Dolores, Esperanza y Paciencia

Estos son los “nombres propios” de los males que han acompañado a las mayorías populares salvadoreñas a lo largo de su historia.

Frecuentemente menciono a dichas mayorías sin precisar a qué o a quiénes me refiero. Ignacio Ellacuría, rector mártir de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, las ubicó en tres niveles al escribir el texto que publicóoriginalmente en 1990 como parte del primer parto de la colección denominada “Universidades en América”; está fue coordinada por el argentino-mexicano Horacio Cerutti. Dicho volumen inicial fue editado en México con este título: “Universidad y cambio social. Los jesuitas en El Salvador”; el del referido ensayo del jesuita nacido en Portugalete, España, quien optó por hacer de nuestro país su segunda patria era “Universidad, derechos humanos y mayorías populares”. Pues bien, ahora recordaré las respectivas precisiones que este nos legó acerca de las mayorías populares para luego explicar a qué me refiero con el título de esta columna.

En un primer plano, Ellacuría hizo referencia a la “mayor parte de la humanidad”, a la “inmensa mayor parte de la humanidad” que vive “en unos niveles en los que apenas puede satisfacer” sus “necesidades básicas fundamentales”. Enseguida señaló que estas “no solo llevan un nivel material de vida que no les permite un suficiente desarrollo humano y que no gozan de manera equitativa” de los recursos disponibles para la humanidad, “sino que se encuentran marginadas frente a una minorías elitistas”que ‒no obstante  ser “la menor parte de la humanidad”‒ “utilizan en su provecho inmediato la mayor parte de recursos disponibles”.

Finalmente, quizás lo más importante, el notable teólogo y filósofo jesuita aclaró que las mismas “no están en condición de desposeídas por leyes naturales o por desidia personal o grupal sino por ordenamientos sociales históricos”, los cuales las mantienen “en posición estrictamente privativa y no meramente carencial de lo que les es debido, sea por estricta explotación o sea porque indirectamente se les ha impedido aprovechar su fuerza de trabajo o su iniciativa política”. Dicho lo anterior, entrémole a los tres males nombrados al inicio que perennemente las han hecho sufrir.

En relación con los dolores, hay que comenzar por los estomacales; es decir, aquellos producto del hambre y la miseria que provocaron –hace casi un siglo– el levantamiento indígena y campesino en enero de 1932, el cual fue sofocado mediante la infame matanza ordenada por el tirano del siglo pasado cuando apenas iniciaba esa etapa siniestra de nuestra historia; durante su consumación se produjeronterribles tormentos en los cuerpos de las víctimas directas y en las almas angustiadas de sus familiares.Eso ocurrió también en abril de 1944, en la víspera de la finalización del régimen despótico del general Maximiliano Hernández Martínez, con el fusilamiento de militares y civiles golpistas; se mantuvo a lo largo de la dictadura sistémica que le siguió a este y se profundizó en la preguerra durante la década de 1970, hasta llegar al estallido del conflicto armado empezando la de 1980.

En cuanto a la esperanza debe decirse que la hubo después de la caída de Hernández Martínez, previo a los fraudes durante las elecciones presidenciales de febrero en 1972 y 1977, tras el golpe de Estado consumado el 15 de octubre de 1979 así como con el contenido y la firma de los acuerdos de paz que arrancaron con el de Ginebra el 4 de abril de 1990 –hace 36 años– y finalizaron el 16 de enero de 1992. Todas esas grandes e ilusionantes gestas democratizadoras, terminaron en frustraciones tremendas y por eso ahora estamos como estamos.Además, recordando a Lanssiers, debe considerase que “quien vive de la esperanza muere en ayunas”.

Finalmente, tengamos bien presente que “la paciencia –canta Guillermo Briseño–  es un recurso natural no renovable, si se puede hablar por boca del país que está a punto de agotarse por los poros […] La paciencia es un tesoro que no crece como no crece la plata ni el carbón. La paciencia es una fábrica en suspenso que se cierra porque faltan materiales; su recurso natural es la defensa de la tierra y sus productos entrañables…”

¿Desaparecieron ya los dolores de patria porque hoy mucha gente puede subirse a un bus con seguridad, tranquilamente, a pedir limosna? ¿Tendrán que tragar esperanzadas las mayorías populares, más y más “medicina amarga” o ya se les está atragantando esta en el galillo de su día a día? ¿Les durará la paciencia o se les agotará como ha ocurrido antes? Habrá, pues, que responder estas preguntas con argumentos y acciones inteligentes derivadas de nuestro doloroso pasado para desechar de lo malo y aprender de lo bueno.

 

 

 

 

 

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