La imagen de Norman Quijano ingresando bajo custodia policial para cumplir su condena no es solo una representación gráfica, video o de la foto de un político caído en desgracia y en soledad por su partido político; es el epílogo visual de una de las eras más oscuras de la historia reciente de El Salvador. Quien fuera presidente de la Asamblea Legislativa, jefe de fracción legislativa de ARENA, alcalde de la capital, una de las principales figuras políticas de derecha salvadoreña y el candidato presidencial que casi toca la gloria y el poder en 2014, y quien, en la segunda vuelta electoral, el 9 de marzo 2024, perdió por un estrecho margen ante Salvador Sánchez Cerén, con el 49,9% del voto popular, hoy cruza el umbral de la prisión no como un mártir político, sino como el símbolo de un sistema que decidió cogobernar con el crimen organizado y las pandillas, y que fue la principal apuesta por llegar al poder, continuar el legado criminal del expresidente Mauricio Funes Cartagena del FMLN quien fue el padre de la tregua y de lanzar a la vida plena política a los criminales.
La captura al bajar del avión donde venía deportado de Estados Unidos de Norteamérica y encarcelamiento de Norman Quijano cierra al menos un capítulo de impunidad que parecía eterno. Durante años, la narrativa oficial de los partidos tradicionales ARENA y FMLN fue la de ser enemigos acérrimos de las pandillas ante las cámaras, radio, prensa y redes sociales, mientras que, en la oscuridad de las casas de seguridad y algunas sedes de organizaciones religiosas utilizadas como fachada, se convertían en sus socios financieros y las guaridas para comprarles y rogarles que obligaran a la población a votar por ellos.
El caso del año 2014, por el cual Quijano ha perdido su libertad, es quizás el ejemplo más cínico de esta simbiosis criminal. En aquella contienda electoral, desesperado por cerrar la brecha contra Salvador Sánchez Cerén, el entonces candidato de la continuidad de la «Súper Mano Dura» el que dijo llorando ante cámaras “Un país libre de maras no es un sueño, es tu derecho. Yo sé lo que hay que hacer, y tú también. Todos sabemos. La obligación más urgente del próximo presidente, es hacerlo. Soy el único, EL ÚNICO, que de cara al país y mirándote a los ojos, asume el compromiso” No buscó, si se esforzó convencer a la ciudadanía con propuestas de un plan de gobierno; buscó a los cabecillas de la MS-13 y del Barrio 18 con sus dos fracciones para comprar su franquicia territorial con el aval, autorización y visto bueno de la dirigencia del partido COENA, no era un secreto, y de posibles grupos económicos de poder o empresarios, sino de ¿Cuál es el origen del dinero entregado a los criminales? ¿quién financió? no era dinero de él, ni de las personas cercanas o de su comando de campaña. O ¿era dinero del partido de la deuda política? La pregunta es por qué los condenados guardaron silencio, y han aceptado irse solos a la celda, el baño de realidad es sencillo, los abandonaron y ahora sus amigos dicen que ya fueron expulsados del partido y que funcione el sistema.
Los videos, fotografías y audios que salieron a la luz pública grabados por sujetos que en su mayoría no tenían cursado ni la educación básica fueron más inteligentes que ellos con carreras universitarias, en su momento fueron devastadores. No eran rumores; era la evidencia visual de un político de alto nivel ofreciendo millones de dólares si ganaban en ayuda y apoyo del presupuesto general de la Nación, y pagó una prima de $100,000 a las dos pandillas criminales y ofreció beneficios carcelarios a cambio de votos y dejarlos operar contra la población en los territorios bajo influencia, dominio y control de las pandillas. Lo que Quijano negoció no fue solo apoyo electoral; negoció la soberanía del Estado, pero sobre todo la sangre y masacres para la población. Al entregar dinero a las pandillas, financió las balas y armas que matarían a salvadoreños inocentes en los años subsiguientes. Todo por la ambición que su partido político, sus amigos y el regresaran al poder del ejecutivo. Ni en Netflix han podido producir este guion criminal. Este ingreso a prisión envía un mensaje contundente que resuena en toda América Latina: el poder obtenido mediante pactos con el crimen organizado tiene fecha de caducidad.
Durante una década, la clase política salvadoreña creyó que podía utilizar a las pandillas como una herramienta electoral desechable: se les pagaba, se ganaba la elección y luego se administraba el caos. Pero subestimaron el costo moral y social de esa transacción. Al validar a los pandilleros como interlocutores políticos, erosionaron la autoridad del Estado hasta dejarlo casi inoperante, estado fallido es poco para lo que el FMLN y ARENA le dejaron a El Salvador.
La condena de Quijano destruye el argumento de que negociar con criminales era un «mal necesario» para mantener la paz. Al contrario, fue el combustible que permitió a las estructuras criminales crecer, armarse y someter a la población, sabiendo que tenían a los «padres de la patria, al presidente y ministros» en su nómina.
Hoy, mientras El Salvador transita una realidad de seguridad diametralmente opuesta siendo el país con la menor tasa de violencia homicida en el continente, delitos de alto impacto en su mínima expresión, las pandillas criminales sin organización, ni capacidad de operar, ver a uno de los arquitectos del viejo pacto tras las rejas sirve de recordatorio histórico. No se puede construir un país con seguridad, paz y en la búsqueda del desarrollo humano sobre los cimientos de la extorsión y la sangre, pactando con el crimen organizado.
La ejecución de la justicia ha tardado, ha sido compleja y ha requerido voluntad política férrea, pero finalmente ha llegado, no sin antes destacar la labor y trabajo del señor Fiscal General de la República licenciado Rodolfo Antonio Delgado Montes quien desarrollo todo el proceso completo con los fiscales auxiliares que designo, gracias a su firme decisión este caso no quedo en la impunidad demostrado en sede judicial con pruebas documentales, periciales, y testimonial. Norman Quijano entra a su celda, y con él, se encierra una forma de intentar hacer política. La lección es clara para cualquier aspirante a funcionario: con el crimen organizado no se negocia, siempre van a perder, solo que en muchas ocasiones hay que esperar un tiempo para ver el ingreso al penal.
*Por Ricardo Sosa / doctor y máster en criminología, experto en seguridad nacional

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