Los atentados del 11 de septiembre de 2001 marcaron un punto de inflexión para las teorías de la conspiración, que aprovecharon el crecimiento de internet para difundirse y, 25 años después, continúan influyendo en la forma en que una parte de la población interpreta acontecimientos extraordinarios.
Mientras millones de personas seguían por televisión las imágenes de las Torres Gemelas, internet se convirtió en otro espacio para buscar respuestas. Según el Centro de Investigaciones Pew, más de 53 millones de estadounidenses recurrieron a la red para informarse sobre los ataques durante las primeras tres semanas, convirtiéndolos en el acontecimiento de mayor impacto en internet hasta entonces.
Raúl Rodríguez Ferrándiz, catedrático de Semiótica de los Medios de la Universidad de Alicante, considera que el 11S abrió una segunda edad de oro de la conspiranoia, después de una primera etapa marcada por teorías relacionadas con el asesinato de John F. Kennedy o la llegada del ser humano a la Luna.
“A partir del 11S empezaron las teorías de la conspiración de otra naturaleza, lo cual coincide con la irrupción de las redes sociales, que tuvieron una gran influencia en el auge de estas narrativas y el hecho de que cambiaron radicalmente de estructura y de naturaleza», asevera Rodríguez Ferrándiz, también autor de ‘Desinformación y Poder’.
Aunque Facebook y Twitter todavía no existían cuando ocurrieron los atentados, los foros digitales sirvieron para divulgar hipótesis alternativas, entre ellas la afirmación sin fundamento de que Estados Unidos perpetró los ataques como una operación de falsa bandera. Según una encuesta de YouGov de 2023, uno de cada cinco estadounidenses creía que la Administración estadounidense estaba detrás de los atentados.
Alejandro Romero, profesor de Sociología de la Universidad de Granada, destaca el papel que tuvo internet en la propagación de estas narrativas.
“Se puede debatir si internet ha impulsado la creencia en teorías conspirativas, pero está fuera de toda duda que ha aumentado considerablemente su elaboración y difusión”, argumenta.
Durante los siguientes 25 años, estas narrativas se extendieron hacia otros acontecimientos, desde la pandemia hasta fenómenos meteorológicos y los flujos migratorios.
“La conspiranoia se ha convertido en un género pop, no en algo marginal de gente lunática o excéntrica”, alude Rodríguez Ferrándiz, quien sostiene que también aumentaron tanto el público potencial como los sucesos explicados mediante este tipo de teorías.
Las hipótesis sobre una supuesta participación del Gobierno de George W. Bush en los atentados también contribuyeron a popularizar la idea del denominado Estado profundo.
«Cuando alguien cree realmente que un gobierno puede asesinar de forma tan terrible a su propios ciudadanos para justificar intervenciones militares posteriores, puede encontrar verosímiles muchas otras fechorías presuntamente cometidas por ese gobierno, o por los titiriteros en la sombra que supuestamente lo controlan», explica Romero.
Ese tipo de planteamientos apareció posteriormente en teorías como el ‘Pizzagate’, que vinculó sin pruebas a políticos demócratas con una supuesta trama de prostitución infantil, o en versiones infundadas sobre el atentado de Las Ramblas, en Barcelona.
Los especialistas advierten que la expansión de estas narrativas en el entorno digital terminó trasladándose a la esfera pública y puede distorsionar la percepción social de acontecimientos políticos, naturales y de seguridad.

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