengan en el tiempo y se complementen con políticas de largo plazo enfocadas en aprendizaje, equidad y desarrollo humano. El reto no es solo comenzar bien el año escolar, sino asegurar que cada estudiante tenga las herramientas —materiales y educativas— para construir un futuro con más oportunidades.

  • El fin del orden mundial como lo hemos conocido, el llamado de atención del primer ministro canadiense

    El fin del orden mundial como lo hemos conocido, el llamado de atención del primer ministro canadiense

    El discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, en el Foro de Davos no debería pasar como una reflexión más para los grandes centros de poder. Por el contrario, es una advertencia directa y especialmente pertinente para países pequeños y vulnerables como El Salvador, que históricamente han dependido de un orden internacional que prometía reglas claras, previsibilidad y cierto resguardo frente a los abusos del poder.

    Carney no habla de una simple transición del sistema internacional, sino de una ruptura profunda. La diferencia es clave: una transición supone adaptación gradual; una ruptura implica pérdida de referentes, normas y certezas. El mundo que emerge —marcado por la guerra, la coerción económica y la instrumentalización de la interdependencia— es uno donde la lógica de Tucídides vuelve a imponerse sin disimulo: los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.

    Durante décadas, muchos países aceptaron “vivir dentro de una mentira”, como lo describió el recordado expresidente checo, Václav Havel, citado por Carney. Se sabía que el orden basado en reglas era imperfecto y asimétrico, pero ofrecía beneficios suficientes para sostener la ficción. Estados Unidos y sus aliados garantizaban estabilidad financiera, comercio relativamente abierto y ciertos mecanismos multilaterales que, aunque selectivos, funcionaban como amortiguadores para las naciones más pequeñas. Hoy, esa ganga se ha roto.

    El uso de sanciones, aranceles, cadenas de suministro y sistemas financieros como armas geopolíticas ha expuesto una verdad incómoda: la integración económica ya no garantiza beneficio mutuo, y en muchos casos se ha convertido en una fuente de subordinación. Frente a ello, la tentación del aislamiento y del repliegue soberano parece lógica. Sin embargo, Carney advierte —con razón— que un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible.

    Para países como El Salvador, el mensaje es doblemente relevante. Primero, porque la desaparición efectiva de un orden basado en reglas reduce el margen de maniobra y aumenta la exposición a presiones externas. Segundo, porque adaptarse pasivamente, “llevarse bien” o confiar en que el cumplimiento traerá seguridad, ya no es una estrategia viable. La historia reciente demuestra que la docilidad no protege.

    La alternativa que plantea Carney no es ingenua ni romántica: construir, desde las potencias intermedias y los países pequeños, un nuevo entramado de cooperación basado en valores compartidos como los derechos humanos, la sostenibilidad, la solidaridad y el respeto a la soberanía. No se trata de desafiar a las grandes potencias frontalmente, sino de dejar de participar en rituales vacíos que legitiman un sistema que ya no existe.

    El “poder de los menos poderosos” comienza con la honestidad. Reconocer que el mundo cambió es el primer paso. El segundo es entender que la autonomía estratégica no significa aislamiento, sino diversificación inteligente, alianzas múltiples y una defensa coherente de principios, no solo cuando conviene, sino cuando cuesta.

    En un contexto de ruptura global, El Salvador y países similares deben decidir si seguirán colocando el cartel en la ventana —aunque ya nadie crea en él— o si, con realismo y dignidad, comenzarán a retirarlo para construir un lugar más seguro en un mundo incierto.

  • La violencia no puede gobernar a Guatemala

    La violencia no puede gobernar a Guatemala

    La oleada de violencia desatada por las pandillas este fin de semana en Guatemala marca uno de los episodios más graves y dolorosos de los últimos años. El asesinato coordinado de nueve agentes de la Policía Nacional Civil, los ataques directos a las fuerzas de seguridad y los motines simultáneos en centros penitenciarios constituyen no solo crímenes atroces, sino un desafío frontal al Estado de derecho y a la convivencia democrática.

