Adrián, no te lloré

En la primera de las siete páginas de su resolución, la Sala de lo Constitucional de hace más de treinta años concluyó “que el Organo (sic) judicial” carecía “de competencia para avocarse al conocimiento de las cuestiones puramente políticas, cuya naturaleza es por completo ajena a la esencia de la función jurisdiccional: y, por consiguiente, su dilucidación está exclusivamente librada a los poderes políticos: el legislativo y [el] ejecutivo”. Esa fue la decisión tomada el 20 de mayo de 1993 en respuesta a la demanda de inconstitucionalidad contra la amnistía aprobada dos meses antes; demanda que –junto con Ana Mercedes Valladares, directora del Socorro Jurídico Cristiano– habíamos presentado nueve días antes. El resto del fallo, ese sí absolutamente político, era un intento inútil de “justificación” pues debían  proteger a los responsables del dolor de las víctimas. ¡Ni dos semanas esperaron! Ello, pese a que nuestro alegato central era claro: con esa ley general, absoluta e incondicional se violaban derechos consagrados en nuestra carta magna.

¿Qué hacer? Esa fue la lógica e ineludible interrogante a responder. Había que quitar esa lápida colocada sobre tan terrible pedazo de nuestra historia, pretendiendo sepultarlo: el de la dolorosa preguerra y la cruenta guerra. Si no, difícilmente se podría pacificar el país ya que en lugar de superar la impunidad así la estaban fortaleciendo. Tras darle vueltas y vueltas, allá por 1996 terminó de concretarse en mi cabeza una idea: impulsar un evento anual convocante, aglutinador y desafiante.

Entonces nació el Festival Verdad en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas en 1998, como una iniciativa promovida desde su Instituto de Derechos Humanos: el IDHUCA. Con dicho esfuerzo pretendíamos rescatar ese pasado y lograr que nuestra población, sobre todo aquella afectada por la barbarie, impulsara las acciones necesarias hasta lograr justicia y reparación para las víctimas. Asimismo, buscábamos hacer todo lo posible por derrotar la amnistía y conseguir que los criminales principales de uno y otro bando rindieran cuentas ante las instituciones correspondientes, las cuales debían funcionar hasta lograr que el Estado salvadoreño realmente reconociera a la persona humana como el origen y el fin de su actividad en aras de avanzar hacia el ansiado bien común, con base en la seguridad jurídica. 

Más que un proyecto que agradara a la cooperación internacional y lograra su financiamiento, que escasamente conseguimos, el Festival Verdad estaba concebido como un proceso que contribuyera a transformar nuestra injusta realidad. Una expresión de los impulsos que formaron parte de esta conjunción de actividades diversas, fue la creación y el funcionamiento del Tribunal internacional para aplicación de la justicia restaurativa en El Salvador. Pero mucha gente identificaba y aún identifica el Festival Verdad con su concierto de cierre, al cual asistían millares de personas convocadas por la participación comprometida de artistas de nuestro continente y –en más de alguna ocasión– de Europa.

Uno de estos fue Adrián Goizueta. Nacido en Argentina pero “vivido” durante décadas en Costa Rica, adonde lo escuché por primera vez en la década de 1980, con el Grupo Experimental fue figura esencial entre esa constelación de estrellas que desfilaron por la tarima de la universidad jesuita; él y Luis Enrique Mejía Godoy, creadores de bellas obras inspiradas en las causas justas y entrañables de la humanidad, fueron quienes más veces nos acompañaron en ese afán. Desde dicho espacio, pues, Adrián derrochó y nos obsequió su compromiso con la dignidad del pueblo salvadoreño en su lucha contra la impunidad. Así, “dicen que dicen” que lo vimos pasar por lo que el llamó “un acto de amor a los demás”. Porque ‒parafraseándolo‒ lo dijo y lo pensó, lo sintió y lo ejerció así: “el amor es la vida; lo demás es mentira”. Esa fue su verdad y también es la nuestra; porque, en su poesía, afirmó convencido que “a pesar de la guerra el amor está creciendo”.

“Con los brazos abiertos nos despedimos” del siempre querido Adrián por su canto a Farabundo. Pero no lo voy a llorar. Y es que, aunque con empeños como el del Festival Verdad derrotamos la infame amnistía, casi diez años después de la sentencia de inconstitucionalidad de la misma aún no se aprueba la normativa ordenada para reivindicar integralmente a las víctimas de la preguerra y la guerra. Ni las legislaturas anteriores lo hicieron; las del “bukelato”, que ya están por completar un quinquenio, tampoco lo han hecho. 

Moriste “de muerte suave y tranquila”, durmiendo, pero todavía “hay bronca”; “todavía hay compañeros perseguidos por hacer de la alegría su bandera”. “Si no hay puños en alto, sino no hay flores y risas” ‒nos pediste‒ “no me llores amor”. Por eso, Adrián amigo del alma, no te lloré.