Antes del alba, a las seis de la mañana, el joven misionero despierta encomendándose a Dios y listo a emprender con alegría un nuevo día, comprometido en su visión de cambiar el mundo, ya que ha sido elegido por Dios y su comunidad a hacerlo.
A las seis con treinta, abre la puerta de su albergue, observa con admiración los primeros colores malva en el nuevo cielo, respira profundamente el fresco aire mañanero, bebe el ultimo sorbo de su taza de chocolate caliente, ata las cintas de sus zapatos e inicia su rutina de ejercicio, caminando primero, corriendo después por las antañas aceras del barrio. Con cada trote, se siente libre como las aves que vuelan y cantan a la mañana, su corazón se llena de gratitud con la vida, su mente claramente ve las metas que se ha propuesto cumplir para mejorar la calidad de vida de quienes conocerá y con quienes compartirá sus sentimientos.
A las siete con treinta, frente al espejo ajusta el nudo de su corbata en su impecablemente almidonada camisa blanca. Su mirada llena de esperanza es una bendición para quienes están por escuchar el proyecto que desea compartirles. A las ocho, mientras come su desayuno, lee con cuidado las palabras de sabios, filósofos y hombres inspirados por Dios, quienes inspiran su deseo de brindarle bien al mundo. A las ocho con treinta, toma el libro de las Santas Escrituras y llena con pasión su alma de Dios, sabe que todo intento puro y legítimo de bien es hecho con Jesucristo.
Son las nueve, impaciente, lleno de energía y listo para mejorar la vida de muchos, revisa su agenda de citas, observa que está llena de entrevistas y actividades hasta las siete y treinta de la noche.
Puntual, a las nueve con treinta emprende la faena que anhelo hacer desde que era un niño: Servir al prójimo. A las diez, su primera reunión es con una familia que adolece desempleo y evicción. A las once, visita un centro de adicción, adonde escucha con pena las calamidades de la plaga. A las doce, acude al hospital local a visitar enfermos. A las doce con cincuenta y tres, la llanta se le poncha a dos cuadras de la cárcel, adonde se reunirá con unos reos. Sin pensar dos veces, corrió para llegar a tiempo a la una.
Es la una con cincuenta, su bicicleta ha sido robada. Afortunadamente, es la hora del almuerzo, con su compañero de trabajo descansa en el comedor de una gasolinera comiendo una galleta con agua y prepara su próxima cita a las tres.
A las dos con cuarenta y dos, empieza a llover torrencialmente, mas, irradiando la bella energía de la juventud y llenos de felicidad, los dos le sonríen al mundo montados en una sola bicicleta debajo de la lluvia, dirigiéndose apresurados hacia el banco de comida, adonde, cargaran cajas pesadas de alimentos en los autos de los necesitados hasta las seis.
Son las seis con treinta, finalmente, puede sentarse en el andén para descansar. Aun llueve. Después de cinco minutos, monta nuevamente la bicicleta de su compañero y se dirigen a la casa de un hombre viudo quien está interesado en oír su mensaje a las siete.
Son las ocho, es hora de cenar. El día ha sido arduo. Al llegar al albergue, encuentra su bicicleta. Un oficial de la cárcel, quien se dirigía a trabajar, observó al joven dejar su bicicleta y correr para el precinto. Sabiendo de quien se trataba, cargo con la bicicleta para repararla, al hacerlo y buscar al joven, este ya se había ido. Averiguo adonde vivía y al terminar su turno fue a entregarla. Así obra Dios con quien se dedica a hacer el bien.
Son las nueve, cansado más satisfecho por el esfuerzo hecho en el día, comparte con todos los miembros del apartamento el gozo vivido cambiando al mundo con su servicio.
A las diez con treinta, en la seguridad de su lecho con la santidad que le enviste, el joven duerme agradecido por lo hecho y servido, dispuesto a repetirlo mañana. Hoy el mundo es mucho mejor para cada una de esas personas a quien ha tocado con su visión del bien. Su convicción de hacer el mundo mejor, lo hace realidad un día a la vez.
¿Quién es este joven? Es el misionero. ¿Que no daría por describir así el día de un político? Pero sería fantasía, no habrá elecciones este año. Sin embargo, la vida del misionero es así, es real. Muchos políticos iniciaron con ese ímpetu de servicio, más ese espíritu marchito tal flor de un día al ser electos. Ojalá, al leer esta historia, el político corrupto y descarriado que se dedica a hacer el mal con hipocresía retome el camino estrecho y recto. Emule al joven misionero.
El proyecto del misionero es traerte paz, amor y alegría a través de Jesucristo. Con Dios en ti prosperas. No te hará falta trabajo, pan, casa, vestido, calzado, dinero, tampoco lo más importante, vida plena en armonía y gozo.
Son las once, y el buen político embriagado de licor y poder, en un restaurante lujoso, rodeado de amigos cena manjares, mientras planea y conspira como despojarte de todo eso que mereces.
Pero, a la misma hora, afortunadamente, para la humanidad, en la total obscuridad de un pequeño closet cerrado, unos ojos celestes brillan tal estrella de Belén, su cabello dorado reposa en una modesta almohada y su cuerpo cubierto por una ligera sabana en la dureza del suelo alfombrado. Esta bella joven ha dejado la comodidad de su hogar para partir a tierras lejanas y desconocidas, la joven misionera no puede conciliar el sueño por la linda emoción de emprender mañana su primer día de Misión para cambiar el mundo en los próximos dos años proclamando a Jesucristo. Sus ojos, no son los únicos brillando en la obscuridad de esta noche, son cientos de miles iguales. Así es este Ejercito de Ángeles que Dios nos envía cada día a nuestros caminos. Abrámosle los brazos y unámonos a ellos para cambiar el mundo, haciendo el bien, sirviendo al prójimo, un día a la vez.
