El nuevo siglo nos abre las puertas hacia un orden mundial en transformación. Este nuevo orden, aunque todavía indefinido, parece marcar el fin de la diplomacia sutil y el inicio de una etapa donde el poder se ejerce mediante la fuerza, la invasión o la amenaza a los vecinos. Rusia y su invasión de Ucrania, la militarización de China en el mar de China Meridional y las acciones de Estados Unidos hacia Venezuela o Groenlandia son claros ejemplos de este giro geopolítico.
En este contexto, los tratados internacionales sobre armamento —algunos expirados y otros desactualizados, como los que buscan frenar la proliferación nuclear o la militarización del espacio— se debilitan o quedan en el olvido. El poder, hoy más que nunca, se mide por la capacidad de ejercer fuerza. Por ello, el poderío militar se ha convertido en un elemento central del nuevo orden. No sorprende que los tres países con mayor fuerza militar en el mundo sigan siendo Estados Unidos, Rusia y China.
Según las clasificaciones más recientes del Global Firepower Index 2025/2026, Estados Unidos mantiene la fuerza militar más poderosa del mundo. Su liderazgo se basa en el presupuesto de defensa más alto, una infraestructura global de bases, una flota naval con portaaviones de alcance planetario y amplias capacidades terrestres y aéreas. Esta supremacía se explica por múltiples variables, entre las cuales destacan: el tamaño del personal militar, el arsenal disponible (armas, tanques, barcos y aviones), la tecnología, la logística y la capacidad de proyectar fuerza más allá de sus fronteras.
Actualmente, Estados Unidos ocupa el tercer lugar mundial en número de efectivos, con alrededor de 1.32 millones de militares en activo, superado solo por China (2 millones) y la India (1.47 millones). Si bien el tamaño del ejército no es el único factor determinante de la fortaleza bélica, sigue siendo vital para sostener operaciones prolongadas y mantener presencia simultánea en varios frentes. “El tamaño gana guerras largas”, resumen los estrategas. No obstante, el tamaño de las fuerzas armadas depende, en última instancia, del tamaño y la estructura demográfica de la población.
El envejecimiento poblacional y las bajas tasas de reemplazo demográfico se perfilan como desafíos críticos. En Estados Unidos, la edad mediana alcanzó 39.1 años en 2024 (en el 2016 la edad mediana era de 37.9 años), y cerca del 18% de la población tiene más de 65 años (en el 2016 15.2% de la población tenía más de 65 años). Para la década de 2030, uno de cada cinco estadounidenses será parte de esa franja etaria. A la par, la tasa de fecundidad, con 1.62 hijos por mujer, está muy por debajo del nivel de reemplazo generacional (2.1 hijos por mujer). Este fenómeno afecta especialmente a la población blanca no latina, que es la principal fuente de personal militar.
Actualmente, el 51.6% del personal activo del ejército estadounidense es blanco, seguido por el 19.2% de latinos, 15.3% de afroamericanos, 7% de asiáticos y 6.3% de otros grupos o no identificados. La disminución de la proporción de población blanca y el envejecimiento general traerán consecuencias directas: menor capacidad de reclutamiento, aumento en los costos del personal, fuerzas más pequeñas y envejecidas, y una creciente dependencia de minorías étnicas, inmigrantes y mujeres para sostener la estructura militar. Análisis recientes de las fuerzas militares demuestra que, aunque la población blanca sigue siendo el grupo racial mayoritario dentro de las fuerzas armadas, su proporción relativa ha venido bajando lentamente, mientras que otras razas y etnias como hispanos, negros, asiáticos y multirraciales representan una parte creciente del total.
El nuevo orden mundial no solo redefine el equilibrio del poder entre Estados, sino también la naturaleza interna de la fuerza que lo sostiene. La superioridad militar estadounidense enfrenta un desafío demográfico que, si no se compensa con políticas migratorias, tecnológicas y sociales adecuadas, podría erosionar uno de los pilares fundamentales de su hegemonía global. En un mundo donde el poder vuelve a ejercerse por la fuerza, el envejecimiento de la sociedad y la reducción del capital humano apto para la defensa nacional se convertirán en los verdaderos factores estratégicos del siglo XXI.

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