    No se trata de hechos aislados ni de estallidos espontáneos. Lo ocurrido revela una estrategia deliberada de intimidación, terror y represalia por parte de estructuras criminales que, al verse acorraladas por operativos estatales, responden con violencia extrema. Atacar a quienes garantizan la seguridad pública es un mensaje claro: las pandillas buscan sembrar miedo, paralizar al país y presionar al Estado para recuperar privilegios que nunca debieron tener, tal como sucedió en El Salvador y que la política de seguridad decidida de la administración Bukele quebró con fuerza.

    Ante esta realidad, la declaración del estado de sitio por 30 días es una decisión grave, excepcional y polémica, pero también comprensible en el contexto de una amenaza directa contra la institucionalidad. Ninguna democracia recurre a la suspensión de garantías sin razones de peso. Ocho policías asesinados en un solo día, motines en cárceles de alta seguridad y la capacidad de coordinación mostrada por los grupos criminales constituyen, sin duda, una emergencia nacional.

    El combate al crimen organizado debe ser firme. Es necesario reconocer el sacrificio de las fuerzas de seguridad. Los policías asesinados cumplían con su deber en circunstancias de alto riesgo, enfrentando a organizaciones criminales que durante años se fortalecieron al amparo de la corrupción, la impunidad y la debilidad institucional. Su muerte no puede quedar en estadísticas ni en discursos; exige justicia, memoria y un compromiso real para desmantelar las redes criminales que operan dentro y fuera de las cárceles.

    La violencia de las pandillas no solo mata policías: fractura comunidades, paraliza la economía, amenaza la justicia y erosiona la esperanza. Guatemala no puede permitir que el miedo dicte su rumbo. Como afirmó el presidente, no se negocia con criminales ni se toleran acciones terroristas. Pero esa firmeza debe ir acompañada de una visión de largo plazo: depuración institucional, reforma penitenciaria, fortalecimiento del sistema de justicia y políticas de prevención que ataquen las raíces sociales del crimen.

    Hoy más que nunca, la sociedad guatemalteca necesita unidad, claridad moral y rechazo absoluto a la violencia criminal. El Estado debe recuperar el control, sí, pero también la confianza ciudadana. Porque la seguridad no se construye solo con fuerza, sino con justicia, legalidad y un compromiso inquebrantable con la vida.

  • La lucha contra el narcotráfico debe seguir con paso firme

    La lucha contra el narcotráfico debe seguir con paso firme

    La  incautación de 375 kilos de droga en la zona costera del país esta semana confirma que El Salvador ha asumido con seriedad y determinación el combate al narcotráfico transnacional. La operación ejecutada por la Sección Táctica Operativa de Reacción Marítima (STORM), que permitió interceptar una embarcación en la bocana del río Jiboa y capturar a dos involucrados, es una muestra clara de la capacidad operativa y de inteligencia que hoy poseen las instituciones de seguridad.

    Más allá del decomiso —valorado en aproximadamente 9.4 millones de dólares— el mensaje que envía el Estado es contundente: el territorio salvadoreño ya no es un espacio permisivo para las redes del crimen organizado. La interceptación de una lancha que se desplazaba desde Nicaragua hacia Guatemala evidencia que las autoridades no solo vigilan el territorio nacional, sino que actúan con una visión regional, entendiendo que el narcotráfico no reconoce fronteras.

    El Salvador debe evitar, con todo el esfuerzo de sus autoridades, que el país sufra los problemas de narcotráfico de Honduras y Guatemala, donde bandas de narcotraficantes presumen de controlar territorios.

    Los resultados acumulados durante 2025 refuerzan esta percepción positiva. La incautación de 25 toneladas de droga, con un valor estimado de 620 millones de dólares, refleja un esfuerzo sostenido y estratégico que golpea directamente las finanzas de las organizaciones criminales. Cada cargamento decomisado no solo evita que sustancias ilícitas lleguen a su destino final, sino que debilita las estructuras que históricamente han generado violencia, corrupción e inseguridad en la región.

    Estos logros no solo fortalecen la seguridad nacional, sino que también envían un mensaje de confianza a la ciudadanía y a la comunidad internacional. El combate antidrogas en El Salvador avanza con resultados tangibles, consolidando un modelo que prioriza el control territorial, la cooperación y la acción firme contra quienes intentan utilizar al país como ruta del crimen.