Últimamente hemos estado escuchando y viendo en los medios la denuncia formal por acoso sexual y otros abusos presentada por dos exempleadas contra el famoso cantante español Julio Iglesias. La denuncia también menciona otros supuestos delitos conexos, como trata de personas y vulneración de derechos laborales. Aunque el caso aún se encuentra en una fase preliminar, mientras la fiscalía determina si puede investigarlo y si la jurisdicción española es la competente, ya nos invita a reflexionar sobre un tipo de violencia cotidiana, invisible e impune en muchas sociedades, como la nuestra, que afecta primordialmente a alrededor del 35% de las mujeres en el mundo.
En muchos países, las denuncias de acoso sexual en la escuela, el trabajo o los espacios públicos son frecuentes, pero rara vez se reflejan en estadísticas oficiales globales y comparables. Una de las principales razones de esta ausencia de datos que reflejen la verdadera magnitud del problema es precisamente la falta de denuncia. En un estudio sobre acoso sexual entre profesionales de la salud en España se encontró que dos de cada tres personas agredidas no denunciaron a su agresor: en el 45% de los casos por temor a ser acusadas de exagerar y en el 40% porque creían que la denuncia no serviría de nada.
El acoso sexual es una forma de violencia que sigue siendo invisible y que afecta, en su gran mayoría, a mujeres en posición de dependencia frente al poder. Es el contexto en el que se inscribe la conducta del mencionado personaje, que se ha jactado de haber tenido sexo “consensual” con más de tres mil mujeres. Por ello ha sido tan importante el movimiento #MeToo para realzar y visibilizar este problema. En 2006, la activista afroestadounidense Tarana Burke creó “Me Too” como proyecto para acompañar y sanar a sobrevivientes de violencia sexual, especialmente niñas y mujeres negras de comunidades empobrecidas. Su objetivo era el “empoderamiento a través de la empatía”.
En octubre de 2017, tras las denuncias masivas contra el productor Harvey Weinstein, la actriz Alyssa Milano invitó en Twitter a que las mujeres que hubieran sufrido acoso o agresión sexual escribieran “MeToo”, dando origen a una ola global del hashtag. En cuestión de días, #MeToo fue tendencia en decenas de países, se usó cientos de miles de veces en 24–48 horas y generó variantes locales en otros idiomas (por ejemplo, #MiráCómoNosPonemos en Argentina). #MeToo rompió el silencio sobre el acoso y la agresión sexual en el trabajo, la política, el deporte, los medios y el ámbito académico, mostrando la magnitud del problema y cuestionando la “normalización” de estas conductas. El movimiento modificó normas informales: aumentó el escrutinio social hacia figuras de poder, impulsó protocolos internos en empresas y organizaciones, y fortaleció redes de apoyo y credibilidad hacia las víctimas.
El acoso sexual suele definirse como conductas de naturaleza sexual no deseadas (comentarios, insinuaciones, chantaje, contacto físico, solicitudes de favores sexuales) que crean un ambiente hostil, humillante o intimidante, especialmente en contextos de poder asimétrico. En términos epidemiológicos, el acoso sexual es una forma de violencia sexual muy frecuente, profundamente subregistrada y con patrones claros de género, edad y poder.
Diversas encuestas internacionales estiman que alrededor de una de cada tres mujeres ha sufrido algún tipo de violencia física o sexual a lo largo de su vida, y en muchos estudios sectoriales entre el 20% y el 60% reportan experiencias de acoso sexual en el trabajo, la escuela o espacios públicos, aunque estas cifras son conservadoras por el fuerte silenciamiento y la falta de denuncia. La carga recae sobre todo en mujeres y niñas, con mayor riesgo en la adolescencia y la adultez temprana, cuando coinciden la entrada al mundo laboral, la dependencia económica y normas de género que tienden a culpabilizar a la víctima y proteger al agresor.
El acoso aparece con especial intensidad en contextos jerárquicos (salud, academia, justicia, fuerzas armadas, servicios), donde la dependencia del empleo, de una beca o de una calificación académica facilita la impunidad y reduce la probabilidad de denuncia, creando una brecha importante entre la experiencia real y los registros oficiales. Desde la salud pública, el acoso sexual se asocia con depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático, consumo problemático de sustancias y síntomas físicos diversos, además de ausentismo, abandono de estudios o del empleo y pérdida de ingresos, lo que traduce la violencia cotidiana en una carga significativa para los sistemas sanitarios y las economías. Por todo ello, la epidemiología del acoso sexual no se limita a contar casos: obliga a analizar determinantes estructurales (desigualdades de género, jerarquías laborales, normas culturales) y a reconocer que el subregistro masivo es, en sí mismo, uno de los rasgos centrales del problema.
Estaré gratamente sorprendido si a don Julio le quitan lo de donjuán, pero lo dudo.

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